Silencios
Están siendo días de mucho ajetreo: entrevistas para el programa de Diseño de Interacción, el viejo estudio patas arriba con todo preparado para la mudanza, la vuelta al cole de mi hijo y en general el retorno ruidoso de la rutina, que llega como queriendo dejar claro que está ahí y que ahora manda ella con su calendario lleno de cosas.
Calculo que han pasado diez días desde la última vez que me senté a leer con tranquilidad y ganas. Y me empieza a pesar. Septiembre ha entrado como elefante en cacharrería, de forma casi arrogante y ha puesto en actividad máxima o interinidad todos los lugares que habito.
Me están faltando silencios.
Silencio para bajar de revoluciones, oxigenar el cerebro y recuperar la respiración. Silencio para pensar y que mi cerebro permee de nuevo.
Acabo de comprarme “Historia del Silencio” de Alain Corbin, editado por Acantilado —la editorial que compraré cuando sea millonario— y leo esto en un fragmento descargable:
Hay lugares de privilegio donde el silencio impone una sutil omnipresencia, lugares en los que podemos escuchar- lo de manera especial, lugares donde, con frecuencia, el si- lencio aparece como un ruido delicado, leve, continuo y anónimo; lugares a los que se aplica el consejo de Valéry: «Escucha ese fino ruido que es continuo y que es el silencio. Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír»; ese ruido «lo abarca todo, esa arena del silencio... Nada más. Esa nada es inmensa al oído».
Asocio mucho el silencio a la luz. Diferentes tipos de luz provocan diferentes tipos de silencio. Suena bastante sinestésico, lo sé.
El caso es que la mejor luz del Instituto, la más bonita y tranquila es la de la que será la biblioteca. Ese espero que sea el lugar de mejor silencio para quienes quieran usarla, para pensar o leer, para contemplar. Quizás ese uso, esa utilitas sea en si mismo delectus, ¿Verdad?
Ayer compramos un mueble librería para ese espacio. Podría hablar tres páginas seguidas de por qué es ese mueble y no otro, por qué madera de verdad y no contrachapado o por qué una librería de hace sesenta años y no una de hace sesenta días.

Me gusta pensar en algún compañero o compañera del sector, algún participante en los programas, subiendo un jueves por la mañana al Instituto porque necesita desconexión y silencio:
— Buenos días, voy a usar la biblioteca ¿Puedo?
— Claro, pasa. Avisa si te apetece un café.
Así, sin preguntas ni trámites ni conversación innecesaria, como quien atiende una urgencia espiritual.
Quizás haya otra persona dentro, sentada en algún sillón. En ese caso bastará un cruce de miradas para saludar discretamente, en complicidad y respeto por esa necesidad que tenemos todos a veces de silencio.