Una realidad distinta
Lo he leído en algún lado que no recuerdo pero no puedo quitármelo de la cabeza:
Los colores son los sentimientos de la luz
Salgo de una reunión para uno de los proyectos más ambiciosos que se puede plantear una escuela que aspire a lo que aspira el Instituto. Cruzo el portal y al salir siento que la brisa ya no es brisa sino aire frío y echo de menos algo de abrigo. Eso y el vértigo. Si damos el paso adelante que nos plantean, esto ya no consiste en crear un espacio físico de conocimiento, un lugar al que la gente viene a mejorar, sino que se torna en un proyecto de cambio.
Deja de hablar de ello y demuéstralo, Javier.
No me lo han dicho, pero yo he sabido leerlo. Va a tocar armarse fuerte, reclutar a los mejores y moldear bien este propósito que se nos pone por delante.
Cuando la Escuela de Ulm se propuso recuperar la economía alemana mediante el diseño tuvo primero que hacer un ejercicio de análisis y después otro de rediseño de oferta. Alemania salía de la Segunda Guerra Mundial destruida. Había que volver a elevar su economía, sus servicios y su industria. El objetivo era parecido al de años atrás, cuando la Bauhaus configuró la relación entre la concepción de productos y el mercado; pero en este caso mucho había cambiado. El contexto psicológico, sociológico y cultural de las personas había cambiado tras el golpe que supuso descubrir la realidad terrorífica del III Reich. La economía había cambiado y estaba en una falsa nube causada por la morfina del Plan Marshall, pero en pocos años tendría que volver a ser autosuficiente. También los medios de producción eran distintos: la ciencia, en parte producto de los desarrollos bélicos, permitía producir de forma más optimizada y también crear productos mucho más complejos. Y la realidad cultural ofrecía una idea de futuro diferente, que pedía nuevos materiales, nuevas estéticas y prometía otro tipo de bienestar.
Una realidad distinta requería de una forma de entender, practicar y enseñar el diseño distinta.
Los temarios de la Hoschule für Gestaltung de Ulm lo cambiaron todo: de estudiar materiales se pasó a estudiar psicología y sociología, de estudiar teoría del color se pasó a estudiar economía y comunicación. De la maquetación y la tipografía se pasó a estudiar teoría de las ideas y cine.
Hoy las necesidades de las personas son las mismas que hace cincuenta o cien años, pero todo lo demás ha cambiado de nuevo. Desarrollamos tecnología muchas escalas por encima de lo que existía hace diez años, y medimos —porque podemos— absolutamente todo lo que ocurre alrededor de su uso, mientras se nos llena la boca hablando de data, de métricas, de ratios… El estadístico de hace diez años es ahora el científico de datos. El reloj que antes medía la hora ahora mide hasta nuestros patrones de sueño. Y los coteja con los de millones de personas en el resto del globo. Porque podemos.
Y en este mar de estadísticas, de tecnología, de realidades data driven, tenemos la osadía de decir que hacemos tecnología más humana.
No, la ingeniería no es lo que nos hace humanos. Eso lo practican las nutrias, los castores y cualquier golondrina que se hace el nido todas las primaveras bajo la cornisa de tu casa.
Lo que nos hace humanos es la búsqueda de sentidos, el conmovernos ante lo sublime, la copa de vino y la persecución de la belleza que, pareciendo inútil a los utilitaristas es, sin embargo, de una incuestionable necesidad espiritual.
Más tecnología demanda más humanidad. Es la única forma de mantener el equilibrio.
Vuelvo corriendo al estudio para poner en orden pensamientos respecto a ese gran proyecto, a escribirlos antes de que se desvanezcan. Me viene a la memoria un precioso poemario que me ha recomendado Óscar Mangas, en el que Dulce María Loynaz se personifica en una casa. Este es, quizás, el pasaje más conmovedor:
Me siento ya una casa enferma,
una casa leprosa.
Es necesario que alguien venga
a recoger los mangos que se caen
en el patio y se pierden
sin que nadie les tiente la dulzura.
Es necesario que alguien venga
a cerrar la ventana
del comedor, que se ha quedado abierta,
y anoche entraron los murciélagos...
Es necesario que alguien venga
a ordenar, a gritar, a cualquier cosa.
Una vez se diluye la impregnación de ese sentir, pienso en la abrumadora belleza de esa metáfora. Y tras eso en la maestría creativa de contar lo arquitectónico en primera persona, como si la casa fuera un personaje de Pixar con el que cualquier niño podría llorar.
Y si entendiesemos así, y si probásemos a hacer esos ejercicios de cambio de perspectiva, de repersonalización, en los artefactos y espacios digitales que creamos.
Se me hace de noche en el Instituto y apuro el whisky que me he servido mientras transcribo ideas. En la mesa, al lado del vaso de Nikka, descansa un libro que acabo de comprar. Ahora recuerdo: lo he abierto por una página al azar y lo primero que he leído, lo primero que me ha dicho ha sido:
Los colores son los sentimientos de la luz.