Nieve y berrea
He alquilado un 4x4 para evitar sustos con la nieve. Uno sencillito, nada llamativo, aunque a decir verdad, nada me gustaría más que un viejo Jeep Cherokee, o un Nissan Patrol de finales de los 80, de esos que parecen indestructibles. Saldremos a las 9:30 con tres chavales de doce años en el asiento de detrás, dispuestos a hacer el cabra todo lo que se puede a esa edad, que es mucho.
Veo con ternura la amistad que mi hijo está desarrollando con sus amigos. Es nueva, distinta a la de hace unos meses. Se basa más en lealtades que en la mera diversión. Ya no comparten sólo el entretenimiento, ahora comparten anhelos, angustias, ilusiones… Lo entiendo porque creo acordarme bien de cómo era cuando tenía su edad. Es un recuerdo bonito. ¿Te acuerdas tú? ¿Fue una edad bonita para ti?
Hoy he impartido la primera clase del programa de diseño de interacción. Me he visto algo torpe, oxidado. Quizás estaba pendiente de demasiadas cosas, o puede que me faltase fluidez con el tema que trataba. Quería contar mucho pero a la vez quería ir rápido. Se me han quedado muchísimas cosas por contar, he olvidado mencionar ejemplos y en general tengo la sensación de haber hecho un viaje como con las ventanillas abiertas: llegar hemos llegado, pero con un poco de dolor de cabeza. Por fortuna, la segunda parte ha sido mucho más ágil y creo que he ido notando cómo se desoxidaban algunos engranajes, ya en confort y algo más de complicidad con los alumnos.
Tengo un grupo envidiable. El nivel es muy bueno y me da hasta miedo de no estar a la altura. Esa sensación me angustia un poquito pero la prefiero porque me exige hacerlo bien. Sé que a medida que vayamos tejiendo la red de conceptos, ideas, referencias y prácticas, todo se acelerará y la velocidad intelectual a la que circularán será tremenda. Este año, además, no voy a simultanear la enseñanza de diseño con proyectos y tendré mucho más tiempo para madurar las clases, enriquecerlas y tutorizarles.
Esta mañana hemos abierto las inscripciones para una jornada que celebraremos el 3 de diciembre y que hemos titulado “Caminos a lo sublime”. Es la primera vez que anunciamos un evento puntual con precio y me preocupaba mucho qué recibimiento iba a tener. Son 240€ por un día completo de charlas de muchísimo nivel, muy preparadas, en un espacio cómodo, confortable y con servicio de comida y bebida de la mejor calidad. El precio es justo, pero yo andaba con miedo de que nos pegásemos un trompazo.
¿Se llenará?
Hemos vendido un tercio de las entradas en un día y me deja tranquilo pero, a decir verdad, lo celebraríamos aunque vendiésemos sólo una. Lo celebraríamos por el mismo motivo por el que uno de los ponentes —no, no diré su nombre— me dijo “Javier, voy porque en los tiempos que corren, hay que tener huevos para hacer un evento sobre lo sublime”.
Por definición, lo sublime se opone a lo conformado, a lo normativo, a lo asimilado. Hay una doble intención en convocar un evento así: por un lado, hacernos preguntas incómodas acerca de lo que creamos y producimos todos los días, y por otro, tratar de motivar, ¡de encabritar! nuestras aspiraciones; que saquemos a nuestros productos —a codazos y empujones— del cuadrante insulso de lo utilitario, donde todo se marchita despacio, que peleemos por la trascendecia, como mercado y como cultura. Me temo que lo contrario es moho y acartonamiento, irrelevancia y fluoxetina. Y no hemos montado este Instituto para eso.
Tengo ganas de mañana, de que nieve, de comer sopa castellana para entrar en calor, de escuchar la berrea de los corzos al atardecer. Tengo ganas de que, ya de noche, nos lleguen desde la habitación de al lado las conversaciones de los chicos que, en lugar de dormir, conspiran en amistad hasta entrada la madrugada.