Tras la puerta izquierda
Están siendo semanas intensas, con muchos, muchísimos frentes abiertos a la vez, todos bonitos, a los que les podría dedicar todo mi tiempo porque me gustan, y sin embargo no puedo. Ya sabes, la frustración de no poder con todo, de ser cuello de botella para otros, de pensar mucho más de lo que puedes hacer.
El sábado necesitaba desconectar y me marché a ver la obra del refugio, que aunque va viento en popa, esa semana no había avanzado lo esperado. En vista de que no había mucho que fotografiar ahí, decidí sentarme en un bloque de hormigón a terminar de leer un libro y luego, cuando empezó a dorarse la luz, me di un paseo con la cámara. De entre todas las fotos que hice, me gusta esta, que resume sin color, las texturas y luz del valle que se abre al sur del refugio:

La carta de ayer hablaba precisamente de la vuelta del refugio, de ese atravesar el campo y sentir sensaciones especiales. Llevo ya bastante tiempo, en complicidad con Máximo Gavete, dándole vueltas a la idea de lo sublime, a sus muchas formas y caminos. Este verano ha sido de mucho leer, peloteando títulos con él, en la distancia: que si Burke, que si Longino o Trías, que si Kant o D’Ors…
Todas esas vueltas alrededor de la idea de lo sublime, seguían el siguiente razonamiento, que te comparto muy simplificado:
I
Lo sublime es lo que hay más allá de la belleza clásica, es una sensación buena, placentera, embargadora y espiritual. Además es universal.
II
Aunque lo sublime existe de forma nativa en la naturaleza, el ser humano es capaz de crear experiencias sublimes: en la música, en la pintura, en el cine…
III
No todas esas experiencias son narrativas ni todas son sensoriales, pero todas apelan y evocan de una u otra forma. Todas provocan una chispa que nos incendia emocionalmente.
IV
¿Son todas las disciplinas creadoras capaces de provocar lo sublime?
V
¿Podemos descomponer lo sublime para entender sus códigos?
Lo cuál nos lleva a la pregunta clave; en caso de que la respuesta sea afirmativa...
VI
¿Podemos crear experiencias sublimes desde lo digital? ¿Existen esas experiencias ya? Y si es así, ¿Cómo se han logrado?
Máximo y yo nos hemos guardado de respondernos. Juntos decidimos armar un encuentro con gente que haya pensado lo sublime (unos) y que lo haya creado (otros). Y en eso estamos. Por el camino hemos liado a Jesús Terrés y estamos ultimando un evento que va a unir a personas de altísima talla en la filosofía, la musicología, los videojuegos, la creatividad y la gastronomía, para juntos hacernos esas preguntas y tratar de responderlas. Será en diciembre y sólo nos falta cuadrar dos detalles para poder anunciarlo.
Mi satisfacción, sin embargo, no está en el elenco de participantes, que es tremendo. Está en las personas que logremos que estén en la audiencia. Porque lo que nos mueve, por encima de todo, es que se hable de estas cosas. Que en los círculos creadores de productos y servicios no se hable sólo de métricas, lo monetizable, crecimiento exponencial y utilitas. Lo que nos hace mejores como humanos está precisamente en buscar esas experiencias que no valiendo para nada, lo son todo. Como dice Ordine, es inútil pero sin ello no podríamos vivir. O hablamos de eso, o seremos insignificantes.
Estoy como un perrito nervioso que da saltos y vueltas sobre sí mismo de las ganas que tengo de poder contar más. Será pronto, lo prometo.
Decía que eran muchos frentes y todos bonitos. Hoy se ha abierto otro más. Mejor dicho, se ha abierto la puerta del Instituto como doce veces a doce entregas de sillas, sofás, mesas y estanterías. Y entre todas ellas, la reina:
Tú no puedes verlo, pero te lo digo yo: tras la puerta izquierda hay ya una botella de Nikka Taketsuru esperando a que se acomoden los libros en la madera. En ese momento me serviré un vaso y brindaré en silencio por la inauguración de mi, tu, nuestra biblioteca.