Magullados y sonrientes
En media hora Madrid pasará a fase 1 y lo siento, lo sentimos todos, creo, como el final psicológico de la cuarentena, aunque sigamos en casa la mayor parte del tiempo y en modo alerta cuando salimos.
Recuerdo el desconcierto de las primeras semanas y la angustia cuando, a mediados de marzo, veíamos que esto iba para largo. Llegaron las cancelaciones de charlas, visitas de profesores invitados, cursos y programas cuyo inicio había que posponer. El bloqueo mental por el susto, la inmovilidad que te provoca hacer números y ver que no salen y que, o esto mejora o no llegamos a septiembre vivos.
La incertidumbre sigue ahí, pero el desbloqueo se fue de golpe y explotaron, como una presa que revienta, las ganas y las fuerzas para hacer cosas. En los dos últimos meses hemos puesto en marcha los Canales del Instituto, hemos diseñado un Protocolo de Salud y Seguridad, y hemos preparado una batería de cambios que incluyen planes de padrinzago, becas, bajada de matrículas y unas cuantas cosas más. Todo esto mientras dábamos clase (online) los viernes.
Diseñando, maquetando, montando, documentando, dando clase, haciendo números, hablando con bancos, entrevistando a candidatos…
¡Madre de Dios, nunca habíamos trabajado tanto!
Llegamos al final de la cuarentena con el coche lleno de abolladuras, cristales rotos, humo saliendo por todas partes y magullados. Ppero llegamos, sonrientes, sin ERTEs, ni bajadas de sueldo ni despidos.
Lo mejor de todo, al menos para mí, ha sido el placer que me ha dado, y me sigue dando, escribir los guiones del Canal Interacción (por suerte para la documentación y el montaje me apoyo en Mónica e Isabella).
La obligación de tener un “episodio” cada semana está desoxidándome el cerebro y dándome una agilidad que disfruto mucho. Vuelvo a mis recuerdos de las clases con los profesores Bowes, Bereano y Anthony B. Chan. Me acuerdo de los anocheceres de Seattle a las cuatro de la tarde y de un año en el que no salió el sol durante noventa y nueve días seguidos. Ríete de la cuarentena.
Los guiones se van gestando durante la semana, con notitas aquí y allá: ideas que ya estaban ahí pero que no se habían conectado, o no se habían verbalizado en mi cabeza, de golpe encajan. Y un día —puede ser un miércoles o un domingo— de sopetón, me tengo que sentar y escribirlo todo de golpe, como esos partos de grandes mamíferos en los que la madre, de repente, deja caer al suelo un paquete viscoso enorme que, al cabo de minutos, es un lindo cachorro de elefante, caballo o ciervo. No sé, así se siente.
El formato de video da mucha libertad, permite combinar un fragmento de texto con una película, con un audio, música, fotos, etc. Eso, que no puede hacerse en un artículo, me deja pensar y construir “tridimensionalmente”. Puedo conectar ideas con ideas, pero también una canción con un concepto, darle personalidad a un autor e hilarlo todo con una idea que no quiero dar yo, que quiero que se forme en la mente de quien ve el video.
Aquí tienes un ejemplo, para que entiendas a qué me refiero.
Usando videos sé que no puedo provocar la profundidad de pensamiento que conseguimos en una clase, ni la adaptación a los alumnos o la multidireccionalidad. Pero sí puedo conectarlo todo con todo, trenzar lo emocional con lo funcional y lo sensorial, saltar en el espacio y el tiempo y vincular cosas de naturalezas muy diferentes.
Me muero por retomar las clases presenciales, por volver al refugio, por tomarme cafés con gente interesante en la sede del Instituto… Pero también tengo miedo de que el día a día, las reuniones, comidas, llamadas y los taxis de un sitio para otro, me roben ese estado mental como de Bradley Cooper en Limitless, que tanto estoy disfrutando.