¿Matar la ciudad?
A medida que me hago mayor, disminuye mi entusiasmo por las figuras revolucionarias. Las veo inconscientes y egocéntricas, dispuestas a derribar los valiosos logros de décadas y décadas de mejora evolutiva a cambio de gloria y atención, ávidos de un buen púlpito en el que proclamar la muerte de lo viejo y el nacimiento de un nuevo orden.
Con Corbusier me pasa parecido, qué le vamos a hacer. El entusiasmo de las primeras lecturas, cuando lo relacionaba con la necesaria sistematización del diseño digital, dio paso a una cierta desconfianza y se encuentra ahora en un de entrada no.
Hoy me encuentro con una cita del suizo —sí, suizo tenía que ser— en la que dice:
La arquitectura está condicionada por el espíritu de una época, que está hecho de las profundidades de la historia, de la noción del presente, de la previsión del porvenir.
Fíjate en el desprecio por lo histórico —o lo cultural, que es lo mismo—, que es para él profundidad y oscuridad; y la suficiencia con la que se refiere al porvenir, que no es especulación, sino una previsión, un yo sé lo que viene, yo lo sé (mientras se da palmaditas en el pecho).
Hace no demasiado leí una magnífica entrevista a Ricardo Bofill. En ella, el maestro ponía en palabras e imágenes mentales lo que yo sentía respecto a Corbusier, pero no sabía explicar:
Bueno, siempre he dicho que Le Corbusier fue el único arquitecto que mató a la ciudad. Él tenía un total desprecio por la historia. El odiaba la ciudad. Quería dividirla, segregarla en zonas para vivir, trabajar, comerciar, y así sucesivamente. Pensaba en las ciudades y los edificios como máquinas. Mis puntos de vista siempre fueron los opuestos. Cada ciudad es un lugar mucho más complejo, un lugar conflictivo, contradictorio y corrupto. Las ciudades necesitan ser reparadas y curadas, no demolidas y construidas desde cero. Las ciudades comenzaron hace 10 mil años, pero para Le Corbusier no existía la historia. Sus manifiestos únicamente miraron hacia adelante. Pero es claro que la gente prefiere vivir en centros históricos, no en ciudades nuevas. Yo intento encontrar alternativas al modernismo simplista mediante la recuperación del espíritu de la ciudad mediterránea.
Con el diseño de interacción percibo exactamente lo mismo. Veo manifiestos, proclamas y nombres nuevos para cosas de siempre, como si quienes los lanzasen sintiesen el entusiasmo embriagador de pavimentar carreteras hacia terrenos nunca antes transitados.
Sin embargo, el diseño, sea del tipo que sea, no es ni más ni menos que la materialización de maneras de interactuar con nuestro entorno. Las personas quieren hacer las mismas cosas, sienten las mismas cosas y necesitan las mismas cosas. Una tecnología determinada puede hacer que cambie el contexto de una tarea, su velocidad, los códigos que usemos para transmitir información, pero los motivos son siempre humanos, siempre los mismos.
Para entender, por ejemplo, el cambio de la internet tradicional a la internet del smartphone hay que comprender el de la radio de válvulas al transistor de bolsillo, o ir más allá y estudiar el tránsito del del libro manuscrito al libro de imprenta. Esos mismos aprendizajes nos valdrán para aprehender la próxima gran tecnología, sean las interfaces de voz, neuronales o lo que sea que se inventen.
¿Qué clase de diseñadores formamos si no les damos ese entendimiento, esa perspectiva? ¿De qué vale enseñar las herramientas y las metodologías si no se estudian los códigos, los patrones universales que rigen cómo nos relacionamos con nuestro entorno?
Cambiará la tecnología y haremos interfaces nuevas para exactamente los mismos propósitos y tareas. Seguiremos siendo y diseñando para humanos con las mismas necesidades, personas que quieren vivir, ser felices, cuidar de los suyos, amar y ser amados.