Scriptum
Escribir es viajar en el tiempo, la interfaz más antigua de la historia. Y sin embargo...
Aquí tienes la versión en podcast de esta entrega, aderezada con sonidos, música y fragmentos de otras fuentes en las que me apoyo.
Si lo prefieres, por prisa o porque no tienes posibilidad de escuchar el podcast, aquí te dejo la transcripción:
Transcripción (más sosa)
Emails, tarjetas de crédito, textos… Cualquier cosa que queda registrada, habla directamente al futuro.
La escritura. Una máquina del tiempo inventada hace cinco mil años en Mesopotamia, capaz de comunicarnos con miles de personas que vivieron antes que nosotros. Pero también de lanzar nuestras ideas y pensamientos hacia adelante y que las lean quienes vivan después que nosotros.
Un texto es un mensaje disparado hacia el futuro: días, años, siglos, milenios…
Escribir es decidir qué queremos que se recuerde, qué ideas merecen trascender.
La voz ocupa el espacio, la escritura el tiempo.
Lo sonoro, lo hablado —lo dice McLuhan— es dueño del instante. Lo escrito, tiñe el presente e impregnará el futuro.
Los primeros registros que tenemos de lenguaje escrito son de Mesopotamia, datados en el 3400 AC. Muescas en una tabla de arcilla para que quede constancia compartida de cómo repartir comida y salarios entre trabajadores.
Escribir es plasmar un evento o una idea y ponerla en común hacia el futuro. Sin escritura no hay ley, sin escritura no hay historia, sin escritura no hay autoría. Sin acuerdo escrito sólo hay brutalidad, con él civilización.
Escribir es pervivir.
La escritura es la tecnología más importante que ha creado el ser humano. Es la que nos define, la que nos hace trascender: como personas, como pueblos y como especie.
La imprenta se inventa alrededor de 1440 y la máquina de escribir en 1864. En 1870, hace 140 años, Christopher Latham Sholes idea el teclado Qwerty. El mismo que has usado tú mismo hace unos minutos.
Ocupa la mitad de la pantalla de tu móvil, la mitad de la superficie de tu ordenador portátil. De hecho, condiciona su forma. Por cada click o cada tap que haces con el ratón o con el dedo, golpeas el teclado cientos de veces. Un invento de hace 140 años es la interfaz que más usamos hoy en día. Con diferencia.
En 1971 se inventa el correo electrónico. En 1991 la World wide web se abre al uso público. En 2007 Steve Jobs presenta el iPhone.
Todos nuestros dispositivos tienen cámaras, micrófonos y pantallas, capaces de reproducir millones de colores y sonidos, y sin embargo… Nunca antes habíamos escrito tanto, tantas palabras, tantas letras.
A nuestros padres, a nuestros compañeros, a nuestros clientes y amigos. Al mecánico o la profesora, a nuestras parejas, nuestros hijos, a nosotros mismos…
En los cinco mil quinientos años que van de Mesopotamia a Silicon Valley no hemos conseguido mejorar la escritura, sólo acelerar la forma en que se crea y se comparte.
Al contrario que la música, donde cada instrumento expresa y manda un mensaje en armonía con los demás, en la escritura tenemos una sola pista. Una letra tras otra, una palabra tras otra… Todas las emociones, todo el humor, todo el contexto y los dobles significados, van codificados en ese único canal de sujeto y predicado, de causa y consecuencia, de antes y después.
Cuando piensas, tu mente siente, recuerda, percibe, imagina, analiza… Todo ocurre a la vez en tu cerebro en una complejidad infinita y hermosa. Pero al hablar —y más al escribir— esa complejidad, esa amalgama colorida se aplana y se ordena. Todos los pensamientos en fila de a uno, uno tras otro. Nuestro cerebro es capaz de crear catedrales de color, forma, símbolo y tiempo, pero nuestro lenguaje lo reduce todo a una secuencia de ladrillos. La computadora más potente del universo, conectada a otras mediante un triste módem de pocos kilobytes.
En Arrival, la Doctora Louise Banks descubre algo fascinante: los extraterrestres nos están haciendo un regalo: un idioma con una nueva grafía que modifica nuestra manera de entender lo temporal. La escritura heptápoda redefine la relación entre pasado y futuro, entre causa y consecuencia.
En la novela original, Ted Chiang siembra varias dudas: ¿Es la escritura lineal, causal y lógica, la única manera de comunicarnos? ¿Es nuestro mundo como es precisamente porque lo hemos descrito e imaginado con el lenguaje y la escritura que tenemos? ¿Cómo sería la humanidad si fuese capaz de registrar pensamientos de una manera superior, con una escritura que nos permitiese contar más, con más ancho de banda? Y si lograsemos eso… ¿Seguiríamos siendo humanos?
En cinco mil quinientos años hemos mejorado la forma en que la escritura se crea y se comparte, pero no su esencia ni su capacidad.
Y míranos, ni siquiera nos preocupamos por mejorar nuestra técnica, por estirar, aunque sea un poquito, ese minúsculo ancho de banda de lo que podemos contar cuando escribimos.
Escribimos para lograr acuerdos, para describir realidades, para persuadir a clientes y para seducir a quien nos gusta. Escribimos para advertir, para evocar, para expresar alegría y dolor, para que otros sientan o recuerden lo que nosotros.
Aprendemos a escribir en los primeros cinco años de nuestra vida y dejamos de aprender a los quince o los dieciséis. Y justo a partir de ese momento (la universidad, el entorno laboral, la familia…) es cuando más necesitaremos saber escribir. Pero apenas nos esforzaremos en ello.
Hoy podemos convertir de forma instantánea nuestra voz y nuestra caligrafía en texto normalizado. Y podemos ver ese texto en infinidad de soportes además del papel tradicional. Pero el código no ha cambiado aún, la interfaz permanece: apenas una treintena de grafos que se corresponden con sonidos que forman significados. Puede que el teclado qwerty muera antes de que termine este siglo, pero no morirá la escritura.
Jaime tiene tres años y está empezando a leer y escribir. La J, la A, la I… Los ojos le resplandecen cada vez que reconoce una letra. Las reproduce con trazo torpe. Y sonrie. Aún no sabe que dominar mínimamente esa tecnología le llevará, como mínimo, diez años más.
Nunca hemos estado tan conectados con tanta gente, nunca hemos intercambiado tanta información con tanta frecuencia. Nuestra supervivencia, nuestro éxito y nuestra felicidad dependen, más que nunca en la historia, de lo que escribimos y cómo lo escribimos.
Con la escritura existimos en el tiempo, porque al leer hablamos con el pasado y al escribirhablamos hacia el futuro.
Escribir. Dominar la interfaz más antigua de la historia. No se me ocurre asignatura más importante para quienes mediamos entre tecnología y personas.