Hace sol. Veo cómo los rayos, cargados de partículas de polvo, entran en la cueva, mientras trepo los últimos metros, cuesta arriba, con cuidado de no resbalar.
Noto la brisa entrando en mis pulmones. Me miro los brazos, en busca de arañazos, pero nada, no he sentido dolor. Los golpes de aire venían esta vez de frente, pero los he soportado bien. Tampoco me han venido esos recuerdos angustiantes, ¿sería porque los AirPods suprimían el sonido? Ya puedo quitármelos.
El calor acaricia mi piel húmeda, secándola en segundos, dejo que me conforte mientras permanezco sentado en el suelo, escuchando el ruido de las chicharras. Huele y suena a verano.
Ha sido más sencillo de lo que esperaba; deshacer las cosas siempre lo es. Qué alivio.
Bajo, primero entre matorrales y después por un camino pedregoso y empinado, con cuidado de no pisar algún canto y acabar en el suelo.
Ya veo la carretera. Y la rotonda. Ahí estaba la Guardia Civil anoche. O hace un mes, o hace unas horas. No lo sé. Tampoco sé qué hora es, aunque por la posición del sol parecen las nueve o las diez de la mañana.
Las duchas de la gasolinera huelen a limpio. Y el jabón vuelve a estar en su sitio. Me doy un agua rápida y salgo a secarme al exterior. Miro hacia el sol y cierro los ojos. Puedo verlo, rojo, tras mis párpados. Siento cómo evapora cada gota de mi piel. Noto el olor a campo, a tierra seca y a madera, mezclándose con alguna bocanada de gasolina. Me da paz.
Son las 9:40, lo veo en el luminoso de la gasolinera, junto a los precios: Diesel e-Plus, Efitec… Los nombres me aportan una familiaridad extraña, como si volviese de un largo viaje al extranjero.
— ¿Lo mismo de ayer, café con leche y sobao?
— Sí. El café con leche, con hielo.
— Marchando. ¿Qué tal en la feria anoche?
Le respondo que la noche estuvo entretenida, sonriéndole. Hoy me cae mejor. Además, no hay tatuajes en sus brazos.
Don Antonio entra a su despacho. Me saluda sonriente: “¡Qué pasa, Carlitos! ¿Traes resaca?”. Me encarga limpiar los contenedores de basura de toda el área de servicio en el lavadero de coches, “Con eso tienes para todo el día”. Pienso en preguntarle sobre su hijo, pero me corto. Si el hombre no habla de ello es por algo. Algunas personas deciden llevar su cruz en silencio.
Me asomo a la cocina para saludar a las señoras. Les pregunto si se quedaron hasta muy tarde, haciendo tiempo mientras mi mirada lo escanea todo buscando a Flor. No la veo, maldita sea.
— Eh, usted, Don Carlos, ¡qué hace fisgando en la cocina! —¡Es ella, acaba de llegar! Bromea, mientras de acerca por el pasillo.
Entra a la cocina pasando muy cerca mío, intencionadamente. Sonríe mientras me mira a los ojos. Un cosquilleo recorre todo mi sistema nervioso, lo noto en el pecho, en las piernas, en los brazos y las manos.
Las señoras de la cocina repiten “don Carlos, don Carlos” entre risitas y miradas cómplices.
La manguera del lavadero expulsa agua a presión con violencia. La mugre se despega y chorrea hacia el desagüe, devolviéndoles el verde y el azul originales. Son dos docenas de contenedores. Me entrego a ellos como si cada uno fuese una faceta de mi vida, una que necesita enjabonar y aclarar a presión. Inclino los contenedores para encontrar la suciedad que se esconde en las esquinas. En mi vida, las esquinas han acumulado demasiado. Los golpes y los raspones no se irán, pero los estoy dejando bien limpios. Me serena ver cómo todo se va por el desagüe.
— ¿Cuánto me cobras por lavarme la moto?
Es Flor, me trae una Coca-Cola y un bocadillo de jamón del bueno; aquí no conocen otra cosa. La encañono con la manguera a presión, haciendo el gesto de ir a disparar.
— ¡Venga, Carlos! ¿Qué tienes, once años?
Se despide proponiéndome tomar una cerveza al final de la tarde “en una terracita de por aquí”. Mientras se va, el sol crea un pequeño arcoíris en las partículas de agua en suspensión. ¿Es una señal? Es cursi pensarlo, pero me gusta.
Me paso la siguiente hora reproduciendo su voz en mi memoria, ese seseo, “onse anios”, “terrasita”, y esa incapacidad de pronunciar la eñe dura.
Paro para comer. Me siento en una mesa apartada, la misma en la que estaba cuando no funcionaron las tarjetas. Ese día llovía a mares, hoy hace un sol espléndido.
— ¿Qué te pongo, Carlos? Don Antonio dice que pidas lo que quieras de la carta, pero que mañana ya comes con el equipo.
Por un momento dudo de si me están quitando beneficios. Me doy cuenta al instante de que es al revés, me quieren con ellos. Sonrío, pido salmorejo y secreto ibérico. El camarero me sonríe, dando a entender que he elegido bien.
La palabra “secreto” me devuelve al momento del otro lado de la cueva, un mes en el futuro. ¿Me creerían si lo contase? Hace unas horas, en el futuro, el cristal que tengo al lado estaba empañado y afuera hacía frío. Ahora entra el sol, calienta la mesa y el mantel de papel que tengo delante. Debería haber traído un periódico conmigo, al volver del otro lado. Noticias, números de lotería, todo eso me daría una ventaja sobre el presente, me daría un poder. ¿Merecería la pena?
¿Dónde estaría la Flor de dentro de un mes, la que se había ido de Santa Olalla? Me doy cuenta de que, en realidad, esa Flor que se marcha no es otra, sino esta, dentro de unos días. Lo que sea que ocurrirá dentro de dos semanas, se está gestando ya. Siento presión en el pecho al pensarlo.
Vuelvo al trabajo. Me muevo rápido, como si mi velocidad pudiera acelerar el tiempo, acercar la tarde , esa cerveza con ella, en esa terraza que no sé cuál es. ¿Tendrá este encuentro que ver con su huida? ¿Lo habré provocado yo mismo hoy? ¿O quizás se fue por mi ausencia?
No me lo quito de la cabeza: todo lo que hago y digo, todo lo que está pasando a mi alrededor, puede determinar los siguientes acontecimientos. También las palabras que elija decirle a Flor. La idea me da miedo y determinación a partes iguales.
Un coche entra a la gasolinera. El conductor vacila y decide tomar el tercer carril de surtidores. ¿Qué pasaría si hubiese elegido el otro? Del coche se baja una mujer mayor, sale de la gasolinera con una botella de agua ¿Y si en lugar de agua, hubiese elegido un refresco? ¿Habría desencadenado eso otra conversación en el coche, otras decisiones al llegar a su destino? ¿Otras personas, expuestas a ella, habrían tenido pensamientos diferentes y habrían actuado de otra forma por eso?
Miro a mi alrededor. Toda el área de servicio de Santa Olalla es una gran mesa de billar con cientos de bolas chocando en carambolas infinitas.
Me pregunto qué decisiones llevaron a Mercedes a liarse con Marcos Master, o cuáles hicieron que yo cogiese su móvil por error, hace unos días. Quizás haya un plan ya trazado, quizás esos sean sólo fotogramas de una película que ya está grabada. Si eso es así, la cueva es una anomalía, como un pliegue mal hecho en esta bobina de cine que es la vida. Y en esa cinta, Flor se va en dos semanas, no puedo hacer nada por evitarlo. Sólo puedo disfrutar el momento.
— Carlos, Antonio ha dejado un sobre para ti.
Lo abro. Otros cien euros. Queda un rato hasta las siete, la hora a lq que sale Flor. Aprovecho y voy al supermercado a comprar algo para desayunar mañana y ropa de abrigo, por si refresca por la noche. No hay mucha variedad, sólo ropa para cazadores, pero es económica y parece de buena calidad. Compro dos pares de calcetines y una especie de saco de dormir que se abre, convirtiéndose en una especie de toldo.
Salgo del supermercado y me quedo mirando al atardecer. Los días se acortan, el sol ya se acerca al horizonte.
— Eh, chaval, ¿me lavaste la moto?
Ahí está ella. Vuelvo a sentir la misma descarga de electricidad por el cuerpo, como cuando de pequeño chupaba una pila de 9 voltios, pero sin el calambre de la lengua. Quiero seguirle la broma pero no se me ocurre nada ingenioso.
— ¡Hola! ¿A qué terraza me vas a llevar?
Me pide que la siga a la parte trasera de la gasolinera, al lado de las duchas. Saca un llavero cargado de llaves y abre una puerta metálica pintada de blanco. Subimos por una escalera de cemento estrecha y Flor abre una trampilla.
— ¡Tachaaaan! Bienvenido al mirador de Santa Olalla, reservado para gente VIP.
Apenas nos hemos elevado unos diez metros sobre el suelo, pero podemos ver toda el área de servicio y el valle que encauza la autovía hacia el sur, camino de Sevilla. El sol se está poniendo y los coches parecen ya pequeñas guirnaldas. A nuestra espalda hay unos paneles solares y dos o tres antenas de comunicaciones. Más allá, en dirección norte, el monte se ve dorado por los rayos de sol.
— Flor, este sitio es maravilloso. ¿Vienes a menudo?
— Lo descubrí un día que vino un técnico a arreglar una antena y tuve que abrirle. Desde entonces, soy la guardiana de la azotea. Vengo algunas veces a relajarme, eres la primera persona con quien subo.
— Quitando a los técnicos, quieres decir. —le respondo en tono de burla, aparentando celos.
— Me has pillado, es mi nido de amor secreto.
Sonrío por compromiso pero la broma no me ha gustado, me ha recordado la traición de Mercedes. Creo que lo ha notado.
— ¡Carlos, es broma! ¿Te ha molestado?
— Ya, ya sé que es broma. Es sólo que me ha traído un mal recuerdo.
— Vaya, lo siento. Algo arrastras, se nota, pero no te he querido preguntar. Nadie lo ha hecho. Antonio dice siempre que cada uno tiene su sombra y que hay que respetar y no preguntar si el otro no quiere.
— Gracias, Flor. Sí, algo arrastro. Digamos que he roto con todo y he decidido empezar de nuevo, sin pasado ni futuro.
— Eso suena triste.
— No lo es, créeme, es un alivio, como si me hubiese liberado. ¿Y tú?
El sol nos da de frente, ya débil, y sus ojos muestran un color miel profundo. Aún fatigada, me parece preciosa.
— Yo tenía una sombra, pero la dejé en mi país, en Rumanía, hace dos años. Ahora tengo una luz, y si Dios quiere, un futuro. He trabajado muy duro para conseguirlo.
La miro y levanto las cejas, dando a entender que espero que siga contándome.
— Prefiero no contarte más, al menos por ahora. Da mala suerte.
— No creo que el futuro sea una cuestión de suerte, pero es tu vida y me parece bien que guardes secretos. Yo también tengo alguno.
— Seguro que guardas más. Me pareces alguien muy misterioso. Un hombre guapo, con el pelo bien cortado, que habla bien pero es pobre, que aparece de la nada, trabajando duro y durmiendo en el campo… Perdona, pero algo no cuadra.
— Es verdad, no cuadra. O sí, cuando te cuente toda la…
Me acaba de tapar la boca con su mano, dando a entender que prefiere que no siga. El contacto de su piel hace que me estremezca. Me callo, tomo su mano mientras aún cubre mi boca y la beso.
— Iba a decir que ese misterio me atrae.
El gesto la ha pillado desprevenida, también a mí, me ha salido sin pensar, pero no le he soltado la mano. Nos quedamos en silencio por unos segundos, evitando mirarnos directamente, pero queriendo hacerlo.
Sé lo que va a pasar, sé marchará pronto de aquí y esto quedará en nada. Debería lanzarme, no tengo nada que perder.
— ¿Te molesta si te beso?
— Me molesta si no lo haces —me responde riéndose para si, entrecerrando los ojos de esa forma tan suya.
Me acerco a su cara. Ella se gira para recibirme. No suelto su mano y le acaricio la mejilla, mientras la beso tan lento como puedo. Quiero detener el tiempo, absorberlo todo: la piel cálida de sus labios, su respiración entrecortada que se funde con la mía. Me acerco más, dejando que nuestros torsos se encuentren. Siento el perfume suave de su cuello y me deslizo hacia él. Inhalo despacio. Ella entrelaza sus dedos en mi pelo. Deseo, con todas mis fuerzas, que este momento dure más, repetirlo hasta el infinito.
Da un respingo y se levanta del suelo.
— ¡Tengo una idea!
Me asusto, pensando que quiere evitar el momento.
— No me voy a ir, tranquilo. Bueno, sí me voy, pero solo un momento. Espérame aquí, ahora vuelvo.
Se marcha corriendo y desaparece por la trampilla. Aparece al minuto, sonriente, con una cerveza fría en cada mano.
— Te dije que te llevaría a una terraza.
— ¡Qué maravilla, vistas espectaculares, buena compañía y ahora esto. Déjame que las pague yo, que he cobrado.
— No, no, cortesía de Repsol. —lo dice separando las sílabas, rep-sol, señalando al sol que empieza a esconderse por el horizonte.
— Qué chiste más malo, Flor.
— ¡Eh, no es un chiste! ¿No sabes que el logo de Repsol es un sol?
Miro hacia abajo y lo veo. Ahí está el logo, en tonos cálidos, como la luz que nos llega ahora. Asiento otorgándole la razón y levanto mi lata para brindar.
Bebemos despacio y charlamos, sobre el área de servicio, la gente que trabaja aquí, los camioneros… Mientras se lía un cigarrillo, me cuenta que vive en Santa Olalla, en el pueblo y que debería llegar antes de que sea de noche. Nos levantamos para marcharnos y una idea me asalta:
— Flor, ¿puedo preguntarte una cosa?
— Claro, dime.
— ¿Tu secreto es que tienes novio? ¿O marido?
Se ríe como antes, con timidez, mientras agacha la cabeza.
— No, tranquilo. No es eso. Nunca haría algo así.
— ¿Nunca tendrías novio?
— No, no —vuelve a reírse— Si tuviese novio, ni loca haría algo así.
Su respuesta me tranquiliza. Bajamos por la trampilla y, justo antes de salir, hace un gesto con la mano, como si recordase algo.
— Por cierto… me ha dicho don Antonio que duermas esta noche en el hotel, que ahora sobran habitaciones y en el campo hace frío. Ya están avisados.
Nos despedimos con timidez y falsa normalidad, conscientes de que la gente de la gasolinera puede vernos. Antes de separarnos me agarra la muñeca, me acerca a ella y me besa con rapidez.
— Te veo mañana, mister secretos.
— Y yo a ti, miss Repsol.
Acabas de leer la octava entrega de Santa Olalla ¿Te ha gustado? El capítulo 7 está aquí, por si no la has leído o quieres refrescar la memoria.
En el próximo capítulo… Uf, ni te imaginas cómo se van a complicar las cosas. Te diré que Carlos se va a encontrar… Hmmm… Que a Flor… ¡Mejor no te cuento!. Suscríbete si no lo has hecho y así lo recibes en tu buzón:
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