Un minuto y cien años.
La tienda quedaba a apenas dos minutos de la facultad de Ciencias Políticas, a uno del liliputiano estudio que tenía alquilado para mi primer año de carrera en Granada. Cuando fui había cola —todos los años a principio de curso la había— pero aquel señor nos despachaba a toda velocidad: en menos de un minuto teníamos que elegir color del cuero, elegir estilo de hebilla y dejarnos medir la cintura. Unos minutos después, tras quinientas pesetas, me entregaba un cinturón perfectamente construido, con el cuero bien cortado y los orificios necesarios para seguir usándolo si engordaba o adelgazaba dentro de lo razonable.

Han pasado casi treinta años. El cinturón está gastado, la hebilla ha perdido el esmalte y el cuero la forma. Pero no se ha roto. Y por eso, precisamente por eso, no he dejado de ponérmelo ni una sola semana desde 1995.
Leo por segunda vez la entrevista que Cebreiros le hizo a mi amigo y socio Alfonso Gutiérrez. Habla de crear una empresa que dure cien años, de jubilarte junto a tus compañeros, de contratar a alguien pensando en los siguientes treinta años y de cómo, cuando operas con esa mentalidad, tu manera de decidir cambia. Me evoca el matrimonio: si decides que te quieres morir al lado de alguien, todos los conflictos deben resolverse, todas las decisiones deben tener sentido en el largo plazo. No rompes tu matrimonio por un mal día y no lo pones en riesgo por un capricho. Alfonso habla de relaciones laborales en las que hay hueco para años sabáticos, para formación, para cambiar de ‘empleo’ sin cambiar de empresa.

Alfonso dice algo que no me quito de la cabeza: En cien años ya no estaremos vivos, con lo que obligatoriamente tiene que haber alguien que lo continúe.
La idea es poderosa. Al leerla uno deduce una premisa previa y una consecuencia. La premisa es que para pensar en una empresa de 100 años tienes que buscar crear algo grande, algo importante. Y la consecuencia de esa decisión es que todas tus acciones deben tomarse mirando al futuro y no sólo al presente.
Hoy, mi admirado Máximo escribe sobre el origen del diseño; le leo terminando una taza de café y decido hacerme otra para releer y procesar bien su idea: El diseño es un invento mediterráneo (como la civilización occidental, Máximo).
Creo que sugiere lo siguiente: entender y ejercer el diseño en el marco del capitalismo nos aleja de la trascendencia: Así que como no le echemos imaginación, nunca tendremos nuestro Barroco, dice, dejando caer el micro.
Me vienen a la cabeza las startups de moda que, pletóricas e hinchadas de dinero, contratan a golpe de billetera, formando equipos sobredimensionados. A los dos años, cuando la financiación se esté agotando y el proyecto haya perdido la molonidad inicial, la gente se empezará a ir, buscando la siguiente ola que le de otro empujón a su linkedin y a su bruto anual. En seis años todo se habrá apagado, bien por adquisición o extinción, como ola que rompe o se deshace en la orilla.
¿Es posible crear la trascendencia de la que hablan Máximo o Alfonso con esos tiempos, esos motivos o esos compromisos?
No hay nada de malo en surfear empleos en lugar de casarse con un proyecto para siempre, en vivir nómada en lugar de construir una casa, en escribir tuits en lugar de un libro o en tener gatos en lugar de crear una familia. Diría que son complementarias y que es más una cuestión de momento vital que otra cosa. Sin embargo, en unas hay trascendencia y en las otras no. Las unas sirven a uno mismo, las otras, conteniendo lo primero, dejan algo para la posteridad, que es la manera de referirnos a la vez a los demás y al futuro.
Hace dos años pasé varios meses difíciles, en los que parecía que todo se desmoronaba a mi alrededor. Cuando todo empezó a recomponerse, escribí a Terrés disculpando mi silencio en aquel periodo. Ayer, releyendo la conversación, me topé con esta frase: El puto Land Rover es lo único que no ha fallado estos días.
Las cosas duraderas —un Land Rover, un cinturón de cuero, un matrimonio, un libro o una empresa de 100 años— tienen una doble naturaleza hermosa: quienes las crean, buscan hacer algo que les trascienda. Y de vuelta, ellas en su existencia, nos recuerdan a nosotros eso mismo: lo importante de actuar pensando más allá de mi yo y mi ahora. Lo duradero conecta objeto, idea y creador en el tiempo.
La próxima vez que visite Granada, pasearé hasta la calle Tablas junto a mi hijo mayor. Entraremos en Marfil Piel y preguntaré por aquel señor. Me atenderá alguien de su familia, me dirán que se jubiló y falleció hace unos años. Hablaremos de los cinturones a medida y les enseñaré el mío. Sonreiremos y le diré a mi hijo: Javi, tienes un minuto.