Me cae mal la gente que dice eso de “deshazte de lo innecesario” o “regala lo que ya no uses”. Así de claro. No tienen ni idea del valor de los objetos: el social y psicológico, como decía Pallasmaa en la Valija de la semana pasada, pero también el testimonial, el de contarnos cómo hemos cambiado.
Una de las mejores inversiones inmobiliarias que uno puede hacer es un trastero. No tiene que ser grande ni estar en el edificio donde uno vive. Basta con que quepan en él una docena de cajas y sean accesibles. Una por cada dos o tres años de nuestra vida, donde guardemos las cosas que fueron importantes pero ya usamos.
Hipertrofia
La semana pasada me reencontré en mi trastero con una preciosidad. Me lo subí a casa para enseñárselo a la familia: “qué bonito”, “qué cómodo en la mano”… Y el comentario en el que coincidieron mi mujer y mi hijo mayor:
— Ojalá hicieran una versión de mi móvil con este tamaño.
El primer iPhone tenía el tamaño de una tarjeta de crédito, de una cartera, de una brújula, un pastillero o una baraja de cartas. Sus dimensiones eran naturales, a la medida y escala de la mano que lo sostenía.
Un móvil de hoy hace esencialmente lo mismo que ese, pero su tamaño es el doble. ¿A qué se debe, cómo ocurre esa hipertrofia?
Y, lo que me parece más importante: ¿Por qué no aprendimos a diseñar apps optimizadas para esa pantalla, en lugar de diseñar pantallas optimizadas para las apps de hoy en día?
No parece que haya una única respuesta: el tamaño creció por estatus, por las fotos, porque fue sustituyendo al ordenador… Porque se podía. A medida que crecía el tamaño de los smartphones, a medida que se incrementaba su precio, lo hacía también su consumo, el de batería y el cognitivo.
No es un fenómeno nuevo, ojo. Ha pasado antes:
En los 50, en EEUU, los coches empezaron a crecer de manera desorbitada, hasta que la crisis del petróleo racionalizó su diseño. En los 80, los radiocassettes portátiles empezaron a crecer hasta convertirse en mónstruos que ya sólo podían llevarse al hombro. El Walkman y quizás los avances en equipos estereo de los coches revirtieron eso.
En los 90 y los 2000 la batidora-picadora de cocina fue mazándose y creciéndose hasta convertirse en un robot multifunción de tamaño y formas desproporcionadas, más propio de una planta industrial que de una cocina de clase media.
También los portátiles tuvieron una época hipertrófica en los 2010: monitores exagerados, docenas de puertos, unidad de DVD y batería para alimentar todo eso. Por fortuna, todo volvió a la normalidad en unos años.
¿Qué provoca esa hipertrofia casi tumoral? Parece que algunos objetos tecnológicos pasasen por una especie de fase adolescente en la que crecen desacompasadamente, en la que su ego se les dispara y no entienden que su propósito es servir a una necesidad, no crear necesidades a su alerededor. Ese narcisismo, esa insolencia… La misma que en los smartphones de hoy. Y ni siquiera son bonitos, ni envejecen bien, como sí hacia el iPhone 1.
El Walkman nunca tuvo esa fase. Es verdad que hubo algunos modelos algo más musculosos y necesitados de atención, pero en general, Sony supo entender que el Walkman debía adaptarse al cassette, un soporte pensado para la mano humana, igual que lo hizo el transistor, igual que un vaso, una navaja, una piedra de afilar, un espejo de bolsillo o una libreta.
La perfección llegó con las dimensiones del Walkman WM10, casi una piel para las cintas de casette. ¿Serán las IAs conversacionales las que devuelvan a los smartphones a sus dimensiones naturales?
Diseñar con triptófanos
Mi compañero de piso en Seattle producía y vendía speed. Él no solía consumirlo, pero a veces, para poder vender todo lo posible en raves que duraban dos días, se metía él también. Era la única forma, decía, de estar al pie del cañon esas 48 horas, haciendo caja sin parar. Tras ese esfuerzo titánico, se pasaba un día entero tirado en la cama, bebiendo leche. Podría haber tomado relajantes o somníferos, pero tenía miedo de la adicción. Decía que la leche entera era el mejor “downer”.
Si llamamos hipertrofia a ese desarrollar y ocupar más espacio de la cuenta, podríamos llamar hipercinesis a cuando provocan sensación de que todo va rápido y crean estrés en quien los usa. Hablo de ciertas maquetaciones, de feeds que se regeneran si te vas de la pantalla, a crear FOMO o estar constantemente bombardeando con alertas y gritando, con cierta insolencia que “¡aquí están pasando cosas!”.
La leche tiene triptófanos, un relajante natural muy efectivo para regular el estado de ánimo, el sueño y la sensación de bienestar. Me pregunto si podemos meter triptófanos en nuestros diseños, si somos capaces de introducir elementos, decisiones, colores, sonidos, ritmos, secuencias, que hagan que el tiempo fluya de manera más natural o, incluso más lenta.
Me vienen a la cabeza las canciones de mis admiradas Tarta Relena, esas dos jóvenes catalanas que con sus voces acapella y, si acaso con un sintetizador, te devuelven a momentos y lugares mediterráneos en los que el tiempo va despacio ¿O son sus canciones las que lo ralentizan? Últimamente las estoy escuchando mucho.
También me acuerdo de cuando comprábamos el periódico los domingos, con su suplemento, cuando no existía internet. Recuerdo hojear sus páginas sin prisa, deteníendome en algunas noticias y pasando otras, como quien da un paseo, sabiendo que tenía todo el domingo para terminármelo.
Una buena comida de otoño, con un tinto ligero, plato de cuchara y segundo, o quizás albóndigas, como las cuenta Toni Segarra —cómo disfruto sus columnas—, conversación tranquila y lluvia afuera, también es un magnífico regulador del tiempo. Para que funcione, tiene que haber superficies orgánicas, telas y maderas (nada de plásticos ni aceros) y ritmos irregulares; que se pueda repetir de cuchara, que tarde en salir alguna cosa o te ofrezcan un segundo café.
También noto triptófano en la obra de Christian García Bello, en la forma en que reencarna las texturas, los colores y las maneras de su vieja Galicia en artefactos altamente sensoriales. Cada una de sus obras es un manifiesto por el estudio, la cultura y la técnica que piden ser aprehendidas despacito.
Por cierto, acaba de sacar una serie limitada y maravillosa de pañuelos de seda, inspirados en los esgrafiados de la Ribeira Sacra:
Estos esgrafiados son ornamentos de mortero de cal presentes en la arquitectura popular del territorio próximo a los ríos Cabe, Sil y Miño. Su robusto sistema de geometrías constituye uno de los ejemplos más genuinos de las formas vernáculas de Galicia.
Fin
Leí una vez que, aunque nuestro cuerpo regenera la totalidad de sus células varias veces en una vida, algunas neuronas de nuestro cerebro se mantienen durante toda nuestra existencia. Hay quien cree que ahí está la clave de que nuestras vidas esté tan condicionadas por nuestros recuerdos.
Quizás algunos artefactos funcionen como esas células, siendo depositarios de recuerdos, de ideas y de mensajes, esperando en un trastero a que los recuperemos.
Una nota sobre libros, enlaces y circularidad
Los enlaces de libros a través de Amazon que hay en esta newsletter son de afiliación: me reportan un pequeño porcentaje de tu compra pero no aumentan tu precio. Mi consejo es que busques siempre los libros de segunda mano; son más baratos, es más sostenible y honrarás su naturaleza.
Si tienes el día vago o mucha prisa —a todos nos pasa— y decides comprar en Amazon, estarás mandándome algunos céntimos que me fundiré de nuevo en libros, deseablemente usados y en ediciones bonitas 🤷🏼♂️
Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado.
Gabriel García-Márquez
¿Serian los triptófanos, el trabajar bajo parámetros de escasez? (tal y como comentaba Iñigo Medina en la última entrevista de Product Leaders). Hace que lo medite.
Si el futuro lo proyectamos limpio y pulcro, ¿por qué lo hipertrofiamos cuando llega al presente?
Gran entrada!
Mi teoría sobre el crecimiento está en el capitalismo. Ofrecer algo distinto (y crecer o aumentar el tamaño es lo más sencillo para diferenciarse) hasta un tope, para empezar a bajar y ofrecer lo mismo en porciones más pequeñas para volver a sacar tajada.
En mi caso todavía aguanto con mi iPhone 12 mini, que tiene, para mí, el tamaño perfecto.