— Mire, creo que me han cancelado las tarjetas y no tengo dinero para pagarle.
— ¿Y con el móvil no puedes hacerme un bizum o algo?
— Lo siento, he perdido el móvil, es largo de explicar. —le hablo rápido, para que me de tiempo a decirle todo sin que me interrumpa— Tengo lo que usted ve, nada más. ¿Cómo puedo compensarle por la comida? Puedo fregar platos o hacer lo que sea, tengo tiempo.
Al tipo le ha cambiado la cara de golpe. En su mirada hay una mezcla de enfado y lástima. Noto cómo me da un repaso visual: mis zapatos, mi ropa, la muñeca, buscando mi reloj… Quiere entender a quién tiene delante. Para él ¿Soy un caradura o un pringado?
— Espérate aquí, voy a hablar con el encargado. No te vayas a ir, ¿eh?
— No, no, le espero aquí. Palabra.
Se ha metido tras la barra y ha abierto una puerta a una habitación que apenas puedo ver. Un archivador, luz de fluorescente blanco. Debe de ser un despacho o una oficina donde está quien decide cuando hay imprevistos. Se asoma de nuevo, con otro hombre de unos sesenta años, ya calvo y con una barriga enorme. Me miran mientras conversan. Debe de ser el encargado y están decidiendo qué hacer conmigo.
Me viene a la cabeza un recuerdo. Tenía diez u once años. Robé un paquete de Lacasitos de una tienda del barrio. A los cinco minutos volví a devolverlo. No soportaba la culpa, no fui capaz de comerme ni uno. Lo extraño fue que pasé más miedo al colocar el paquete de vuelta en el expositor que al sisarlo. Si me hubieran pillado robando, habría tenido que enfrentarme a mi impulso. Pero si me descubrían devolviéndolo, quedaba al descubierto algo peor: el reconocimiento de mi error, de mi culpa. Era como quedar atrapado entre culpa y vergüenza, y la segunda pesaba más porque no sabía si redimía o agravaba mi pecado.
Ahora mismo siento algo parecido.
El jefe de comedor se ha quedado en la barra y el tipo de la barriga viene hacia mí.
— Me ha contado el compañero que no tienes para pagar la comida ¿no?
Asiento con mirada culpable. Quiero que me vea como alguien humilde, pero con dignidad.
— A ver, esto no suele pasar aquí ¿sabes? La gente viene con su dinero, come, paga y se marcha. Yo puedo llamar ahora a la Guardia Civil y que ellos hagan lo que tengan que hacer, pero yo creo que no tienes mala fe, que pareces buena gente.
— Lo soy, de verdad. Si me deja, le explico lo que me ha…
— No me tienes que explicar nada —me interrumpe levantando la palma de la mano— Mira, cada uno tiene su sombra y yo ahí no entro. Lo tuyo, tú sabrás cómo lo resuelves. Lo que yo tengo es el parking con las papeleras desparramadas —señala diferentes zonas del parking, a través del cristal— Mira, ponte a vaciarlas en bolsas que te darán en la barra y me lo llevas todo a los contenedores. Cuando hayas terminado, recoges todo lo que se ha volado con la ventolera y haces mismo. Con eso tienes para un par de horas largo, que esto es muy grande. Cuando termines me buscas.
— Me pongo enseguida.
— Por cierto, yo soy Antonio, pero aquí me llaman “intendente”. ¿Tu cómo te llamas?
— Carlos Gonzá…
— Shhh, con el nombre me basta, Carlos. Hale, ponte a trabajar. Te veo por la noche.
Me levanto y le tiendo la mano. Me la aprieta con fuerza mientras me mira directamente a los ojos. Si tu cumples, yo cumplo, parece que me diga. Siento que en ese trato hay más compromiso y lealtad que en todos los de mi vida pasada.
Me acerco a la barra y, antes de abrir la boca, una mujer me entrega un rollo de bolsas de basura azules. Parece que todo el mundo esté al tanto de mi circunstancia: “Carlos, el madrileño sin un duro”. Estarán todos haciendo cábalas acerca de qué hago ahí o porqué estoy sin blanca. A ver cuánto tardan en preguntarme.
Ya no llueve y está escampando. Las nubes se mueven rápido y parece que vaya a volver en sol en un rato. Me pongo con la primera papelera. Un olor agrio me golpea la cara en cuanto muevo la bolsa. Me brota una arcada pero la contengo con toda la dignidad que me queda.
Lo difícil de vaciar las papeleras no es el esfuerzo físico, sino contener los sentidos cuando las cosas se caen de la bolsa: bricks de zumo a medias, batidos, comida descompuesta y hasta bolsas con excrementos de perros, sin cerrar. Qué asco.
Una lata de Cocacola Zero, a medias, me cae en el pie, desparramándose por el suelo. Me quedo mirándola. Quizás sea la que le compré ayer a Mercedes, antes de desaparecer. Me las imagino parando en Santa Olalla porque a Mercedes le ha dado un ataque de ansiedad. Recojo la lata y la dejo caer a una bolsa limpia.
Mercedes, cariño, esta va a ser la última basura que recojo detrás tuyo.
Llevo ya veinte papeleras y aún no he terminado con el parking del restaurante. Me quedan las de la gasolinera, las de la zona del supermercado y todo el descampado de los camiones, que está aún peor. Tenía razón el intendente, esto es muy grande.
Me duelen los riñones de agacharme y tengo las manos hechas un asco, resecas y pegajosas. Debería haber hecho este trabajo con guantes. Aún estoy a tiempo de pedirlos, pero me acuerdo de las manos de Antonio, fuertes y ásperas, de haber trabajado toda la vida con ellas. Quizás él también vació estas papeleras antes que yo. Quién soy yo para llevar guantes.
Por fin he terminado. Son ya las nueve de la noche y llevo casi cuarenta bolsas. Vuelvo al restaurante a ver al intendente.
— Hombre, Carlos ¿Era Carlos, no? Si te soy sincero, pensaba que te irías antes de terminar.
— No tengo dinero, Don Antonio, pero tengo palabra.
— Ya lo veo, ya lo veo. Me gusta la gente que cumple —me dice con su acento extremeño y una sonrisa que agradezco.
— Pues estamos en paz —le contesto sonriendo.
Noto una mezcla de compasión y curiosidad en su mirada, parece que reprima sus ganas de saber acerca de “mi sombra”. Me despide con un “que tengas suerte” y salgo de su despacho.
— Una cosa, don Antonio.
— Dime, hombre.
— ¿Si mañana hago lo mismo, me vuelve a dar de comer?
— Mañana es otro día y habrá otras tareas.
— Yo hago lo que necesite, recojo más basura, friego platos…
— Quita, quita, en la cocina no quiero hombres, que se me revoluciona el gallinero. Tú vente a las siete, le dices a la chavala de la barra que te dé de desayunar y luego vienes a verme; te pondrás con el cuartucho de la gasolinera, que tiene más mierda que la panza de un gorrino.
— Muchas gracias, don Antonio. Aquí me tendrá mañana.
— Nada de Don. Antonio a secas o “intendente”. Oye, y una cosa… Si te pregunta alguien, tú aquí no trabajas, tú estás ayudando a un amigo. Me entiendes, ¿no? No me vayas a meter en un lío.
Empieza a anochecer.
Me siento en el bordillo de la acera, delante del restaurante, frente al parking y sus papeleras vacías.
Mis manos están resecas y huelen mal. Siento calambres en los riñones y me tiemblan las piernas cuando las flexiono. Debo de haber quemado más calorías en esta tarde trabajando que en todo el mes pasado, sentado frente al ordenador. Ni presentaciones, ni hojas de cálculo ni diagramas de Gantt, alimento a cambio de simple esfuerzo físico. Nunca había pagado tan cara una comida y nunca me había parecido tan justo el precio.
Estoy exhausto. Y feliz.
Y vuelvo a tener hambre.
— Oye, ¿tú eres Carlos, el de Madrid?
La voz suena detrás mío. Es de mujer, joven. El tono transmite seguridad y atrevimiento, con un ligero acento del este.
— Sí, yo soy Carlos. Dime.
— Antonio me ha pedido que te traiga un bocadillo. Y que te diga que ahora sí estáis en paz.
Me giro. Debe de tener unos treinta años, quizás menos. Viste de uniforme: pantalones azul celeste y una de esas chaquetas blancas que usan en las cocinas. Ojos oscuros, piel blanca y pelo completamente negro, recogido en una cola. Sus manos se ven estropeadas, con las uñas muy cortas. Me tiende el bocadillo.
Me debe de estar viendo aquí sentado en el suelo, encogido, oliendo a basura, sabiendo que tengo el estómago y los bolsillos vacíos. Siento vergüenza. Me levanto a toda prisa, para recobrar algo de dignidad y recojo el bocadillo. En la otra mano lleva un vaso de cartón con tapa.
— Al café con leche te invito yo, que seguro que te sienta bien.
Lo recojo con torpeza y lo dejo en una mesa de plástico que tengo a mi derecha.
— Te lo he hecho descafeinado. ¿Te parece bien?
— Ostras, muchas gracias. Parece que me hayas leído el pensamiento —le digo sonriendo.
Me devuelve la sonrisa. Se le ilumina la cara. Al hacerlo se le marcan unos suaves pliegues bajo los ojos. Sus dientes son perfectos, las paletas son algo más largas de lo normal, sin llegar a ser exageradas.
— Oye, tú sabes mi nombre pero yo no sé el tuyo.
— Es verdad, perdona. Soy Flor, bueno, Florentina, pero Flor está bien.
Vuelvo a notar el acento en la forma en que pronuncia su nombre: “Florentchiina” Imagino que es rumana, pero de entre todo lo que quiero preguntarle, eso es lo menos relevante.
Su voz suena algo ronca, como ahumada, pero su tono es dulce y cariñoso. Es el sonido más agradable que he escuchado en años.
Acabas de leer la cuarta parte de Santa Olalla. La tercera parte está aquí, por si no la has leído o quieres refrescar la memoria.
En el próximo capítulo, Carlos encaminará su relación con Santa Olalla y algo inesperado hará acto de presencia.
Gracias por los comentarios y los mensajes que me estáis mandando, contando lo que os gusta, lo que os llega o lo que no os encaja de la historia. Me ayuda más de lo que os podéis imaginar.
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Pues me alegra mucho saberlo y te agradezco que me lo digas :) Pronto el siguiente capítulo!
Gracias, Javier. Me está encantando la historia.