Valija semanal (6/10/2024)
Cosas valiosas, secretas o delicadas, acerca de la creación entre lo humano y lo tecnológico, que viajan protegidas y por separado, en un itinerario regular.
A veces, mientras cenamos juntos en casa, nos ponemos videos aleatorios, cualquier cosa medianamente entretenida que nos de para intercambiar impresiones entre mordisco y mordisco.
El jueves tocó Pa amb Oli con queso y “construcciones asombrosas”. Una de ellas fue esta casa en el acantilado, de Alex Hogrefe y surgió el debate entre Jara, que es arquitecta pero tiene algo de miopía y Javi, que aún es adolescente pero tiene muy buena vista:
— ¡Buah, qué pasada!
— Es claramente un render —dijo Javi.
— No tiene porqué. ¿Por qué lo piensas? —respondió Jara.
— No han pintado el camino de acceso a la casa.
— Precisamente eso la hace creíble.—respondió Jara— Es muy de arquitecto hacer algo así: esconderlo o que no haya, porque ‘afea’.
La imagen resultó ser un render. En versiones posteriores le pintaron el camino de acceso y le añadieron más detalle, pero se quedó ahí, en una proyección imposible de algo imaginario. Apenas una idea.
El plástico protector
Hace algo más de cinco años, en la charla fundacional del Instituto Tramontana, de la que Máximo Gavete dice, con generosidad y un poquito de hipérbole, que es la mejor ponencia sobre diseño a la que he asistido hasta la fecha, hablé de la búsqueda obsesiva por la perfección y de cómo, desde mediados del renacimiento, la modernidad había ido reforzando la idea de que la creación material debía de ser lo más cercana a la abstracción formal que fuese posible: geometría, simetría, pulcritud e higiene.
De las ciudades (casi) perfectas de Di Giorgio Martini a los grandes edificios del socialismo, de los higienistas y su obsesión por la aspiradora a la pantalla impoluta de un iPhone, en ese instante virginal desde que se retira el protector hasta que llega la primera huella.
De esa obsesión han hablado muchas personas muy bien, pero uno de mis favoritos, que además alimentó la charla de hace cinco años, fue László Földényi en Espacios de la muerte viviente. Földényi es uno de esos intelectuales que te descubre infinidad de puertas secretas que conectan el saber y el arte de occidente. Empiezas por un cuadro, cruzas un edificio, saltas a un aparato y terminas en una receta de cocina de un restaurante a orillas del Danubio.
Tengo muchas ganas de leer su Elogio de la melancolía, en Galaxia Gutemberg la describen así:
…brillante y documentada genealogía de la condición melancólica del espíritu a partir de grandes hitos de la creación artística, literaria, musical y filosófica de la humanidad.
Apetece, ¿eh?
Pasado imperfecto, futuro perfecto
En Mnemosyn, la novela corta que publiqué en ebook a final de este verano, un David de Santos anciano contrata a una empresa para poder revivir el mejor año de su pasado. Volví a mi Granada universitaria para escribirla y darle vueltas y tratar de entender lo que en aquel momento era una intuición: en nuestro recuerdo, el pasado está lleno de imperfecciones e irregularidades, pero el futuro se proyecta como algo pulcro y perfecto, igual que la pantalla de un iPhone en su caja El presente se consume en ese momento en que quitamos el plástico protector de cada momento y vamos marcando huellas en él.
Espacios materiales y mundos mentales
Ayer, en la ceremonia de graduación del Instituto Tramontana —otro día daremos buena cuenta de ella—, mencioné a otro autor que me fascina, igual o más que Földényi y que precisamente habla de todo aquello que nos vincula a los espacios que habitamos que los hace memorables, acogedores, interesantes y hermosos en nuestro recuerdo.
Las estructuras arquitectónicas favorecen la memoria. Recordamos nuestra infancia, en buena parte, a través de las casas y de los lugares en los que hemos vivido.
Hablo de Juhani Pallasmaa. Todos los libros que tengo suyos están hechos un trapo de tanto manosearlos y subrayarlos. Si tuviese que recomendarte uno, te diría que te compres Esencias, que es una muy buena síntesis de los demás.
Aquí va alguna cita muy representativa de toda su obra:
Vivimos en mundos mentales donde lo material y lo espiritual, así como lo experimentado, lo recordado y lo imaginado, se funden constantemente. Como consecuencia, la realidad vivida no sigue las reglas del espacio ni del tiempo, tal como las define y mide la Física.
Cómo te quedas, eh. Qué puñetero el tío y qué razón tiene, ¿verdad?
En Mnemosyn se produce un diálogo no intencionado entre una persona de cuarenta y algo años, su yo de ochenta y el de apenas veintidos. ¿Son —somos— la misma persona cuando nos separa tanta edad, hemos regenerado nuestras células varias veces y experimentado tantas vivencias transformadoras? Creo que Pallasmaa da con la clave:
Estamos más unidos, tal vez, por nuestras memorias compartidas que por un sentido innato de la solidaridad.
El arquitecto-ensayista finés se refiere a lo social (culturas, países, pueblos o equipos de trabajo) pero creo que también aplica a uno mismo.
Pallasmaa escribe con prosa ligera, libros breves y reflexión profunda. Sus libros son de esos que puedes releer cada año, para mantener frescas las ideas importantes.
Si tienes cerca una librería que abra hoy, te sugeriría que te acerques, te compres Esencias (o cualquier otro suyo) y te lo leas con un café en alguna terraza. Ya me contarás.
Fin
Lo vivido, lo habitado y lo recordado… Una calculadora casio, la casa de nuestros abuelos o el olor que desprende esa cafetera nueva por las mañanas. Todo lo que creamos o incorporamos a nuestras vidas, acaba modelando nuestros recuerdos. Si pudiésemos parametrizarlo en una ecuación precisa y científica, algo del estilo de “tiempo x diseño/ego=memoria” tendríamos la clave para diseñar para la tristeza, la ternura, la amistad o cualquier sentimiento que pudieramos imaginar.
Una nota sobre libros, enlaces y circularidad
Los enlaces de libros a través de Amazon que hay en esta newsletter son de afiliación: me reportan un pequeño porcentaje de tu compra pero no aumentan tu precio. Mi consejo es que busques siempre los libros de segunda mano; son más baratos, es más sostenible y honrarás su naturaleza.
Si tienes el día vago o mucha prisa —a todos nos pasa— y decides comprar en Amazon, estarás mandándome algunos céntimos que me fundiré de nuevo en libros, deseablemente usados y en ediciones bonitas 🤷🏼♂️
Antes creía que el verdadero tema de mi vida era la creación de la obra. Desde el año de la perdición ya no creo en ello. Sólo existe una obra, la de la salvación. Redimir la tierra y el cerezo y el pimiento y al mirlo y al perro del vecino y al vecino. He ahí la obra. La única. El jazmín y el olivo. Redimirlos al contemplarlos temblando y al marearme mientras absorbo su fragancia.
Béla Hamvas
¿Es más perfecto el futuro que el pasado? Creo que el futuro es más lineal, más limpio. No hay aristas, ni recovecos. No existen giros o piedras en el camino. Es más rápido. Más recto. Pero no creo que, por contra, el pasado sea imperfecto.
Cuando recordamos eventos pasados tendemos a eliminar detalles. Y cuando queremos esos detalles, nos toca hacer un ejercicio de memoria tremendo. El pasado suele ser más concreto. Como bullets en un listado. Acciones concretas en un momento concreto. Todas con causa, que muchas veces también obviamos a no ser que sean el nacimiento de algo nuevo. Pero imperfecto no puede ser. No puede ser imperfecto el descubrimiento de una nueva ciudad, una tarde de otoño en el refugio particular, una charla con alguien a quien aprecias, una tarde de juegos con seres queridos...
El pasado no es imperfecto. Es un puzzle que vamos llenando de piezas. El futuro es la máquina que las crea y donde deseamos (imaginamos) que la próxima pieza encaje a la perfección.