Parentalia
Días antes del estallido de la pandemia habíamos organizado, mis alumnos y yo, una Parentalia: una fiesta al modo de la antigua Roma, en honor de los antepasados y su recuerdo para que, allá donde estén, no se sientan olvidados.
Decía Burke que el pueblo que no mira atrás, a sus antepasados, no mirará tampoco adelante, hacia la posteridad.
Ese era nuestro plan: comer y beber, festejar, en honor a los que nos hacen ser los diseñadores que somos, los filósofos, psicólogos, músicos, antropólogos, cineastas y también diseñadores que nos han acompañado durante todo el curso, que han trazado las calzadas por las que discurrimos, que han hecho posible todo el conocimiento que hemos interiorizado y que nos toca aplicar todos los días.
Pero llegó la pandemia y las cancelaciones. La Parentalia fue la primera en caer. Luego cayeron clases, programas, cursos y encuentros. Todos nos volvimos un poco islas, desconectados de amigos, familia, compañeros y cómplices, aislados de todo lo que nos hacía sentirnos parte de algo bello y bueno, en el pasado y en el futuro.
Hoy me han llegado dos recordatorios de que quizás sea hora de volver a ver “La Gran Belleza” de Sorrentino. Sin entrar en muchos detalles, te diré que esa película entera, con su banda sonora y todas sus escenas, es para mi un ritual de catarsis, una especie de inyección de epinefrina que aguarda en el cajón para cuando toque salir de una situación emocionalmente complicada. Ni la jeringa ni la película se usan jamás si no es estrictamente necesario.
Tenemos las fuerzas, el músculo y la energía, pero hay que reconectar muchísimos cables para que todo vuelva a la vida de nuevo. Hablo del Instituto, pero también del trabajo en general, del mío y del tuyo, de su sentido, de los motivos por los que hacemos lo que hacemos. Nos queda el verano para reflexionar y curarnos, para retejer todo lo que se llevó el temporal.
No veremos La Gran Belleza juntos en el Instituto porque esa película hay que verla a solas. Pero llegará septiembre y una de sus primeras noches luciremos pañuelos rojos, comeremos trigo, sal y pan empapado en vino; y brindaremos por haberlo podido reconectar todo de nuevo.