Leña, humo y latón
Acabábamos de instalar la estufa y había que probar el tiro. Eché algunas ramas y hierbas secas, un tronco medio carcomido y algo de papel para que prendiese el fuego. Todo parecía ir bien: el fuego crepitaba y las llamas se dirigían al escape sin que saliese humo fuera de la estufa. Salí al exterior corriendo, ilusionado, a ver el humo escapar por la chimenea y de repente lo sentí: el aroma de la leña ardiendo, el humo mezclado con el frío que invadía los alrededores del refugio.
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Viví ese pequeño logro como una gran victoria. De algún modo, la estufa, el fuego, le dan sentido al espacio, lo completan. Y, aunque queden detalles, esas paredes de piedra ya son —vuelven a ser— un refugio de verdad.
El viernes, en el Instituto, sentí algo parecido. Se celebró la primera clase, la de los doce de dirección de producto, y todo fue a pedir de boca. Horas antes habíamos puesto la placa en la puerta, no por casualidad, sino porque llegó justo a tiempo y, aunque no fuese necesaria, coronaba el espacio. La placa y la llegada de los doce alumnos hicieron que este espacio en Goya 27 dejase de ser una propiedad inmobiliaria, un espacio donde se cuece un proyecto, y se convirtiese de repente en una escuela.
Da lo mismo el tiempo que lleven las cosas de una cierta manera, que en un instante puede cabiar todo su sentido. Un detalle, un gesto, un momento, una placa de latón, unas personas o el olor de la leña hacen que todo se transfigure para empezar de otra manera.