Pedrisco
El granizo golpeaba las tejas con tanta fuerza que parecía que las estuviese rompiendo. Yo temía por el coche, que estaba fuera a la intemperie; me acordaba de una granizada en Madrid que dejó a todos los coches del barrio abollados, como si les hubiese picado un enjambre de avispas. Ojalá no pasase lo mismo. Temía por el coche, pero más aún por las tejas y, sobre todo, por las placas solares. También por el jóven naranjo, plantado unas horas antes, por las tomateras y por el castaño, aún en su maceta.
Eran bolas de hielo del tamaño de una pijota. Empezaron a caer con clacks espaciados y, como las palomitas al microondas, fueron creciendo en frecuencia hasta la furia. Era ensordecedor.
Unos minutos antes estaba fuera, haciendo fotos al valle, sobrecogido, admirando la bellleza de esas nubes en actitud amenazante. Asumía algo de violencia, pero no esa saña.
Valoración de daños: algunas plantas en siniestro total, el naranjo con todas las hojas rotas (sobrevivirá, creo) y a las placas ni me asomé por si acaso.
Y son
Y son, y son
Y son tiempos borrascosos
Que tienen, que traen
Las lágrimas a los ojos
Ahí están esas viejas rutinas
Disfrazadas de nuevas maneras
(Maria Arnal i Marcel Bagès)
Tres días antes de la granizada presentábamos en el Instituto el libro de Terrés, mi amigo. Y dos días antes, brindábamos en la última clase por las primeras promociones, mojando pan en vino frente a un altar fotográfico de seres queridos y admirados que nos antecedieron. Una ‘parentalia’ romana adaptada a los dioses manes y lares de hoy. Por fin.
Pronuncié unas palabras ante todos. Me temblaba el pulso sosteniendo las notas garabateadas en una tarjeta y temía que se me quebrase la voz de la emoción —el cansancio acumulado no ayudaba a mi temple— pero salvé la situación diciendo lo que quería decir sin que se me notase grieta en la voz o anegación en la mirada.
Sin decirlo, pensaba en que hace un año desvelábamos, ante cien almas curiosas, nuestro proyecto de instituto. Pensaba en este año que ha pesado un siglo, en el equipo, en alumnos y alumnas, en el profesorado, en las nuevas lealtades, los miedos y los sustos, las ilusiones, las confirmaciones y las consolidaciones.
No he querido celebración de aniversario. He preferido trabajo y huida silenciosa de Madrid hacia el refugio, buscando descanso y distancia. Sin embargo, la naturaleza, puñetera y juguetona, se encargó de poner ayer, con toda grandeza y espectacularidad, unos fuegos artificiales de estruendo, sobresalto y belleza final.
Feliz cumpleaños a todos y todas quienes sois —de una manera u otra, qué más da el parentesco— esta familia.
Javier