El cielo se está encapotando, maldita sea. La brisa empieza a ser molesta, fría. Ya no acaricia, ahora incomoda. Noto cómo el aire se va humedeciendo, puedo olerlo. Me detengo y saco una sudadera de mi mochila. ¡Plop! La primera gota acaba de caer sobre mi mano. Otra, y otra, otra más. Está empezando a llover. ¿Como ha podido bajar tanto la temperatura de golpe?
Acelero el paso hacia el complejo Santa Olalla. Voy cuesta abajo, con cuidado de no pisar una piedra suelta y darme un guarrazo. El cuerpo me pide comida caliente. ¿Tendrán platos de cuchara en el restaurante? Me voy a dar un buen atracón. Luego iré al supermercado del edificio de al lado y compraré algunas cosas para ase… ¡Hostia, cuidado que me resbalo! Joder, por poco. Y un baño caliente en el hotel, uno largo, de esos de quedarse medio dormido en la bañera. Uf, qué escalofrío me da solo de pensarlo: la bañera hasta arriba, el agua humeante, que queme al meterme. Luego, cuando salga del agua, pondré la tele y veré una película lenta y aburrida, con sus anuncios de detergente cada diez minutos. Después… ¡No, después nada! ¡No hay después!
He estado pensando sobre esto, sobre esta maldita manía de anticiparlo todo, de tener siempre plan A, plan B y plan C trazados. Me paso la vida tratando de anticipar el futuro, renderizándolo en mi cabeza, como un ordenador que estuviese generando una escena en 3D que aún no existe. Y luego resulta que la escena está fragmentada en varias, que la luz no es la que imaginé, que las formas y las texturas son otras, los personajes son diferentes… Y en lugar de disfrutarlo, o simplemente aceptarlo, me cabreo porque proyecté mal, porque nada encaja con lo que imaginé ni con lo que tenía preparado.
Tengo que aceptarlo: el futuro es una partida de tetris. Y ayer eliminé todas mis filas acumuladas.
La lluvia ha provocado algo de caos en el parking del área de servicio. Los que llegan, casi todo familias, parecen buscar el sitio más cercano a los edificios para evitar mojarse. Dentro, los que acaban de comer, esperan a que amaine para ir a sus coches y retomar hacia Madrid. Me hago hueco entre ellos sin dificultad. Nadie quiere que alguien mojado le roce.
Hay una mesa libre al fondo, pegada al cristal. Me siento y miro el mantel de papel donde está impresa toda la carta.
— ¿Qué le pongo de beber?
— Tomaré agua y una copa de tinto. Y le pido ya la comida.
— ¿Lo sabe ya?
— Sí: sopa de puchero y secreto ibérico. Con patatas fritas.
En este restaurante todo está organizado. Un camarero para tomar las comandas y tres para servir la comida. Al fondo, una señora mayor recoge y limpia las mesas de quienes han terminado, vaciando y colocando los platos sucios en un carrito. Casi todo el personal parece inmigrante. El que me ha tomado la comanda era español, pero ni la señora que limpia, ni las camareras parecen de aquí.
Los cubiertos están fríos. La sopa me quema la boca, pero no lo suficiente como para escupirla. La trago y noto cómo se desliza por mi cuerpo y calienta mi tripa. Un sorbo de vino, dos, tres… Mi sistema circulatorio se relaja. La sangre me llega de nuevo a las manos y los pies.
Me imagino a Mercedes con lo de siempre: “Carlos, no te pases con el vino que conduces, que llevas dos vidas a bordo” Siempre decía dos vidas, no tres, como si la mía no contase, como si yo estuviese ahí sólo para llevarlas y traerlas. No bebas vino, no te quedes despierto demasiado, no gastes en eso, no discutas con tus compañeros…
Se me hace raro no tener móvil para distraerme, pero lo agradezco. Miro las mesas de mi alrededor. Docenas de familias y parejas, niños gritando, caras pegadas al móvil. Nadie solo. ¿Cuántas Mercedes habrá? ¿Cuántos Carlos? ¿Cuántos Marcos Master en esas pantallas?
¡Plof! Lo siento, Marcos y Mercedes, vuestras piezas acaban de desvanecerse, junto con otras sesenta, al pie de mi partida de tetris.
— La cuenta, por favor.
El mismo hombre que me tomó la comanda se acerca con un datáfono del Banco Santander. Pita al contacto con mi tarjeta. Vuelve a pitar con un sonido que no reconozco:
— Parece que da error. Pásela otra vez, que a veces, cuando hace mal tiempo, falla.
Afuera, la lluvia golpea las mesas de terraza con fuerza. El martilleo se mezcla con truenos que suenan cada vez más cercanos. Sobre mi cabeza, a tres metros de altura, un televisor de muchas pulgadas parece tener puesto el telediario; hablan de la operación retorno.
— Pues nada, da error otra vez. Lo siento. ¿Tiene otra tarjeta?
— Sí, pruebe con esta otra —le doy la de débito, con pocas esperanzas.
El datáfono vuelve a pitar mal. Me estoy inquietando. Me viene un pensamiento a la cabeza pero no quiero que salga, lo mantengo en la oscuridad de mi cerebro.
— Nada, no funciona. Si no tiene prisa, podemos probar dentro de cinco minutos. A ver si amaina y se arregla esto.
Le doy las gracias aparentando que comprendo la situación, pero sé lo que está pasando. El datáfono no falla, la conexión funciona perfectamente —he visto cómo cobraban a otra mesa hace nada—. El problema no está en ese edificio, ni en las nubes de alrededor ni en la lluvia ni en los coches ni en Santa Olalla…
Es Mercedes.
Ya no oigo el ruido de la gente en la entrada, ni a las mesas de alrededor, ni los niños gritando, ni el telediario, ni la lluvia ni los truenos. Ya no veo los coches en el parking ni la habitación de hotel ni la bañera humeante. Todo se han fusionado en un zumbido que me rodea y se mezcla con lo que ven mis ojos. Un telón oscuro de manchas púrpura y marrón lo vela todo. Sólo veo eso, sólo escucho eso.
Me ha cancelado las tarjetas, la muy hija de puta.
Acabas de leer la tercera parte de Santa Olalla. La segunda parte está aquí, por si no la has leído o quieres refrescar la memoria.
En el próximo capítulo, Carlos toma una decisión importante y conoce a un personaje que será clave en la historia.
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Muy entretenido!. Deseando leer el próximo capítulo