Me ha sabido a primavera
En agosto del año pasado me lancé a la piscina: hicimos público un programa sin saber quién iba a dirigirlo impartir la mayor parte de las clases. No habíamos concretado nada pero teníamos un magnífico cartel, de los que diseñó Sonia Castillo cuando dimos forma visual a nuestro discurso. El cartel es este:

Confieso que, secretamente, yo tenía a alguien en la cabeza. Había visto trabajar a Marta Salinas en BBVA, hablando claro en reuniones de esas de mucha gente donde todo el mundo es prudentemente silencioso, siendo sensata pero rigurosa, con propiedad y dominio. Para colmo, Marta tenía formación sólida en ciencias sociales; traía el rigor y el entendimiento que falta a menudo en la investigación de usuario. Rigor y sensatez; qué difícil de encontrar.
Marta accedió a impartir unas clases en los programas de diseño de interacción y de dirección de producto. A ambos grupos les vino genial y decidí que o ella dirigía el programa o lo devolveríamos al cajón.
Es muy complicado dar con profesores a la altura de lo que quiero. Quienes tienen la madurez —llámalo experiencia, juicio y capacidad de contar— no suelen tener el tiempo. El Instituto paga a profesores y directores mucho más que cualquier otra escuela de Madrid, sin embargo, eso no es suficiente. O dicho de otro modo, nadie de mucho nivel enseña por el dinero.
Creo que a todos los que enseñamos en el Instituto nos mueve lo mismo: contacto con alumnos, autoexigencia y poner orden en nuestro conocimiento para que, una vez estructurado y con sentido, se vuelva transmisible. Prepararse para enseñar es como domar a un animal salvaje, como subirse a un coche en marcha y tomar el control, como conocer una ciudad desde todas sus calles y sentidos de circulación. Hay un placer tremendo en ello. Seguro que se genera alguna hormona terminada en -ina que nos provoca adicción. Pero el esfuerzo es brutal. Hay que pasar muchísimas horas de intensidad mental poniendo en orden ideas, conectándolas, dándoles cohesión y discurso. Después hay que desmontar todo el constructo y llevarlo por piezas a la clase. Allí se montarán de nuevo y, al terminar se sentirá gran placer. Subidón, dirían algunos. Al día siguiente la extenuación.
La semana pasada, Marta Salinas aceptó dirigir el Programa Profesional de Investigación de Usuario. Será una codirección, junto a María Zarate, también socióloga, sensata, juiciosa y con lo mejor de esa gran escuela que ha sido Designit para el mundo de la investigación de usuario en España.
La cosa tiene doble mérito, pues ocurre en el momento en que acaban de nombrar a Marta responsable de investigación de todo el banco; Principal Manager lo llaman. No me extrañó cuando lo supe, me parecía obvio, predecible y oportuno, casi necesario.
La noticia de Marta y María me ha sabido a primavera, a cosas que se completan, como un puzle que aún no se ha terminado de armar, pero al que ya le has visto el camino.

El campo alrededor del refugio no hace más que tontear conmigo, con todos esos árboles en flor, como si supiese que no me queda otra que estar en Madrid, atendiendo entrevistas y reuniones, y quisiera provocar.

Hasta el almendro que crece en el portal de la casa, el que tuvimos que podar completamente para que no hiciese sombra a las placas solares, ha sacado flores, así, de golpe, como palomitas de maíz. Así están las cosas.