Apenas he podido dormir.
Parecía fácil subir a esta casa. La vi desde el parking, ruinosa, mientras vaciaba papeleras. Pensaba que tendría alguna habitación techada y así es, pero… La cubierta se está deshaciendo. El viento ha estado silbando toda la noche, colándose entre las cañas. Y las putas goteras. Estoy calado.
Se me han metido la humedad y el pesimismo dentro. Necesito una ducha caliente para que salgan.
En el área de servicio hay duchas públicas, menos mal. Lo agradecí ayer, cuando me quité de encima toda la mugre y el pestazo de la basura. Y lo agradeceré más en cuanto baje, antes de desayunar, para recuperar mi dignidad humana.
¿Estará Flor esta mañana? Ojalá. Me dormí pensando en su acento, en la forma en que pronunciaba las íes y las tes. “Florentchiina”. ¿Qué hará una chica mona como ella, trabajando en la cocina de un área de servicio de carretera? ¿Y por qué en la Extremadura profunda?
Tengo que ser discreto para entrar a las duchas. Me da vergüenza que me vea la gente que trabaja en Santa Olalla, que me vean Antonio o Flor. Tendría que contar demasiadas cosas, les daré pena, no sabrán entender. No estoy aquí por ser débil, sino porque he sido fuerte. No quiero compasión.
Primera puerta para minusválidos, segunda para mujeres, tercera para hombres… Cuarta, duchas. Escucho antes de abrir, para asegurarme de que no estén limpiando o haya alguien dentro. Un lavabo, un lavadero de pies, para los musulmanes, imagino, y tres alcachofas de techo, separadas por muretes embaldosados.
Giro el grifo. Uno, dos tres… Ya sale caliente. Ardiendo. Me mojo el pelo, me restriego el cuerpo entero y agacho la cabeza para que el chorro golpee mi nuca. He meado antes, pero relajo el esfínter y dejo que la orina restante se vaya. El agua me purifica, el calor me purga. La humedad y la angustia se van, como por equilibrio térmico.
— ¿Tú eres Carlos, el que recogía las papeleras ayer, no?
Me atiende un chico joven, dudo que sea mayor de edad. Por el peinado y los tatuajes en las manos deduzco que era el malote de la clase. Lo mandaron a trabajar bien pronto, “Mejor sirviendo cafés en Santa Olalla que dando por culo en clase”. Puede que hasta sea hijo de alguien que trabaja aquí.
— Sí, soy yo. —Le miro con seriedad, para que no se sienta por encima mío. Tendrás dinero y un coche tuneado, chaval, pero no tienes mi dignidad, pienso mientras le miro a los ojos— Ponme un café con leche caliente, doble, en vaso ancho. Y unos sobaos de esos que tienes ahí.
Dos azucarillos. Estiro el brazo y cojo otro de los vasos alineados, preparados para los desayunos de los camioneros. Mejor tres. Abro el envase de los sobaos con delicadeza, no quiero perder ni una miga. Rompo un tercio del primero y lo dejo sumergirse suavemente el en café con leche, con la cucharilla debajo, para poder recuperarlo empapado. Lo engullo con una suavidad sensual. El azúcar de la leche y la mantequilla del bollo hacen el amor en mi boca, también conmigo. Jódete, Mercedes.
Afuera vuelve a llover. No tengo frío, ya no, pero pego mis manos al vaso. Agua caliente, café caliente, qué poco me hace falta para sentir confort.
— Buenos días, Antonio. Aquí estoy, listo para trabajar.
— ¡Hombre, Carlos! Estábamos precisamente hablando de ti en la cocina.
— ¿Sí? ¿Qué decían?
— Las mujeres decían que hoy ya no aparecerías.
— ¿Y usted?
— Yo sabía que sí.
— ¿Y eso?
— Porque dijiste que vendrías. Y eres de ley.
— Gracias, Don Antonio. —sus palabras me tocan al corazón, continúo hablando para que no se note— ¿Me pongo con el cuarto de la gasolinera hoy?
— Eso es. Ahora le digo al chaval que te de los trastos para limpiar y te diga dónde es —señala a la barra, refiriéndose al joven que me ha puesto el desayuno— ¿Has desayunado?
— Sí, sí, me he tomado un café y un bollo.
— Eso no basta, hijo. Haz un descanso a media mañana y que te den un bocadillo de lomo, que esto no es una oficina.
Me miro las manos con disimulo mientras salgo de su despacho ¿Lo ha dicho por mí? ¿tengo aspecto de oficinista? Las siento secas, pero no me importa. ¿Le importará a Flor? No creo, las suyas también estaban estropeadas. ¿Estará ahora en la cocina? Me asomo con disimulo, pero no consigo verla.
Joder, me ha llamado hijo. Es la primera muestra de afecto sincero que recibo en… Se me hace un nudo en la garganta. Una lágrima quiere salir. Aguanta, Carlos, ahora no es momento de sentir compasión de ti mismo, que tienes que hablar con el niñato de la barra ¡Dignidad!
Llevo mucho acumulado. Lo noto en el pecho. Esta escapada es una montaña rusa de emociones, aún no me he permitido sentirlas con calma y dejar que salga toda la mierda que aún llevo dentro.
Lo que llaman el cuartucho es simplemente un almacén donde han ido guardando productos que venden en la tienda de la gasolinera: bollería, refrescos, lubricantes, líquido limpiaparabrisas y esas cosas. Todo mezclado, sin que les importe demasiado. Parece que se han roto algunas botellas y, como el sitio es oscuro y siempre van con prisa, el líquido y algunos cristales se han quedado en el suelo, formando una capa pegajosa en la que mejor no caerse. Voy a tener que sacarlo todo para poder limpiar bien.
— Eh, Carlos, ¿estás ahí dentro?
Escucho la voz desde dentro del cuartucho, ya vacío y a medio limpiar. La reconozco. El estómago me acaba de dar un saltito. Mi pelo, tengo que componérmelo.
— Estoy aquí dentro, ahora salgo.
— Parece que me han encargado de tu alimentación
Noto su acento de nuevo, “encargadu”, “alimentatcion”. Me gusta. Salgo sonriendo, pero ha vuelto a salir el sol y me deslumbra. Hago visera con el brazo para poder ver bien a Flor. Trae un bocadillo de lomo y una lata de cocacola que acepto y agradezco Me pregunta por lo que estoy haciendo. Yo le pregunto por su trabajo. Me dice que entra pronto, a las siete todos los días.
— De hecho, te vi entrando a las duchas esta mañana.
Mierda.
— Sí, necesitaba quitarme el sueño de encima —miento con lo primero que me viene a la cabeza, tratando de cambiar de tema —¿Estás aquí desde las siete hasta la noche?
— Sí, pero descanso al mediodía. Además, los sueños cuestan trabajo, ¿verdad?
Sonrío, inquieto. ¿Qué ha querido decir? ¿Se refiere a ella o a mí? Hay misterio en esta chica, un pasado, algo que quiero conocer. Voy a responderle, pero se me adelanta.
— ¿Por qué te duchaste aquí? No eres de aquí, ¿Dónde te estás quedando? ¿En el hotel?
Ya está, no hay más remedio, se lo tengo que contar. Podría mentirle, pero no lo merece, además me acabará pillando.
— No, no tengo dinero para pagar el hotel. Me quedo en una casa abandonada que hay ahí arriba, hacia el monte. —lo digo con toda la seguridad que puedo, no quiero que se compadezca de mí—
— ¿En serio? —su cara denota sorpresa, pero no muestra lástima, menos mal —Ten cuidado con los cazadores, que no te confundan con algún jabalí.
— ¿Tan sucio voy?
Se le escapa una carcajada. El estómago vuelve a darme un salto, esta vez más grande. Mierda, me estoy ruborizando.
— No, hombre, no vas sucio. Bueno, un poco, pero te duchas y ya está. En realidad no hay cazadores por aquí. Nadie de la zona va por ese monte, ni los cazadores, ¿sabes?
— ¿Y eso? ¿Hay algún monstruo que vaya a conocer pronto?
Esta vez no se ríe, apenas una sonrisa de compromiso.
— Dicen que por ahí arriba está la cueva del perro. Yo no sé si es verdad, pero en mi país creemos mucho en estas cosas.
Ya estamos con las supercherías de campo. La miro con cara de “venga ya” y mantengo silencio, a ver cómo sigue.
— Ten cuidado, por si acaso. Mira donde pisas, que no te vayas a caer en ella.
Me gusta cómo gesticula, dramatiza con las manos, pero en sus ojos hay cierta burla de lo que acaba de decir. Y ese “que no te vayas a caer” mal puesto me enternece, le habrá costado lo suyo aprender español.
— Venga, cuéntame la leyenda, que te mueres de ganas.
— Yo ya te digo que no sé si creer, pero las señoras de la cocina hablan mucho de estas cosas. —Hace un gesto con los brazos de “prepárate”— Se ve que hace muchos años, unos cazadores descubrieron una especie de agujero, como de cueva. Para ver a donde llegaba, metieron a uno de los perros, pero el perro no salió ni por el agujero ni por ningún lado…
— Bueno, se perdería dentro o se ahogaría.
— Espera, que no he terminado. El perro apareció ¡Un año después! Dicen que llegó al pueblo, buscando a su dueño, sucio y… sordo. No oía nada de lo que le decían, tenía sangre en las orejas. Pobrecito.
Se me ocurren varias explicaciones pero no quiero estropear su momento. Pongo cara de impresionado, mientras gano tiempo para responder algo original:
— Iré con cuidado. Pero si caigo y aparezco un año después, ¿tú seguirás aquí?
— Buena pregunta —sonríe pícara y el pliegue de los ojos se le acentúa. Otra vez mi estómago suspendido en el aire— Venga, cómete el bocadillo. Yo me fumo un piti mientras y te hago compañía.
El cuartucho no ha quedado perfecto, pero está mil veces mejor que antes. Además, he recolocado todo para que sea más accesible. Se ve mucho mejor.
Estoy agotado, pero feliz. He trabajado con las manos, con todo el cuerpo, y puedo ver el resultado. Todos pueden verlo. Lo que he hecho sirve, es útil. En la oficina me dejaba la vida haciendo cosas que no se notaban para proyectos que no entendía y que no le importaban realmente a nadie.
Voy a comer y a ver si el intendente me encarga algo para la tarde.
— ¿Ya has terminado? Pensé que te llevaría más rato. Y me dicen que ha quedado muy bien.
— Gracias, Don Antonio —sigo insistiendo en el Don, aunque él no quiera—
— Pues ahora a comer, date un buen homenaje que te lo has ganado de sobra.
— Muchas gracias, voy que tengo un hambre…
— ¡Pst, espera!
Me hace un gesto con la mano mientras yo estaba ya abriendo la puerta. Se lleva la mano al bolsillo y saca un fajo del que saca, sin dificultad, dos billetes de de cincuenta. Lo posa sobre la mesa y me lo desliza.
— Para tus gastos, que has trabajado duro, más que la mayoría de los que están aquí.
— ¡Gracias! ¿Con qué me pongo esta tarde?
— No, hijo, esta tarde descansa. Mañana, si quieres, seguimos. Hoy date un paseo o llégate al pueblo a tomar algo, que están de feria… Algunos saldrán antes para poder ir, Florentina también.
Me arde la cara, qué vergüenza, no sé cómo reaccionar. Parece que aquí todo se ve y todo se sabe ¡Menudo Gran Hermano es Santa Olalla!
He comido salmorejo y albóndigas con patatas. Aquí las fríen con ajos sin pelar, como las hacía mi abuela. Sigo pensando en Antonio, en su forma de tratarme. ¿Habrá aquí un lugar para mi? No, mejor no pensarlo, eso es planificar el futuro y no voy a dejar que el tiempo me esclavice.
Estoy comprando algunas cosas de primera necesidad en el supermercado: cuchillas de afeitar, un cepillo de dientes, un jersey de cazador y una especie de transistor con linterna que se carga con una manivela. Me vendrán bien para la noche.
— Son cincuenta y cinco euros. En efectivo o con… ¿Tú eres Carlos, verdad?
La chica de la caja, otra más que sabe quien soy.
— Sí, dime.
— Vamos a ir unos cuantos de aquí a tomar algo a Santa Olalla, el pueblo de aquí al lado, que es feria. Saldremos en un rato en un par de coches. ¿Te vienes?
Miro el cambio. Me da para tomar una copa, picar algo e invitar a alguien más.
Sonrío.
Acabas de leer la quinta parte de Santa Olalla. El capítulo 4 está aquí, por si no la has leído o quieres refrescar la memoria.
En el próximo capítulo, Carlos conocerá mejor a Flor y verá la cara oscura de la moneda de Santa Olalla.
Cada día recibo correos vuestros sobre Santa Olalla. No sabéis la ilusión que me hacen, hasta cuando son críticas (constructivas, por favor). Gracias y disculpas por no contestar siempre a tiempo.
Si la historia te gusta, por favor, dale un like o dímelo en los comentarios, para que Substack le de visibilidad.
Otros relatos de ficción de Javier Cañada
Mnemosyn (4,9 ***** en Amazon Kindle)
Murchison (4,5**** en Amazonn Kindle)
Volver a empezar / parte 2 (parte 3 próximamente)
Serie Hipérboles
Con ganas de más. Muchas gracias, me está gustando mucho