Me gusta asomarme a las comunidades de apasionados de algo. En algunas entro un poquito, en otras me asomo desde fuera, como quien mira por una ventana. Últimamente estoy muy pendiente de los audiófilos y de su manera de entender la música y lo sonoro, pero guardo distancia.
Los audiófilos son ese pequeño grupo de obsesionados por lograr siempre la mejor calidad de audio posible, por recibir el audio de la forma más parecida y fiel a lo que los instrumentos y las voces emitieron. En su cruzada, gastan cantidades impúdicas de dinero en equipos de música, altavoces, auriculares y cables y todo material por el que el sonido pase, se exponga y pueda contaminarse. Son los guardianes de la pureza, los sacerdotes de la inmaculada onda de audio.
Puedo pasarme horas escuchándoles en youtube, leyéndoles en sus blogs y comunidades. Para superar la dificultad de conversar con palabras escritas sobre cosas escuhadas, han desarrollado un vocabulario espectacular, riquísimo y lleno de términos muy específicos para describir todas las cualidades de lo sonoro:
Hablan de timbre, sibilancia, bajos, medios-bajos, agudos, rango-medio, tonalidad, temperatura, intensidad, escena, separación… De sonido divertido, neutro, clínico, velado, con huella o sello, cálido… De bajos opresivos, retrasados, que tienen pegada, o thump, limpios, neblinosos… Y de agudos punzantes, que pellizcan, afilados, ricos, atenuados, informativos, detallados o suavizados.
Ese léxico tan extenso me recuerda, a menudo, a aquella historia de los esquimales y sus nosecuantas palabras para nombrar tipos de nieve y hielo.
Les veo con cierta distancia, como decía, pero tratando de aprender. De ellos aprendo a disfrutar más del sonido, como quien aprende a distinguir un vino bueno de uno malo, o un ibérico de bellota de un serrano cualquiera, o los tomates malos de los buenos, ya me entiendes.
También aprendo acerca de su amor por la palabra, algo con lo que insisto mucho mis alumnos: su capacidad para crear estará siempre limitada por su capacidad para verbalizar, y eso aumenta cuando además necesitan que otros paguen o desarrollen lo que ellos proyectan. Ay el vocabulario.
Mi amigo Javier Suárez Quirós, mi persona de referencia para todos estos temas, la persona que más sabe de sonificación de producto y quien escribió el capítulo sobre el tema en Design Graduate, es ligeramente excéptico con los amateurs de ese hobby: “Muchos de ellos han perdido, por la edad, la capacidad de escuchar muchísimas frecuencias, sin embargo, ahí los tienes, gastando miles de euros en aparatos que les dan algunos hercios extra que no podrán escuchar”. Esa crítica es extensible, creo yo, a la mayoría de hobbies que requieren de instrumentos muy técnicos entre la persona y aquello sobre lo que actúan. La fotografía lo ha sido siempre y, poco a poco lo va siendo también el deporte, con su gadgetificación extrema.
Sin embargo, mi distancia no es por eso —confieso que ya llevo algo de dinero gastado en auriculares que dan buena escena y son fieles a “la curva Harman”—, lo que me incomoda, lo que evita que no me entregue a ellos en un abrazo colectivo, es el hecho de que les importe más la pureza de sonido que el contenido y el mensaje de la música. Son audiófilos, no melómanos, ojo, y ahí está su rasgo clave.
Si aplicásemos sus reglas al mundo de la literatura, en lugar de al de la música, no serían gente interesada por sumergirse en la obra, sino por tener libros de un papel y diseño lo más parecido posible al que usó el autor original, con sus mismas tipografías y tamaños, y que fuesen leídos en las condiciones de luz en las que el escritor o la autora los parieron. Las ediciones de bolsillo o en libro electrónico serían un sacrilegio y el mensaje sería secundario. Si tal grupo de amateurs existiese, tendrían imprentas propias en sus casas, parecidas a impresoras 3D, o comprarían ediciones tremendamente fieles a los primeros origin… Espera, eso existe y se llaman facsímiles. De hecho, hay hasta editoriales especializadas en hacer facsímiles de altísima calidad, usando los mismos papeles y tintas que las obras originales. En fin, paro con la analogía porque me da miedo a dónde puede llevarme.
Otra de las cosas que aprendo con ellos, como cada tipo de sonido y cada zona del espectro transmite algo en la música: los agudos suelen dar más información, los bajos tienen más efecto en lo emocional y lo atmosférico, hay grabaciones con espacialidad, otras con concentración…
Lo mismo pasa en el diseño de un producto digital: tiene partes más emocionales y otras más informativas, las hay con espacio para transmitir muchas cosas y las hay que deben ir al grano. Incluso, ahora que estamos diseñando agentes de voz por IA, me doy cuenta de lo importante que es todo eso aplicado a lo conversacional.
Precisamente la semana pasada creamos uno para Design Graduate. Es work in progress, pero me está sirviendo para testar algunos conceptos, para ver cómo traducir, en un prompt, instrucciones habladas a comportamientos y maneras de actuar, en un proceso similar e inverso al de los audiófilos.
El prototipo se llama Victoria y su función es ayudarte a entender si Design Graduate es para ti. La hemos entrenado con muchísimo conocimiento de diseño y le hemos dado parámetros de humanidad muy específicos. Queda mucho por refinar aún y por eso te invito a que hables con ella y me cuentes lo que te ha gustado, lo que no, lo que te sorprende, lo que esperabas, etc. Por ahora, la tenemos alojada en Vidiv y tendrás que pasar por su onboarding, pero son sólo dos pantallitas.
Pruébala, por favor, me ayudarás mucho. Además, prometo compartir por aquí algunos de los aprendizajes que estoy registrando y ordenando acerca de crear este tipo de interfaces de voz.
Cuando hablamos del fin de la interfaz, mucha gente pregunta “Javier, y entonces, cuando desaparezcan las pantallas, qué?” Creo que estamos, poco a poco, construyendo la respuesta. ¿Me echas una mano?