Saint-Sulpice
En “Tentativa de agotamiento de un lugar parisino”, Georges Perec va describiendo y enumerando absolutamente todo lo que le pasa por delante mientras está sentado en un café de la plaza de Saint-Sulpice de París:
Un 70 lleno, un 96 vacío, otro 96 todavía más vacío. Paraguas abiertos. Los vehículos automóviles iluminan sus luces Un 96 repleto, un 63 lleno. El viento parece soplar en ráfagas, pero pocos autos ponen en funcionamiento sus limpiaparabrisas. Las campanas de Saint–Sulpice paran de sonar (¿eran las vísperas?).
Cuando mi hijo era pequeño lo leíamos juntos. Confieso que alguna vez lo usé para dormirle; la enumeración le interesaba al principio pero yo me encargaba de hacerla monótona hasta que, poco a poco, los párpados se le desplomaban.
El juego de Perec, experimental y divertido, está a medio camino entre la boutade y la genialidad —bueno, más cerca de la genialidad— y me ha servido para explicar a mis alumnos, algún año, cómo debe ser el ejercicio de la observación contextual: tranquilo, silencioso y por encima de todo completo, atento a todos los detalles.
No hace mucho, a través de una recomendación de Javier Gomá, llegué a “La luz del sol”, de Álvaro Galmés Cerezo, que comparte algo de la esencia de ese Perec observador, aunque en este caso va más allá del ejercicio de inventario. El libro —que por suerte aún no he terminado— habla de la luz solar y cómo da forma y sentido a todo lo que nos rodea y a nuestra propia existencia, a lo largo de los diferentes momentos del día. Galmés lo cuenta con mucha delicadeza poética y constantes referencias y misceláneas que disfruto como si fuesen escamas de sal en el chocolate.

La obra en el refugio ha terminado. Entre esas paredes centenarias ya se puede volver a vivir. Ha sido un proceso relativamente sencillo, en el que he aprendido muchas cosas. De entre todas, la más inesperada es que se atasque una pequeña instalación de gas para calentar agua por haber usado butano, que se congela a 0º C y no propano, que lo hace a -45º. Afortunadamente ha sido sencillo de corregir.
A mitad de camino entre el refugio y la fuente, hay una casa que se mantiene en pie y que da al valle. A menudo me asomo desde fuera para mirarla. No me interesa tanto la vista que se adivina desde la ventana sino la habitación que la contiene, que la anticipa.

Disfruto viendo cómo según le entre la luz, el espacio se muestra de una forma diferente. En esos momentos me acuerdo de pasajes del libro de Galmés, de la importancia de observar despacio, de detenerse a mirar, del deleite que se esconde en el detalle revelado, cuando le sabemos conceder la importancia que tiene.
Quiero poder compartir momentos así con los alumnos de mi programa en el Instituto, encontrar un lugar especial y observarlo con atención total.
Y tú ¿lo has probado alguna vez? ¿Cuál es tu casa cerca de la fuente, tu plaza Saint-Sulpice?