La sala de conferencias de Pentagram hervía de expectación. La mesa redonda en la que Massimo Vignelli y Paula Scher se encontraban frente a frente estaba al borde de estallar en una guerra de reproches. Michael Bierut, con una sonrisa tensa, intentaba mantener la calma entre ambos titanes del diseño, mientras el moderador, un joven empleado de Pentagram, sudaba más que un témpano al sol.
Entre el público, David Carson estaba en su elemento, lanzando bolas de papel al escenario como un niño rebelde.
Paula, con su cabello desordenado y el olor a ginebra impregnando el aire, se inclinó hacia el micrófono y miró a Bierut con una sonrisa sarcástica. “Michael, cariño, deja de jugar a ser el mediador de la paz. Aquí no necesitamos tibiezas. ¿Por qué no dejas que los adultos hablen y te vas a repartir folletos?”
Bierut sonrió, aunque sus ojos brillaban con la frustración de ser ninguneado. “Paula, creo que lo importante es…”
“No, lo importante,” interrumpió Vignelli, golpeando la mesa con un puño que resonó como un martillo, “es que el diseño vuelva a ser algo serio. No podemos permitir que esos carteles de mierda que haces, Paula, sigan siendo el estándar. Colores chillones, tipografías gritando como si fueran putas de feria.”
Paula soltó una carcajada amarga, sacó su petaca y tomó un largo trago que dejó un brillo en sus ojos. “Massimo, tus diseños son tan rígidos y secos que me sorprende que sigas en pie. ¿Cómo te mantienes? ¿Con un palo en el culo? ¿Comiendo una hoja de lechuga al día mientras rezas a la Helvetica y te santiguas, abuelo?”
Los murmullos en la sala se intensificaron, y Carson, con una sonrisa de oreja a oreja, lanzó una nueva bola de papel que aterrizó en el vaso de agua del moderador, salpicando todo a su alrededor. El joven diseñador dio un respingo y Paula lo miró con furia. “¡Otra más y estás despedido!”
Vignelli se levantó, lanzando su silla hacia atrás con un estruendo que hizo callar la sala. “¡Prefiero ser un abuelo que un payaso borracho que se llama a sí mismo diseñadora! Tus carteles son un grito sin sentido, puto ruido que solo sirve para impresionar a los ignorantes.”
Paula, tambaleándose un poco y con una sonrisa desencajada por el alcohol, avanzó hasta casi subirse a la mesa. “¿Ruido, Massimo? ¡Eso es lo que necesita el mundo! ¡Algo más que tus sermones puritanos! Eres tan estirado que me duele solo mirarte.”
Carson, viendo la oportunidad, se inclinó hacia adelante y soltó un escupitajo cargado de saliva y mocos que aterrizó en la mesa, deslizándose lentamente hacia los papeles ya empapados en ginebra. El moderador palideció, y Paula, con los ojos abiertos como platos, retrocedió y dejó escapar un sonido gutural.
“¡Qué puto asco, Carson!” gritó Bierut, levantándose mientras Paula, incapaz de contenerse, comenzó a vomitar sobre la mesa, salpicando los papeles y haciendo que el olor a ginebra, bilis y café rancio se expandiera por la sala. El público, incrédulo, estalló en una mezcla de risas y gritos de asco.
Vignelli se tapó la nariz, con una expresión de absoluta repulsión. “¡Esto es lo que has traído al diseño, Paula! ¡Un puto circo de hippies, borrachos y mocos!”
Paula, recuperándose apenas, limpió su boca con el dorso de la mano y se echó a reír entre jadeos. “Al menos mis carteles provocan algo, Massimo. No como los tuyos, que solo invitan a morirse.”
El caos se desató. El moderador tropezó y cayó al suelo, Bierut intentaba limpiar los papeles con servilletas inútiles, y Carson seguía riendo mientras lanzaba más bolas de papel.
La escena se convirtió en una imagen surrealista que quedaría grabada en la memoria de todos los asistentes como el día en que los titanes del diseño gráfico contemporáneo pasaron de la creación elevada a la confrontación bajuna.
Este es ya el cuarto relato hiperbólico y dramatizado que comparto. Para los nuevos, una aclaración: puede que las cosas no pasasen como cuento, puede que nunca pasasen siquiera. O sí. Quién sabe de lo que somos capaces los diseñadores cuando nos entregamos muy fuerte a lo nuestro.
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Cada entrega me gusta más. Más reales las escenas. Pero… ¿por qué siempre en enfrentamiento? ¿Y si, en vez de estar enfrentándose, la discusión fuera por la frustración de no poder diseñar como el contrario? Lo intentan varias veces, pero no logran diseñar en su mente igual que el contrario. Se enfada, enloquece y confiesa que no es capaz de ver la vida como el otro. Por eso le detesta.
¿No sería genial?
estaba en la tercera fila del patio de butacas completamente absorto y sorprendido de lo que estaba viendo frente a mí. Pensando al mismo tiempo: "definitivamente, tenemos que debatir más sobre el diseño"