Los videos de ruinas son todo un género en Youtube: chavales que se adentran clandestinamente en lugares abandonados, cámara y linterna en mano, para desvelarnos un lugar decrépito y abandonado que se nos mantiene oculto.
No suelen ser ruinas como las romanas de los jardines del palacio de Schönbrunn, sino más bien restos de complejos empresariales o gubernamentales a los que, incluso en su mejor momento, el acceso estaba vetado a unos pocos. Plantas nucleares, búnkeres, estaciones de comunicaciones remotas… Suelen ser complejos abandonados en un tiempo no muy lejano, casi siempre por un cambio de paradigma en sus respectivos campos. Sin embargo, aunque sean recientes, me siguen provocando eso que describía en la valija de la semana pasada, quizás incluso con más intensidad:
la ruina es un artefacto de espejos contrapuestos que nos sirven para ver nuestro presente reflejado desde el pasado. Ante una ruina nos preguntamos sobre ese tiempo pretérito e, inevitablemente, nos imaginamos cómo seremos vistos desde el futuro. Cuando eso ocurre, ganamos conciencia de nuestra pequeñez en la historia.
El sábado me topé con uno de esos videos, uno magnífico, precisamente de un lugar icónico para quienes diseñamos: una planta de Olivetti donde se ensamblaban ordenadores personales. La persona que produce el video aprovecha los diferentes momentos y espacios para hacer retrospectivas históricas de la marca, de su peso en la computación personal y hasta de una teoría conspiratoria jugosísima acerca de cómo se perdieron dos prototipos de ordenador personal muy avanzados para la época, en un accidente en el que muere el CTO de Olivetti y de cómo la CIA, velando por los intereses de IBM, pudo estar detrás de todo.
Todo esto de Olivetti y de su planta de montaje, vino al hilo de un texto de desfogue que escribí y compartí el jueves por la noche, para desconectar un rato de la angustia de la DANA. Lo titulé Ivrea 1982 y narra, en tono hiperbólico y desenfrenado, un posible encuentro entre Dieter Rams, Ettore Sottsass y Mario Bellini en alguna de las plantas de ese complejo en Ivrea. Empieza así:
He venido para ver si en este antro de colores y excentricidad de mierda se puede hablar de diseño de verdad, Ettore. Pero empiezo a pensar que esta oficina es más un altar hippie, lleno de idolatrías absurdas y humo, que un lugar de trabajo serio. (Sigue leyéndolo)
No sé si la ortodoxia me permitirá llamar al relato “ficción histórica”, por desaforada, aunque algo de eso persiga. A mí me ha servido para contextualizar un momento clave de la historia del diseño y reirme un poco en el intento. Entre los 60 y los 80, el diseño se convierte en el terreno de batalla de las dos ideas que más fuerte han chocado en el siglo XX: la modernidad y la posmodernidad. Y esos tipos dirigían batallones enteros de artefactos que chocaban en nuestras formas de entender el mundo, la vida, lo cotidiano y lo soñado.
Dieter Rams es un tipo idolatrado, con un marcado perfil ‘viejo gruñón’ que era fácil encauzar en mi historia. En este fragmento del documental que le hizo Hustwit en 2018, se le ve en toda su gloria, a bastonazos con los diseños que aborrece.
En un momento del video, menciona a Ettore Sottsass; le respeta mucho pero no le comprende, dice el alemán. Ahí asoma una de sus muchas sombras, de ese algo puro por fuera pero retorcido por dentro tan propio de quienes están constantemente presumiendo de moral e intenciones limpias. El tipo tiene tela, ya hablaremos de ello, ya.
Por cierto, en el documental de Hustwit también sale su casa en Kronberg, embaldosada entera de blanco, como un laboratorio donde analicen muestras de orina y exudados, a la que le dediqué otro pasaje ficcional no hace mucho: Anochece en Kronberg.
Hablando de la Braun más técnica, la de los tomavistas Nizo y la radio T-1000, comentábamos en familia, el otro día, cómo la mayoría de las veces, el relato de la ciencia ficción utópica se había construido sobre premisas y artefactos de la modernidad: materiales sintéticos, inoloros e insípidos, asépticos, como el aluminio pulido o el plástico, puros en sus geometrías y sus texturas, que muestran el paso del tiempo porque desean vivir en el futuro. Sin embargo, Her fue una de las pocas películas que se atrevió a romper ese consenso acerca de cómo pinta el futuro. Tejidos orgánicos, luces cálidas, atmósferas amabes y humanas… De todo esto habla esta pieza, ya antigua pero no por ello irrelevante, de Kaptain Kristian:
Fin
La ficción proyecta imagenes de futuros posibles. La arquitectura y el diseño pavimentan la ruta hacia los más deseables, con sus espacios, sus prendas, sus artefactos y sus pantallas. Entender esa relación es de lo que más me estimula últimamente. ¿Quizás una jornada dedicada a ello, en el Instituto Tramontana, en primavera? ¿Te apuntarías?
Al meu país la pluja no sap ploure, o plou poc o plou massa. Si plou poc es la sequera, si plou massa és un desastre. Qui portarà la pluja a escola? Qui li dirà com s’ha de ploure?
Raimon
En menos de una semana me ha llegado lo de la teoría conspirativa a través de ti y de Clever Podcast: https://www.cleverpodcast.com/clever-confidential/olivetti-computer-programma-101
> ¿Quizás una jornada dedicada a ello, en el Instituto Tramontana, en primavera? ¿Te apuntarías?
Shut up and take my money!