Habían pasado nueve años desde que se entregó la casa y la depresión estaba empezando a encapotar el cielo de la Dra. Farnsworth
Con 57 años, tenía una carrera consolidada: doctora en medicina y reconocida traductora de italiano. Provenía de una familia de profesionales liberales en la que había aprendido a estudiar y apreciar por igual el valor de lo antiguo y de lo nuevo. Había puesto mucha ilusión y bastantes ahorros en ese encargo. También admiración y respeto por ese afamado arquitecto alemán, que había dirigido la famosa Bauhaus y que, once años después de aterrizar en Chicago, aún mantenía un terrible acento alemán. Mies van der Rohe aceptó el encargo gustoso, convencido de que esa casa podría materializar todas sus teorías. Ambos estaban entusiasmados. Se veían a menudo para conversar sobre el proyecto. Hubo quien incluso sugirió un romance entre los dos, aunque probablemente no pasase de ser algo platónico o intelectual.
Sin embargo, nueve años después, aquella casa le estaba costando a Edith la salud mental. Esa perfección geométrica y cristalina había llegado cargada de calamidades. Edith Farnsworth lo estaba pasando muy mal y decidió llevar al arquitecto a juicio.
En aquella jaula de cristal no había donde guardar cosas, no había intimidad, no había calidez ni refugio. En verano, la casa era una gran lámpara que atraía a todos los insectos del valle. Con las lluvias de otoño, la construcción parecía flotar como una balsa a la deriva, en mitad de un pantano.
El inicio de su vida madura se estaba convirtiendo en el final de su cordura y la casa de su vida en un mausoleo de cristal.
Angustiada, una mañana de 1960 escribió un poema titulado “Artefacto”, que en castellano suena así:
Se acercaba el amanecer esta mañana cuando me desperté
al oir una criatura voladora golpear
El panel de cristal, al lado de mi cama. Golpe y aleteo.
Por un momento, impacto y golpe.
Alas desorientadas en el cristal.
No había luz.
No era de día ni de noche.
No pude ver esa cosa voladora herida.
Pero podía escuchar el aleteo de su ala rota,
batiendo su momento sobre mi panel.
De cristal. ¿Por qué no se retira, o muere?
¿Por qué lo intenta?
Ese bello artefacto suave, ingenuo, tratando de pasar.
¿Porqué golpea el cristal?Las alas no vistas se deslizan cayendo por el panel;
Las plumas astilladas agonizan en vano.
El momento pasa
Y en la hierba
Ahí abajo yace
Y muere… mi esperanza.
En 1953, al borde del suicidio, Edith Farnsworth llevó a Van der Rohe a los tribunales aduciendo mala práctica por parte del alemán, por provocar un sobrecoste de casi el 100% del presupuesto, por elegir una ubicación claramente errónea, por los problemas térmicos de la vivienda (frío en invierno y excesivo calor en verano) y por los excesivos costes de mantenimiento. Farnsworth declaró ante el juez que la casa era “inhabitable” y que Van Der Rohe había antepuesto su visión artística a las necesidades de su cliente. A su vez, el arquitecto demandó a la propietaria, declarando que ella era consciente de la visión original y exigiendo honorarios no satisfechos.
El juez le dio la razón al alemán.
Edith Farnsworth tuvo que volver a ejercer la medicina para asumir las costas y la indemnización Van der Rohe. En 1972 consiguió venderle la casa a un lord inglés llamado Peter Palumbo y se fue a vivir a una residencia convencional. Murió pocos años después.
Superficie
Dice Juhani Pallasmaa que las superficies de la modernidad tienden a permanecer mudas, pues se da prioridad a la forma y al volumen. Que no se les da significado, se las neutraliza.
Las superficies modernas no cuentan nada, no hay mensaje en ellas. No existen: no son intencionadamente frías, ni cálidas. De hecho, no expresan temperatura, y al no hacerlo, se vuelven emocionalmente gélidas y mudas.
Las superficies de lo que diseñamos no laten ni son blandas, no tienen poros ni rebotan. No transpiran. De tan neutras como son, no tienen color: acaso son grises como el hormigón o blancas, blanco de pureza inmaculada, de ausencia de pecado, de silencio y puritanismo calvinista.
Blanco Van der Rohe, blanco Adolf Loos, blanco que no es delito y también blanco Corbusier, el mismo que llegó a pedir que se bañase París entera de ese color:
El blanco de Cal es extremadamente moral. Aceptad un decreto que prescriba que todas las estancias de Paris sean recubiertas con lechada de cal. Afirmo que sería una obra policial de envergadura y la manifestación de una moral elevada, el signo de un gran pueblo.
En la piel, sobre todo en las yemas de los dedos y en los labios, tenemos cinco millones de mecano-receptores táctiles La ciencia los ha llamado corpúsculos de Meissner. Son extremandamente sensibles, capaces de reaccionar a frecuencias de entre 10 y 50 hercios.
Si tan importante es la piel en un ser vivo, ¿por qué la modernidad, nuestra modernidad, la del flat design y la eficiencia, la de las tabletas y cristales negros para comunicarnos, omite las superficies? ¿Por qué están vacías de información y de vida?
Cuanto más puras, limpias y cristalinas son esas superficies, cuanto más inmaculadas e inertes, más propensos somos a enfundarlas, a recubrirlas con fundas de materiales que envejecen con elegancia. Fundas para los móviles, para los ordenadores y hasta para las cajas de los auriculares, como si así dotásemos a toda esa pureza tecnológica de vida, la hiciésemos más propia o más personal.
Decía Alvar Aalto que los materiales y las superficies tienen un lenguaje propio. Por eso él prefería la piedra, el ladrillo el bronce o la madera en sus obras, porque acumulan en si la estratificación del tiempo, en contraste con la atemporalidad del acero o el cristal.
La modernidad, cuenta Pallasmaa, ha estado obsesionada por las imágenes de partida y de viaje, pero parece que las imágenes de regreso están ganando terreno.
En un sentido parecido, Aldo van Eyck dice que…
La arquitectura no tiene que hacer más, ni debería ser menos, que auxiliar al ser humano en su regreso al hogar.
Las superficies orgánicas hablan de lo que contienen, lo exudan y lo transpiran. La perfección cristalina de la modernidad, sin embargo, crea ilusiones: la ilusión del reflejo o la del aire abierto, que sin embargo es realidad estancada. La misma en la que estás leyendo este texto, la misma en la que se estrelló ese pájaro, una mañana de 1960.
Fin
Este es el poema original que escribió Edith Farnsworth. Si has estado en el Instituto Tramontana lo reconocerás, una copia está enmarcada y expuesta al fondo del salón principal, al lado de una Braun RT20 de Dieter Rams, diseñada en el mismo año en que se escribió el poema.
Me gusta Javier la reflexión.
Tatuamos la superficie perfecta de nuestra piel para hiperpersonalizar algo que ya es único, lad hoc in extremis , restamos valor a la creación original. Cómp nos vamos a resistir con algo ajeno ?
“Las superficies modernas no cuentan nada, no hay mensaje en ellas. No existen: no son intencionadamente frías, ni cálidas. De hecho, no expresan temperatura, y al no hacerlo, se vuelven emocionalmente gélidas y mudas”…
Y damos por hecho que no durarán. Cuando nos llegan, cuando las adquirimos, llevan intrínseco un tiempo límite. “A los 3 años lo cambio”; “a ver si me dura hasta el próximo modelo”…
¿Son caducas porque las diseñamos con esas superficies?. ¿O las convertimos en caducas porque esas superficies nos empujan a ello?