¡Despierta, Carlos, despiértate, joder! Dejo correr el agua del grifo para que salga fría y meto la cabeza debajo. Apenas he dormido, necesito despejarme cuanto antes y llegar al desayuno antes que los extranjeros de los coches blancos.
“Recherche Géologique”, sí, pero ni cualquier investigación ni cualquier geología. Está claro que vienen a por la cueva. ¿Se la quedarán? ¿La cerrarán? Como mínimo vallarán el acceso. No creo que tengan pensado dejarse ver trabajando allí, llamar la atención de toda la comarca y luego marcharse, dejando la cueva como la encontraron. No, esa maquinaria no es para echar un vistazo y ya está.
Me asomo a la ventana. Empieza a amanecer, pero no se ve. Llueve y las nubes lo oscurecen todo. El parking aún está en calma: algún que otro huésped, saliendo del hotel hacia su coche, probablemente viajantes empezando pronto la ruta.
Los de Mnemosyn tienen desplegado un pequeño ejército de vehículos, bien aparcados a un lado del parking. Cuento cinco todoterrenos Nissan —parecen nuevos— tres quads, el camión y la pequeña excavadora oruga. Todos blancos, esperando, como robots durmientes, a que estos tipos se pongan a funcionar.
Pero… Algo no me cuadra. En la Santa Olalla de dentro de un mes no estaban ni parecía que hubiesen llegado nunca. Recuerdo bien la salida de la cueva, al otro lado del monte. No había rastro alguno de personas: ni cemento, ni vallas ni carteles, ni siquiera pisadas en el suelo polvoriento de la salida. Habrían llamado mi atención si las hubiese visto. Restos de nidos y excrementos de pájaros, nada más. La salida no estaba en un lugar accesible para las máquinas, es verdad, pero si la hubiesen recorrido, algo, algún resto, habrían dejado.
En ese futuro de dentro de un mes se había muerto el hijo de Antonio y Flor se había marchado con su niño, pero Mnemosyn no había llegado a Santa Olalla.
Mi cerebro trabaja a toda prisa, explorando y descartando alternativas posibles. Me viene una escena a la memoria: Marty McFly y la foto, en su mano, borrándose. Futuros y pasados que se desvanecen por las acciones presentes, líneas temporales paralelas, bifurcaciones, presentes alternativos y caminos de no retorno.
Cuando deshice el camino, cruzando la cueva para volver al presente, volví al mismo que había dejado. No me encontré nada raro en mi regreso, todo estaba como lo había dejado. Me pregunto… Uf, no sé… Digamos que… Si entro ahora a la cueva… ¿Me llevará al mismo futuro al que fui o a otro en el que Mnemosyn se ha apropiado de ella?
Me visto rápidamente mientras creo, en mi mente, un diagrama de bifurcaciones infinitas para la cueva y los avances y retrocesos que podría provocar. Me cuesta abarcarlo todo mentalmente. Desarrollo una idea y, cuando llego a la mitad, soy incapaz de recordar la premisa de partida. Me vendría bien tener papel y lápiz. Quizás haya en el cajón del escritorio, pero no tengo tiempo. Debo bajar a desayunar antes que ellos, coger sitio y escuchar todo lo que pueda.
Bajo las escaleras. Huele a café recién hecho, intenso. Respiro hondo. Casi siento su calor en el cuerpo. En el descansillo, una ventana abierta. Una ráfaga de aire húmedo me golpea la cara. A lo lejos, la lluvia. Huele a verde, a tierra mojada. A tormenta. Me detengo a respirarlo. De repente, un relámpago me deslumbra y, al instante, el crujido seco y ensordecedor del trueno lo sacude todo. Inmediatamente, todos esos diagramas, esos árboles de probabilidades, se dispersan de mi cabeza, como si se los llevase la tormenta. Ahora quedan solo dos ideas, dos posibilidades. Las tengo ahí, delante de mí, nítidas, cristalinas, evidentes.
La primera posibilidad es que la cueva tenga bifurcaciones y cada una lleve a un futuro diferente. En mi cabeza se proyectan las portadas de aquellos libros rojos de la infancia: “Elige tu propia aventura”. No recuerdo haber visto esas bifurcaciones cuando la crucé, ni a la ida ni a la vuelta, pero estaba muy oscuro y andaba a tientas. Podrían haber estado ahí, delante mío, y no haberlas visto.
La segunda posibilidad es que algo haya pasado en estos últimos días y haya provocado que la noticia de la cueva haya llegado a los guiris. ¿Se lo habré contado yo a alguien? No, imposible. ¿Lo sabrá alguien del pueblo? Quizás. La leyenda está ahí, con su historia del perro que viajó un año en el tiempo, pero por cómo me lo contó Flor, parece más una leyenda de laberintos subterráneos que de viajes temporales. No descarto que la historia haya llegado a esta gente, pero… Qué casualidad que aparezcan justo ahora que acabo de descubrirla.
Llego al salón de los desayunos. No es muy grande, apenas una docena de mesas para los huéspedes, con las mesas de dulce, salado, yogures y frutas y cafés. Apenas hay gente: dos hombres con aspecto de comercial, cada uno en un lado de la sala y apenas tres extranjeros con sus polos corporativos, sus vaqueros y sus botas de montaña. Tienen algo en común, además del uniforme. Tardo en advertirlo: son tipos fornidos. Y llevan el pelo muy corto. No es precisamente el aspecto que esperaría de unos científicos; más bien el de unos tipos de seguridad privada.
No veo a los dos jefes, quizás aún no hayan bajado. Imagino que, cuando lo hagan, se sentarán separados del resto y seguirán conversando acerca del plan, como hacían ayer. ¿Dónde se sentarán? ¿En qué mesa me pondría yo si quisiera estar cerca de mi equipo, pero sin sentarme con ellos?
No hay sobaos. Maldita sea. Vale, café con leche y bizcocho. No tengo tiempo para más. Elijo mi mesa de modo que quede una entre el grupo de Mnemosyn y la mía, con la esperanza de que, si bajan los jefes, se sienten en ella.
Remuevo el café y reparo en que Flor no me ha visitado esta mañana. De hecho, ayer se fue sin concretar cuándo nos veríamos de nuevo. Su despedida fue demasiado rápida, algo fría ¿Sería por lo que me contó, por desvelarme su futuro sin mí? Tiene sentido: cómo iba a acercarse a mí tras decirme que se iba a marchar. No me preocupa. Ahora sé que se puede modificar el futuro. En cuanto le cuente mi secreto, cambiará.
¡Ahí llegan!
Los dos tipos aparecen a la vez, como si se hubiesen puesto de acuerdo para desayunar juntos. Uno de ellos se dirige al grupo con un “Bonjour” y una pregunta que no consigo entender, pero que debe de ser alguna broma, por las risas con la que la reciben el resto. Se sientan justo en la mesa que queda entre la mía y la del equipo. Me saludan con un gesto de cabeza. Correspondo y devuelvo mi mirada a un televisor colgado del techo, disimulando mi interés, pero manteniéndolos en mi visión periférica.
Sacan unos papeles de un portafolio de anillas. Despliegan uno que estaba doblado en cuatro partes, formando una pequeña sábana. Parece una cartografía de la zona, trazada con líneas finas. Desde mi mesa apenas puedo verla sin llamar la atención.
Me levanto a por una tostada con tomate y vuelvo a mi mesa.
— ¿Me permiten la sal, por favor? —les pregunto en español, mientras señalo su salero.
Aprovecho el instante en que miran a la mesa, para echar un vistazo a su plano.
Mierda, lo tienen todo mapeado.
Ahí, en ese papel, en trazo de plotter está el pueblo, el área de servicio, la carretera, las líneas de relieve del monte y, en tinta azul, las dos entradas a la cueva.
Tomo la sal y se la echo a mi tostada con tomate mientras agudizo el oído. Apenas entiendo nada de lo que discuten, mezclan inglés con francés. Parece que no están de acuerdo en algo, pero no sé el qué. Están señalando las bocas de la cueva. Consigo entender un “today” y, de repente, el más mayor, toma el rotulador, traza un círculo alrededor de la salida de la cueva y zanja la conversación con un “Demain, terminé!”.
Lo he entendido perfectamente: la puerta al pasado se cierra mañana.
Tengo veinticuatro horas para convencer a Flor y marcharnos de aquí.
Los dos jefes se levantan apresuradamente, apremian a su equipo con un “Allez, Allez!” y se despiden de mi con un discreto gesto de cortesía. Sin embargo, cuando se alejan, el mayor se gira y me mira de una manera calculada, casi inquisitiva, como si intentase medir algo en mí.
Salgo del hotel apresurado para buscar a Flor, pero una idea me detiene en la puerta. Retrocedo.
— ¿Puedo usarlo para consultar una cosa? —pregunto a la recepcionista, mientras le señalo el ordenador para que los huéspedes consulten cosas en internet.
Google me corrige la búsqueda y me lleva a “mnemósine”, que parece ser una divinidad griega, madre de todas las musas, responsable de los recuerdos y la memoria. Sigo buscando y doy con la web de la empresa: www.mnemosyn.ca. Reconozco el logo al instante, el mismo que llevan los tipos estos en la ropa y en las puertas de los coches, pero apenas dice nada, todo en francés. Sigo buscando, reuniendo trocitos de aquí y allá: fundada en en 2023, Montreal, varios socios, un tal De Santos, tecnologías de simula…
¡Flor!
Acabo de verla en su moto, entrando al parking. Cierro el navegador y salgo corriendo. Tengo que conseguir hablar con ella antes de que se meta en la cocina.
— ¡Eh, Doña Florentina! —La llamo desde lejos, tratando de crear cercanía. Ella le está poniendo el candado a la moto.
— ¡Carlos! No me ha dado tiempo a visitarte hoy. Lo siento, llego tarde. — Me señala el restaurante con un gesto de cabeza.
— ¿Tienes un segundo antes de entrar a la cocina?
Saca su camisa de trabajo de debajo del sillín de la moto y se la pone despacio. La noto impaciente. Su mirada parece decirme “tienes medio minuto, lo que tardo en ponerme el uniforme”.
— Quería contarte una cosa. Es muy importante.
— ¿Importante? —Levanta las cejas en un gesto que expresa algo de incomodidad, como queriendo marcar distancia.
Me siento inoportuno. Esta no es la manera en que debería contarle algo así. No se asalta a alguien en un parking para decirle, a toda velocidad, que sabes cómo viajar en el tiempo. Sé que voy a perderla si no me cree. Pero no tengo otra opción. Miro hacia el parking, los extranjeros están saliendo del hotel, metiéndose en coches. Es ahora o nunca.
— ¿Te acuerdas de la cueva del perro de la que me hablaste? La encontré. Fue por accidente, me caí dentro, el día de la verbena, al volver.
— ¿Te hiciste daño?
— No, no, no es eso. —Me noto torpe, inseguro, debería haber pensado cómo era mejor contar esto— No me hice daño, pero… Viajé un mes al futuro, Flor.
Rie, de una manera poco natural. No le había visto esa expresión antes. Levanta el sillín de nuevo y guarda el casco.
— Carlos, tengo algo de prisa y ahora no es el momento… No sé, ¿estás bromeando?
Puedo sentir cómo me analiza, tratando de discernir si estoy o no bromeando. Ladea la cabeza. Su mirada pasa de la incredulidad a la alarma. Ha dado un paso atrás.
— Te juro por mi vida que es verdad lo que te cuento, Flor. Hay una cueva que cruza el monte. la entrada está por allí —le señalo hacia la colina, cerca de la rotonda— y sale por ahí, por detrás del monte. Entré y aparecí cuando ya te habías ido de Santa Olalla. Y luego volví, deshaciendo el camino. Te lo juro.
— Carlos… ¿Tú… has tomado algo? Aquí en el pueblo se consigue de todo. Dime la verdad.
— Que no, Flor, nada de drogas. Que te juro que es verdad. De hecho, en el futuro me enteré de que el hijo de Don Antonio había muerto.
— Todos sabemos que está muy enfermo, pero no lo hablamos. No hace falta ir al futuro para saber cómo va a terminar. Pobrecito.
Llueve aún más fuerte. Estamos resguardados bajo una pérgola detrás de la gasolinera, pero empezamos a mojarnos. Esto no está yendo bien. Flor está incómoda. Cuanto más trato de hacerme creer, más desquiciado parezco. Trato de recomponer la postura y el tono, para hablar con seriedad.
— Flor, me gustas, mucho. En pocos días he recibido más cariño y complicidad que en muchos años atrás. A tu lado me siento más hombre, más decidido. Me pareces una mujer asombrosa y quiero un futuro a tu lado, cuidando de ti. ¡Vente conmigo a la cueva, vámonos juntos al pasado!
— ¡Qué dices, Carlos! Hemos pasado unos días bonitos juntos, pero eso es todo. Nuestras vidas se han cruzado. No sé de dónde vienes y no me importa donde vas, pero te veo perdido. Yo tengo un futuro decidido y es con mi hijo.
— ¡Que se venga tu hijo! ¡Lo que te propongo es para los tres, Flor!
— ¡Pero qué coño estás diciendo, Carlos! Esto no es normal. Tú no estás bien. Apareces de repente por aquí, duermes en la calle, no tienes nada… Me cuentas esta historia de viajero del tiempo ¿Y quieres que te crea y confíe en ti?
— Aquí no tengo nada, pero en el pasado tengo acceso a mis ahorros. Sólo tenemos que cruzar la cueva desde la salida y estaremos a principio de agosto. Ahí mis tarjetas de crédito funcionan. Además, podemos llevarnos información de aquí y ganar dinero con ella en el pasado. Viviremos en la playa, donde quieras, ¡donde queráis tú y Andrei!
Sigo hablándole de la cueva, de los tipos de Mnemosyn, pero ya no me escucha. No me oye. No me ve. Noto como su ser se aleja de mí hasta estar a miles de kilómetros. En su cara se ha formado una expresión que no había visto antes, de lástima, quizás de asco.
Necesito recuperar algo de cercanía con ella. Acerco mi mano a su brazo, pero la rechaza golpeándola y dando un paso atrás.
— ¡No me toques! Pensaba que estabas rehaciendo tu vida, pero la estás destruyendo. ¡Por eso estás en la calle! Aléjate de mí, Carlos. No me hables ni me busques ¡Me das miedo!
Flor se aleja, la sigo unos pasos. Intento llamarla, suplicarle, pero no me salen las palabras. Todo mi pecho se comprime como si mi corazón se hubiese convertido en un agujero negro. Me encojo.
Me veo desde fuera, a través de las cámaras de seguridad de la gasolinera: patético, empapado, abandonado como un perro, disolviéndome en la lluvia y colándome por los sumideros.
A lo lejos, los coches de Mnemosyn se dirigen hacia la entrada de la cueva. Puedo ver los destellos anaranjados de sus sirenas, palpitando como si marcasen una cuenta atrás.
TIC, TAC, TIC, TAC, TIC…