Silos y carpintería
José Ramón Hernández se queja en su último post de esa tendencia actual a “decorar” los silos de grano rurales con grafittis de gran formato. Cita un texto de Antonio Esteban Hernando en el que dice de ellos:
Hoy he visto uno de los silos manchegos "decorados" por artistas urbanos. Lo que me temía. No tengo nada en contra de estos artistas, pero eso de convertir estos magníficos edificios en "lienzos" me produce vergüenza ajena. Demuestran una incultura y una falta de sensibilidad y de respeto por el patrimonio realmente lamentable. Y lo peor de todo es que lo quieren vender como iniciativa cultural e integradora.
Qué pena, cómo duele ver estos gigantes desprovistos de la nobleza de su arquitectura que es digna y sobradamente expresiva por su rigor, sencillez, austeridad y potencia plástica. Los han rebajado a la categoría de trapo pintable, de gran camiseta decorada a mano.
Los silos de la España rural son un ejemplo precioso de la arquitectura racionalista de los años 40. Cualquiera que se haya cruzado Castilla por carreteras secundarias —si no lo has hecho te lo recomiendo precisamente ahora que el campo está dorado y el cielo amenazante— habrá disfrutado como yo de esa cualidad especial entre majestuosos y solitarios.
Víctor Quintana, un fotógrafo al que sigo y admiro, les ha dedicado un proyecto muy interesante llamado Trigo. En la documentación del proyecto explica que:
La Red Nacional de Silos, impulsada en su origen por el Servicio Nacional del Trigo (fundado en 1936 durante la Guerra Civil Española) fue un proyecto desarrollado a partir de 1940 que pretendía dotar a las zonas agrícolas españolas de una serie de almacenes de cereal (silos y graneros).

(la foto es parte del proyecto de Quintana)
En otras palabras, tenemos una red maravillosa de edificios funcionalistas esparcidos por todo el territorio y hay quien, en un afán de parecer moderno, de querer llevar la molonidad a lo rural, ha querido "recuperarlos" pintándolos de colores, creyendo que el problema de la España vacía así se arreglaba, o peor aún, se disimulaba con ropa moderna, causando un ridículo efecto “abuela rapera”.
¿No te recuerda esto a algo? ¿No hacemos todos lo mismo cuando —cas siempre involuntaria, o al menos inconscientemente— copiamos las formas, el habla y las estéticas de Silicon Valley por una mezcla de inercia, vagueza y deseo de asociación?
Hay una especie de vergüenza en esa actitud, como cuando se pone tarima mala (o peor, sintasol) sobre el suelo de la casa de los abuelos, para que parezca más moderna. Pero como en el caso de los silos, la gravedad de ese vicio no está en el disfraz, no es sólo estética. La gravedad, a mi entender, es que la capa que creamos oculta el valor de lo bueno que hay debajo, que las maneras, las riquezas de los propio —sean los silos castellanos, los hábitos mediterráneos o el suelo de barro cocido— se cubren para ya no poder verse.
A menudo oigo eso de que “es que en español no hay una buena palabra para expresar X” y pienso que es verdad, no la hay. Pero el problema no está en la palabra sino el el concepto, en que adoptemos "X" en lugar de "Y", que nos es propia y tiene un matiz distinto, una riqueza especial de la que carece "X". Adoptando "X", pintamos el silo, ocultamos "Y" y la sacamos de nuestro cajón de cosas posibles.
Las formas, las palabras y las estéticas nos sirven para presentar ideas, categorías, maneras de ver el mundo. Cada cultura/idioma tiene más recursos para aquello que la hace especial, igual que cada oficio tiene sus herramientas. No se hace buena carpintería con las utensilios de un fontanero.
En la charla que di el día de la inauguración del Instituto Tramontana hablaba de esto con un ejercicio de ficción: me preguntaba qué clase de productos, o de funcionalidades, tendría la tecnología de Apple o Google si fuesen empresas sicilianas, marsellesas o valencianas, si su gente se hubiese criado en un entorno de cultura y valores mediterráneos. Te pido por favor que los imagines ¿Puedes?
La respuesta que se me ocurre a mi —y seguro que a ti también— es productos muy distintos, que en lugar de promover monitorización de absolutamente todo, productividad e inmersión en contenidos que nos aíslan de la realidad, promoverían otra idea de la salud, otra idea de lo social y del ocio y, desde luego, otra manera de relacionarnos con la gente querida. Precisamente para esos hipotéticos productos tenemos las mejores herramientas; esa es nuestra carpintería, nuestra "Y".