Otoño del 98
El año que viví en Seattle, estuvo nublado noventa y nueve días seguidos. Al día cien, salió el sol, y el Seattle Times lo sacó en foto de portada con un titular que decía “What the heck is that?”.
El Instituto está vacío esta mañana. Vacío y con una luz debilucha. Luz otoñal, como la que deben tener todos los días los escandinavos, como la del 98 en Seattle.

En unas horas llegarán los alumnos del programa de Diseño de Mensaje y Narrativa. Son ocho, nueve con José Luis Antúnez, el profesor. Tienen para ellos el salón grande entero y esta luz debilucha que no sé si es la mejor para el tema que van a tratar hoy.
Leo de nuevo el decreto del Gobierno para asegurarme de que podemos mantener clases estos días. Dice que para academias, autoescuelas y centros privados de enseñanzas no regladas y centros de formación no incluidos en el ámbito de aplicación del artículo 9 del Real Decreto Ley 21/2020, de 9 de junio, el aforo máximo será del cincuenta por ciento. Y pienso que vamos más que sobrados. Desde que estalló la pandemia trabajamos con el aforo al veinte por ciento por seguridad. Cuatrocientos metros cuadrados para un máximo de veinticuatro personas, que es lo que habrá cuando empiece, en una semana, la segunda edición del programa de Dirección de Producto.
Hoy es uno de esos días en los que siento que me muevo más despacio, como si mi metabolismo fuese más lento. Me he preparado el café despacio, lo he saboreado despacio. He llegado cruzando la calle despacio, fijándome más en la lluvia, en el ángulo en el que cae, en el grosor de las gotas.
Para colmo, el algoritmo ha decidido que debo escuchar una mezcla de Brian Eno, The Jesus and Mary Chain y Autumn Sweater, de Yo La Tengo. Nos vamos conociendo.
Ayer por la tarde-noche —porque ya anochece pronto— nos juntamos los siete directores y directoras de programas que tiene ahora mismo el Instituto, junto al equipo habitual de la escuela. Institucionalizamos algo que no habíamos hecho hasta ahora: el Claustro de Directores. Coordinación, apoyo mútuo, estandarización y mejora. En otras palabras, ayudarnos para poder formar mejor.
Las circunstancias de los alumnos de cada programa son muy diferentes. Las motivaciones, los ejercicios, los resultados esperados, las expectativas… Imagina la diferencia entre una persona con rol directivo y otra que está preparándose para ser un buen diseñador junior. Aún así, ambos se sienten en momentos importantes de su vida —y lo están—, por eso tenemos que estar a la altura.
He anotado esta frase de Heidegger:
“Enseñar es todavía más difícil que aprender […] El maestro está mucho menos seguro de su asunto de lo que los están sus aprendices.”