Lo sabían los hebreos
Mañana cobro. Me imagino saliendo del debate lleno de moratones, con un ojo hinchado y el labio partido, pero sonriente.
Sin saber muy bien cómo ni por qué, me he liado la manta a la cabeza y he propuesto a Máximo Gavete (el de Honos, sí) debatir en público si el diseño, la profesión, el acto, es mejor o peor cuando es ideológico. Al debate hemos sumado a Lis Roselló y a Raquel Lainde, las dos con discurso y argumentario sólido y bien trabajado, para que la cosa sea más emocionante.
Que estoy en minoría en el panel es obvio, pero más aún lo estoy si consideramos que al debate (online) puede asistir cualquiera y va a ir gente con ganas de intervenir. Y todos sabemos que la gente más inclinada a intervenir suele ser la más politizada. Que voy a cobrar lo sabían los hebreos, como dice Jara.
Sería un error aprovechar esta cartita para exponer aquí, de forma sosegada, mis argumentos acerca de por qué creo un error politizar el acto de diseño. Le estaría anticipando mis argumentos a mis adversarios dialécticos y, a ver, soy dialogante pero no tonto.
Al debate voy con algunas certezas, que son producto de mis vivencias y reflexiones, pero también con mis dudas (algunas tengo, ojo), ganas de aprender y de pasarlo bien, que para eso tengo buenos adversarios. Sin embargo, a menudo dudo acerca de estos debates ¿Valen para algo? Le doy muchas vueltas a si merece la pena mantener un discurso abierto, a si compartir lo que uno piensa es útil o siquiera legítimo. A si las palabras son lo que importa o mejor hablar haciendo.
Llevo años con esta imagen, esta estampita, en el escritorio: San Juan de la Cruz, alguien que, a pesar de estar tan lejos cronológicamente, me ha influido mucho en momentos complicados. Lo tengo ahí como recordatorio, como quien se hace un tatuaje para no olvidar una intención. La cumplo poco, pero no por eso dejo de pensar en ella y en su acierto.
Antúnez, que no es del s. XVI ni es santo, aunque sea un hombre bueno, habla mucho (y muy bien) de estos temas actualizados a nuestra realidad. El le exige a la organización moderna que no se quede en el decir, sino que lo prolongue al ser, el estar y el hacer con conciencia y coherencia. Que del propósito surja la narrativa y de ahí el producto. Que obras son amores y no buenas razones.
¿Diseñamos políticamente? No está claro, pero es obvio que quienes se sienten más tocados por lo ideológico son quienes más se preocupan de manifestar su ideología, de asegurarse que todos sabemos lo comprometidos que están con tal o cual -ismo. La cosa me recuerda al tipo de la Harley petardera: va atronando para que el sonido anticipe su presencia y nadie quede sin mirarle.
Algunos y algunas van más allá y se permiten la licencia de posicionarse muy abiertamente en los amores y hacer lo contrario en las obras: en una ventana tuiteo contra el capitalismo y en la otra diseño para él. Cómoda esquizofrenia que seguro practica alguno de los asistentes al debate de mañana.
En una ocasión, un aprendiz se acercó a Henry Dreyfuss, padre de la ergonomía moderna, y le preguntó ‘Mr. Dreyfuss, why do we design?’ a lo que el maestro le respondió ‘To make the rich, richer, son. That’s why’. Meses después, Dreyfuss se suicidó.