QSL
José María Rabasa Reimat abrió el buzón, como todos los días al volver del trabajo, y se encontró con algo muy especial. Era otoño de 1972, hace exactamente cincuenta años.
Era una postal de la Unión Soviética, nada que ver con la correspondencia que se recibía a diario. Y no era algo turístico, era una QSL: la confirmación en papel de una transmisión por radio entre dos operadores distantes. En ella, Roman Ivanovich dejaba constancia de que en la medianoche entre el 23 y el 24 de julio, había comunicado con José mediante código morse. Según la tarjeta, la comunicación fue entre la estación de Roman en Moscú y y la de nuestro José en Torredembarra. Esos puntos y rayas recorrieron unos 3074 kilómetros por el aire.
Según mis investigaciones, Roman Ivanovich Prokopyk, ucraniano, volvió a su Lviv natal, en Ucrania, pocos años después. Allí fue un radioaficionado muy activo, fundador del club de radio local. En estas fotos se le ve disfrutando de la afición en camaradería con el resto de amigos.

También según mis investigaciones, José María siguió comunicándose asíduamente con radioaficionados de la URSS. A su buzón llegaban con frecuencia las QSL de diferentes rincones de la Unión Soviética, todas con diseños que probablemente le en una situación complicada. Estatuas de Lenin, referencias a la revolución bolchevique y a la épica proletaria o a la unión de los pueblos eslavos bajo la hoz y el martillo.
¿Qué pensaría la gente que veía esa correspondencia? ¿Sospecharían? ¿Sabrían qué era? En la mayoría de ocasiones, esas tarjetas iban dentro de sobres; ni la oficina de correos ni el cartero tenían modo de saber qué había en las cartas. Pero no era siempre así, a menudo eran postales. Puedo imaginar las conversaciones entre quienes preparaban las rutas de reparto, cada vez que llegaba una de esas para el tal Reimat EA3VT.

La represión política en los 70 en España era mucho más ligera que en las décadas anteriores. Aún así, recibir correspondencia de la Unión Soviética debía de generar sospechas. La guerra fría estaba en su momento álgido y las ondas eran el medio natural para todas las actividades de espionaje entre bloques. Me pregunto si alguna vez le investigaron.
En el bloque del este, la radioafición se promovía con clubes y revistas. Se hacía con una doble intención: hacer propaganda hacia el bloque capitalista y monitorizar las comunicaciones de los radioaficionados soviéticos con el exterior. Precisamente en este número de la revista ‘радио’ (radio) se hace referencia a una de esas comunicaciones con EA3VT, José Mª Rabasa. Si eres suficientemente mayor reconocerás al osito de la portada: Misha, la mascota de los juegos olímpicos de Moscú de 1980.

Pienso en esos operadores y en la proeza que suponía comunicarse con alguien del ‘otro lado’, en la complicidad íntima que sentirían, sabiendo que no había alambrada, barrera ni telón de acero que pudiese parar sus mensajes, su comunicación de persona a persona, sin que partidos ni gobiernos mediasen en ellas. Precísamente cuando el mundo estuvo más politizado, ellos se encontraban en las ondas desde lo personal.
La radioafición, siendo uno de los hobbies más técnicos, ha sido, históricamente, de los más humanizantes.
En las bandas de radio amateur no importan las ideologías, los orígenes nacionales, los géneros ni las etnias. Más aún, es de mal gusto hacer bandera de ellos. Es frecuente escuchar a estadounidenses hablando con árabes, ambos con respeto y cordialidad, o a polacos hablando con rusos, con la elegancia de no entrar en cuestiones políticas o bélicas, reconociéndose ambos como seres humanos. Es más, lo común es expresar buenos deseos y hasta bendiciones (en quienes son religiosos) al otro y a su familia, que siempre son agradecidos y correspondidos.
Admiro esas actitudes en la gente de la radio y las echo de menos fuera, donde parece que debamos poner nuestra ideología antes que nuestro nombre en todo lo que hacemos y decimos.
Hablar de política en la mesa o delante de invitados era antes de muy mal gusto. Veo cómo las refriegas y las escaramuzas politiqueras propias de Twitter saltan hoy a Instagram y empiezan a aparecer en Linkedin. Qué triste, qué desagradable. Me pregunto si estas redes, tan distintas a las de los radioaficionados, no serán las menos sociales de todas, las que más nos desindividuan.
Mientras las cosas se arreglan —o se terminan de pudrir— seguiré en mi refugio hertziano, cobijado en la nostalgia, decidiendo qué contar en mi propia QSL.