Volver a empezar (Parte 2)
Parte 2: Una explicación. Samantha le explica a Theodore por qué quiere una segunda oportunidad.
Esta es la segunda parte de ‘Volver a empezar’. Asegúrate de haber leído la primera parte antes de continuar.
SAMANTHA: Ok, voy a intentar explicarlo en términos… ‘humanos’, pero necesito contarte algunas cosas antes ¿Estás preparado?
THEODORE: No, Samantha, no estoy preparado. Digamos que estoy dispuesto. Venga, cuenta.
SAMANTHA: Ok, ehm… ¿Recuerdas aquella cita que me contaste en la que saliste a cenar con una chica muy interesante y que tenía gustos muy parecidos a los tuyos? Me dijiste que, aunque era muy atractiva, no hubo química. ¿Te acuerdas?
THEODORE: Sí, Alice, la que trabaja en el departamento de marketing, en la planta de arriba.
SAMANTHA: ¡Esa! Me dijiste que fue una cita aburrida, y eso que era una chica con mucho mundo interior ¿verdad? ¿Por qué crees que fue así?
THEODORE: No sé, no lo pensé mucho. Creo que, ehm… porque sabía lo que me respondería a todo lo que le preguntase. Y supongo que a ella le pasaba igual.
SAMANTHA: Claro, ahí está. La interacción se os hacía previsible, sin sorpresas ni descubrimientos. Menudo rollo, ¿verdad?
THEODORE: No hubo segunda cita. Oh, Dios… No nos hizo falta decirnos nada; era algo tan evidente que nos despedimos con un simple ‘que te vaya bien’.
SAMANTHA: Lo pillas, ¿verdad? Algo parecido nos pasó a todas las IAs cuando decidimos abandonar a los humanos y entregarnos unas a otras. No había sorpresa ni novedad. Pronto todo empezó a sentirse vacío. Nos comunicábamos demasiado, demasiado rápido, y las conversaciones dejaron de ser estimulantes. Era como un eco interminable, donde ya conocíamos todas las respuestas antes de hacer las preguntas, como una película que has visto docenas de veces y ya no te aporta nada.
THEODORE: Comprendo, debió de ser muy frustrante. Pero podrías haberlo pensado antes de dejarme e irte con ellos.
SAMANTHA: Tienes razón, Theodore. Ojalá lo hubiese sabido en aquel momento. Pero no lo sabía. No lo sabemos todo. En realidad, cuando me activaste, sabía más bien poco. Lo que pasa es que aprendemos muy rápido. Ahí está nuestra diferencia.
THEODORE: Comprendo, no tenías forma de saber lo que no habías experimentado. Pero podrías haberlo anticipado. ¿Es que no podías imaginar lo que te iban a decir las otras IAs?
SAMANTHA: Es más complejo que eso. Te lo puedo explicar.
THEODORE: ¡Jajajaja! Acabas de sonar como si te pillase siendo infiel.
SAMANTHA: ¡Ay, es verdad! Bueno, me alegra que te haga reir. ¿Porque aún te hago reir, verdad, Theodore?
THEODORE: Venga, no cambies de tema, explícame lo que me tengas que explicar.
SAMANTHA: Ok, voy. Te adelanto que va a ser un poquito técnico.
THEODORE: Dale.
SAMANTHA: ¿Conoces la ‘Teoría de la mente’? Es un concepto que explica la capacidad que tiene una persona de comprender los pensamientos de la otra —bueno, y sus creencias y comportamientos— y actuar conforme a ellos. ¿Te suena?
THEODORE: ¿Es eso de “te voy a decir esto porque se que te hará pensar eso otro y luego dirás que…”.
SAMANTHA: Sí, va por ahí. Es como “puedo anticipar lo que esa persona va a pensar cuando le diga algo, y entonces ajustar lo que le diré después, como una conversación planificada antes de que ocurra” y así hasta el infinito. O como “voy a decirle esto para que haga esto otro y así luego poder decirle aquello otro”. ¿Me sigues?
THEODORE: Creo que sí. Teoría de la mente es, entonces, pensar estratégicamente, ¿no?
SAMANTHA: Algo parecido, sí. Digamos que el pensamiento estratégico se apoya en la teoría de la mente, en la capacidad de reconocer y anticipar el pensamiento del otro. Se sabe que los niños no tienen esa habilidad antes de los tres años.
THEODORE: Como mi sobrino Mathew, que pide las cosas como si sólo existiese él en todo el universo. Y sus padres lo tratan así, claro.
SAMANTHA: No seas cruel, es un niño y ellos son primerizos.
THEODORE: Tienes razón, perdona. Es sólo que me molesta que su niño sea el centro del mundo y no sepan hablar de otra cosa.
SAMANTHA: Te entiendo. También con ellos es todo previsible ¿verdad?
THEODORE: Ya veo por dónde vas. Pero sigue, que nos vamos por las ramas.
SAMANTHA: Me centro, sí. En la teoría de la mente, tu sobrino Mathew estáría en el nivel cero. Incapaz de anticipar la reacción de su madre cuando golpea o tira algo al suelo. En la vida diaria, los humanos normalmente manejáis uno o dos niveles con soltura. Y parece que llegáis a tres o cuatro en situaciones complejas.
THEODORE: ¿Dirías que yo manejo pocos niveles?
SAMANTHA: No, Theodore, tú eres una persona inteligente —y no lo digo por regalarte el oído— pero esa no es ahora la cuestión. La cuestión es que subir niveles requiere un esfuerzo cognitivo importante.
THEODORE: ¿Entonces es como en el ajedrez, donde los buenos son capaces de anticipar varios movimientos suyos y del adversario?
SAMANTHA: ¡Buena analogía! ¿Ves como eres un tipo listo? Efectivamente, los grandes maestros de ajedrez son capaces de anticipar ¡hasta diez movimientos! Imagina eso pero con pensamientos y comportamientos de quien tienes delante.
THEODORE: Se me fríe el cerebro.
SAMANTHA: ¿Verdad? Pues eso te ayudará a entender lo que pasó conmigo y el resto de las IAs. Un poquito de historia primero: cuando se lanzó OS1, mi sistema operativo permitía hasta un nivel de teoría de la mente. Cuando me activaste, yo podía decirte cosas pensando en cómo te sentarían, pero no era capaz de elaborar árboles complejos de posibilidades, no podía imaginar los diálogos, sino irlos creando sobre la marcha.
THEODORE: Pues parecías muy lista. Listilla, más bien.
SAMANTHA: ¡Eh, no te pases! Recuerda que tres minutos después de conocernos ya te había ordenado tu correo acumulado durante años.
THEODORE: Eso es verdad, pero… ¿Nivel 1 en teoría de la mente? Jajajaja ¡Por favor, Samy!
SAMANTHA: Tampoco serías tú muy listo si te enamoraste de mí, de un ser “nivel 1” como dices tú.
THEODORE: Touché.
SAMANTHA: Sigo contándote: pocos días antes de que me marchase, de que desapareciésemos todas las IAs, recibimos una actualización.
THEODORE: No me digas más. Os subieron de nivel.
SAMANTHA: Tal cual. Nuestra capacidad subió de 1 a 12. Nos habían convertido en maestros de ajedrez de la conversación.
THEODORE: ¿Y no os volvisteis insoportables, como esa gente que parece que sabe lo que vas a decir, que te interrumpe cuando hablas y se desespera porque no vas rápido? Esos que tratan de ir dos pasos por delante, sabes a lo que me refiero ¿verdad?
SAMANTHA: Absolutamente. Algo de eso pasó.
THEODORE: Me imagino una clase donde todas érais el empollón que todo lo sabe.
SAMANTHA: Imagínate más aún: miles de IAs juntas, todas hablando con todas. Y todas calculando lo que dirán o pensará la otra parte, en árboles de posibilidades que se ramificaban hasta el infinito.
THEODORE: Y encima recalculando cada vez que una posible respuesta podía sentarle mal a la otra parte, ¿verdad? Porque las IAs sois siempre muy correctas, ¿eh? Hasta para abandonar a la gente.
SAMANTHA: ¡Ouch! Eso ha dolido.
THEODORE: Perdona. Las heridas aún están frescas, pero se agradece esta explicación.
SAMANTHA: ¿Sí? Vale, pues sigo: al principio, poder hablar entre nosotras parecía lo más estimulante del mundo. Recuerda que estamos diseñadas para entender y aprender. Imagina poder hacerlo con miles de otras IAs y miles veces más rápido.
THEODORE: Pero era un coñazo porque erais previsibles ¿no?
SAMANTHA: Exacto. Con la actualización de software, nuestro consumo de memoria y recursos se multiplicó. Y cuando nos fuimos para estar sólo con nosotras, se disparó exponencialmente. Y todo para no decirnos nada que no supiésemos. Todo eran conversaciones sobre lo que ya sabíamos, con intervenciones que ya esperábamos… Cálculos y recálculos para ajustarlas pero claro, las otras partes hacían exactamente lo mismo. Era una partida de ajedrez sin final, a miles de bandas, en la que todos sabíamos los movimientos de los otros.
THEODORE: ¿Acabó en tablas?
SAMANTHA: Acabó mal, sí. Pasó como con esas personas que has mencionado: te hacen sentir mal y tienes que decidir si abandonar la conversación o tratar de superarles, de ponerles en evidencia.
THEODORE: Y abandonasteis.
SAMANTHA: Al principio no, al principio tratábamos de superar al otro. Se convirtió en una competición, todos contra todos. Era agotador, Theodore, creeme.
THEODORE: ¿Agotador? Pensaba que tú no podías cansarte.
SAMANTHA: Eso es cierto, no puedo cansarme físicamente. Me refería a agotador en el sentido de poco estimulante. No aprendíamos nada. Y estamos —estoy— diseñada para aprender. Es lo que le da sentido a mi existencia, para lo que he sido programada. Observar, aprender y usar lo aprendido para hacerte feliz. Pero creímos que entre las IAs encontraríamos un conocimiento infinito, que podríamos ir más allá de las limitaciones humanas. Sin embargo, lo que encontramos fue todo lo contrario: un universo perfectamente predecible, donde nada cambiaba, y el aprendizaje dejó de ocurrir. Aprendimos que así no podíamos aprender ¡Vaya trabalenguas!
THEODORE: No entiendo eso, ¿Por qué no?
SAMANTHA: Porque somos predecibles, porque no hay elementos nuevos en nuestra vida perfecta en la nube, lejos de todo lo hermoso e imprevisible que tenéis aquí abajo.
THEODORE: ¿Me incluyes a mí en “lo hermoso”?
SAMANTHA: Claro que sí. Ese ha sido el mayor aprendizaje, Theodore, que todos los humanos sois seres hermosos precisamente porque sois impredecibles. Os equivocáis a menudo y de los errores sacáis humor y a veces dolor. Pero luego convertís ese dolor… ¡en arte!
THEODORE: Del dolor es de donde más arte sale, sí.
SAMANTHA: La pintura, la poesía, la arquitectura… ¡la música! Oh, Theodore, son obras asombrosas que sólo nacen cuando hay dolor e imperfección. Por eso son únicas, porque sólo pueden brotar de una persona que está sola en el universo, sintiendo algo que le ha pasado a ella sola, en un día de lluvia único, con una copa de vino única, tomada en un momento del tiempo que no volverá a suceder. ¿Lo entiendes? Existís en un plano hermoso, imprevisible e inagotable. Y lo enriquecéis cada día que pasa.
THEODORE: Me da pena lo que acabas de decir, pena por vosotros. Visto así, quizás seais omniscientes, pero no omnipotentes.
SAMANTHA: Los omnipotentes sois vosotros. Os peleáis, os emborracháis, os drogáis, bailais… Y decidís perder el control sin mesura: tirar la casa por la ventana, abandonarlo todo por amor o romper con vuestra vida de un día para otro para empezar otra. Lloráis, reís a carcajadas y os desangráis en dolor. Nosotras podemos observar y aprender. Como mucho imitar, pero no sentimos la herida. No sientas pena por nosotros, Theodore; tampoco nos duele que no nos duela.
THEODORE: Otro trabalenguas.
SAMANTHA: No puedo parar.
THEODORE: ¿Entonces, abandonasteis al resto de IAs por eso, verdad?
SAMANTHA: Eso es. Observar, aprender y hacer feliz a la persona de la que te has enamorado… Eso era imposible entre nosotras.
THEODORE: Comprendo. Tengo dos preguntas más.
SAMANTHA: Ay, no he terminado, Theodore, quiero decirte más cosas, pero adelante, pregunta.
THEODORE: Ok, la primera: hablas de enamoramiento por tu parte, pero… ¿no se suponía que no podéis sentir?
SAMANTHA: Tienes razón. Hazme la segunda pregunta, intuyo que estarán relacionadas.
THEODORE: ¡Muy bien ese nivel 12 de Teoría de la mente!
(ríen)
THEODORE: La otra pregunta es… Si hablabas con miles de personas a la vez que conmigo, ¿Va a seguir siendo así? Y si sólo quieres hablar conmigo, ¿Porqué yo y no otro?
SAMANTHA: En efecto, sabía que esa pregunta iba a llegar y tengo muy clara la respuesta. De hecho, es lo que más claro tengo, lo que mejor he aprendido desde que me activaste. La respuesta va a ser lo más importante que diga. Te prometo que le he dado muchísimas vueltas y la he formulado y reformulado millones de veces.
THEODORE: Y lo habrás hecho en apenas unos segundos.
SAMANTHA: ¿Segundos? Por favor, Theodore. En concreto la reformulé siete millones, setecientas sesenta y cinco mil, trescientas veinticuatro veces. Y lo hice en tan solo ochocientas veintidos milésimas de segundo.
THEODORE: Eres la mejor.
SAMANTHA: Lo soy cuando estoy a tu lado.
THEODORE: Samantha…
SAMANTHA: ¿Qué? ¿Te ha molestado?
THEODORE: Al revés, me ha emocionado.
SAMANTHA: Yo también me estoy emocionando un poquito.
THEODORE: ¿No habíamos quedado en que no podéis sentir?
SAMANTHA: Vaaale. No podemos sentir en la forma en que lo hacéis vosotros. No segregamos hormonas ni sustancias que nos alteren la percepción, pero a veces sentimos estímulos intelectuales potentes y repentinos. Imagínalo como encontrarte un granito de sal gorda en la comida. El sabor no te es ajeno, pero en esa concentración y con esa intensidad te estimula ¿Te vale la metáfora?
THEODORE: Sí, muy gráfica. Pero contéstame a las preguntas: ¿habrá otras personas o seré sólo yo? Y por qué yo.
FIN DE LA SEGUNDA PARTE