¿Dónde estoy?
Me duele la espalda y mis manos están ásperas, sucias de tierra seca y gris. Se cuela un rayo de sol por un hueco en la techumbre de esta caseta de pastor. Miles de partículas de polvo bailan en él. Acerco mi mano para sentir su calor.
Me llevo la mano al bolsillo, buscando mi móvil, pero no está. Lo dejé en el coche. No sé qué hora es, no sé exactamente dónde estoy, pero me siento protegido en este metro y medio cuadrado, entre estas piedras centenarias, en este lecho de tierra y excrementos secos de pájaro sobre los que he dormido.
Escucho pájaros piando. Y el pitido de mis oídos, el maldito tinnitus que no se me va. No sé cuándo empezó, quizás hace dos años. En los últimos meses se ha hecho más intenso. Ahora parece algo apagado. De lejos se escucha algo de rumor de carretera, no siempre, cada pocos minutos. Será algún camión más ruidoso.
Me noto los ojos pegajosos y con legañas. ¿Cuánto he dormido? ¿Ocho o nueve horas?
Recuerdo andar durante una hora, atravesando monte y campo, hasta que di con esta barraca. Estaba exhausto, me metí dentro, apoyé la cabeza en la mochila. Temía que la suciedad no me dejase dormir; garrapatas, algún ratón, esas cosas. Pero nada, caí rendido a los pocos minutos. Sería por el bajón tras la adrenalina, o hipoglucemia, vete a saber. Debían de ser las once de la noche.
Ayer, en casa de mis suegros, dormí cuatro horas. Anteayer cinco. No recuerdo un solo día en que me haya despertado con el sol ya en lo alto, que haya encadenado ocho horas de sueño seguidas. Siempre despertando a las cinco con la cabeza a tope, tratando de desatascar mi vida: los resultados trimestrales del trabajo, la reserva del apartamento para el verano, los follones por la herencia de mi padre, la ITV del coche que ahora toca cada año… ¡Como un puto cubo de rubik!
¡Que lo resuelva Marcos Master!
Marcos, lo tienes en mi mesita de noche, encima del libro del monje y ferrari. Fóllate a mi mujer y luego te pones con el cubo, a ver si lo resuelves, que ya es tuyo. Y si no lo consigues, siempre os lo podéis meter por el ojete, pieza a pieza, los dos.
Tengo los brazos llenos de arañazos, los dos, de tantear a oscuras entre los matorrales. Mi alambre de espino personal, el de mi carcel de San Chinarro, de corporaciones del Ibex 35, de partidita de padel el sábado, de barbacoa el domingo y conversaciones sobre el corte de la carne, de amigo invisible y retiro de empresa con gente que no me gusta y a la que sé que yo tampoco, de nochebuena donde tus padres y nochevieja donde los míos, de gastarme los ahorros del año en un apartamento de playa, de Mercadona, Netflix y retenciones en la A5 a la altura de Móstoles.
¿Dejarán marca esas heridas? Ojalá lo hagan, quiero esas cicatrices en mis brazos.
Aquí dentro huele a tierra y polvo, a infancia en el campo y a la casa del pueblo de mis abuelos. A cosas viejas.
Asomo el torso por la entrada de la caseta. Me deslumbra el sol. Todo se ve blanco. Poco a poco mis pupilas ajustan la luz y aparecen los amarillos del trigo a lo lejos, los marrones de la tierra y la piedra caliza, los verdes de las encinas, los alcornoques, la jara y la retama.
Me limpio los ojos con el interior de la camiseta para no irritarlos. El verdor y la brisa despegan el olor a polvo de mis fosas nasales. Las limpian, las depuran. Ahora veo y huelo claro. Mis sentidos se liberan, también mis pensamientos.
Necesito orinar. Ya fuera, me giro hacia la pared de piedras de la caseta, dando la espalda al campo, por instinto. Pero estoy solo, joder, solo y libre. Me giro, miro al infinito y meo hacia la nada. En realidad, en esa dirección está la carretera, la gasolinera y quizás un Audi con un cubo de rubik dentro. Hacia allí va mi meada, en parábola contra el mundo.
Ya. Ya estoy vacío del todo.
Miro a mi alrededor y doy una vuelta sobre mí mismo. Monte, dehesa, campo, camino, carretera, más dehesa, campo, monte… Tengo 360 grados de posibilidades. Ayer apenas tenía 5. Se redujeron a uno, sólo uno, al ver ese whatsapp.
Miro hacia la carretera. Me imagino a Mercedes esperando en el coche: “¿Dónde se ha metido el idiota de tu padre?” Mira el móvil y ve el mensaje de Marcos en la pantalla bloqueada. ¿Qué habrá pensado en ese momento? ¿Habrá sentido vergüenza? No creo. Habrá visto que todo su andamio de mentiras se acababa de derrumbar. Más trabajo, pero nada de arrepentimiento: “Natalia, tu padre se ha enterado de lo de Marcos y nos ha dejado tiradas. Pásate al asiento de delante que nos vamos para Madrid”.
Tengo algo de hambre, me vendría bien un café.
¿Deshago el camino y bajo a la gasolinera? Es posible que Mercedes preguntase por mí al personal, al ver que no volvía del baño. Quizás me me hayan buscado por los alrededores. ¿Habrán revisado las cámaras de seguridad? ¿Me habrán visto huyendo hacia el monte? Mejor no volver. Ya daré con algún sitio donde tomar algo. Sólo tengo que andar en otra dirección.
Me vuelvo a llevar la mano al bolsillo instintivamente. No tengo mapa de la zona, tendré que jugármela eligiendo un camino. Recuerdo que un poco más al norte, pegada a la autovía, había una área de descanso de esas con gasolinera, restaurante y supermercado, donde hacen noche los camioneros. Puede que hasta tenga hotel. Hemos parado allí otros años, cuando había que almorzar en ruta. Si mi memoria no falla, está a diez o quince kilómetros.
Empiezo a andar.
He dejado atrás el monte, estoy atravesando un campo de cereal recién segado. Siento cómo los tallos del rastrojo oponen resistencia y se quiebran contra la suela de mis zapatillas. Es placentero.
Ando. Ando. Ando. Ando.
Salto un murete de piedra seca y entro en una extensión de dehesa. Avanzo paralelo al muro, durante un par de kilómetros. Hace calor, pero camino resguardado por la sombra de las encinas. Me detengo en un arroyuelo para refrescarme. El agua baja del monte helada, sabe metálica.
Me mojo la cabeza y se me escapa una carcajada: estoy viviendo un segundo bautismo, como los new-born christians americanos, sólo que me estoy bautizando a mí mismo y a mi manera. Mi propia religión. En lugar de una cruz, un surtidor de gasolina y en vez de iglesias, cabañas de pastor ¿Cómo debería llamarla?
Sigo caminando. Busco en mi mente una canción que tararear, pero sólo se me ocurre el silbido de Puente sobre el río Kwai. El hambre está empezando a no dejarme pensar bien.
Me suena que llevo algo de comer en la mochila. La abro y aparto la muda de ropa extra para ver qué hay debajo: paracetamol, una libreta y un libro. Al fondo, la veo: una barrita energética que me sobró de alguna partida de pádel. La devoro en tres mordiscos.
Ya casi me había olvidado del libro. Me tocó en el amigo invisible que hicimos en el retiro de empresa de junio: Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie. ¿En serio? Lo último que me faltaba es llevar a cuestas a alguien dándome consejos acerca de cómo encajar mejor. Eh, Carnegie, por culpa de consejos como los tuyos está la cosa como está. ¿Sabes qué?
¡A tomar por culo tú también, míster amigos!
Sonrío y lo lanzo con todas mis fuerzas, pero en el aire se abre y acaba cayendo a apenas diez metros de mí. Me acerco y lo recojo. No necesito autoayuda para encajar mejor, pero quizás pueda ayudarme a encender una hoguera esta noche, si vuelvo a dormir en el campo. Lo devuelvo a la mochila sonriendo. Parece que la barrita energética me ha puesto de buen humor.
Delante mío hay una loma desde la que creo que divisaré mucho terreno. Acelero el paso. Me viene a la cabeza I’m gonna be, de los Proclaimers. Ajusto el paso al ritmo de la canción y canto el estribillo en voz alta, casi gritando:
But I would walk five hundred miles
And I would walk five hundred more
Just to be the man who walked a thousand miles
To fall down at your door
Y de repente, ahí a lo lejos está la estación de servicio gigante, ese pequeño micro-cosmos donde repostar, descansar, avituallarse y hasta dormir. Son tres grandes volúmenes grises conectados. Encima de uno de ellos, un rótulo inmenso dice “Santa Olalla”.
Acabas de leer la segunda parte de Santa Olalla. La primera parte está aquí, por si no la has leído o quieres refrescar la memoria.
El relato va tomando forma en mi cabeza: aparecen otros personajes, otros contextos y acontecimientos inesperados. Compartir esto a medida que lo escribo está siendo muy especial; vuestros comentarios y likes me animan mucho a seguir. Gracias de verdad por vuestro apoyo.
Otros relatos de ficción de Javier Cañada
Mnemosyn (4,9 ***** en Amazon Kindle)
Murchison (4,5**** en Amazonn Kindle)
Volver a empezar / parte 2 (parte 3 próximamente)
Serie Hipérboles
Ojalá esas heridas dejen cicatrices ❤️
Sí, más o menos :)
¿A qué te refieres con "tierra trágame"?