El salón del casino estaba decorado con luces de neón, alfombras de un rojo vibrante y un aire cargado de humo de tabaco y expectación. Era una noche especial en Las Vegas, y en la mesa del fondo, con una vista perfecta del escenario, dos figuras emblemáticas del mundo de la arquitectura discutían mientras cenaban: Ludwig Mies van der Rohe y Robert Venturi. La noche estaba a punto de estallar en una de las peleas más memorables de la historia de la arquitectura y la farándula.
Venturi, con una sonrisa ladeada y un trago de whisky en la mano, miró a Mies con aire de provocación. “¿Sabes, Ludwig? Las Vegas es la verdadera cara de la arquitectura trascendente. Aquí, todo lo que tú y los tuyos rechazáis y despreciáis cobra vida. Es la ciudad donde la gente vive y siente, no como tus jodidas cajas de vidrio estéril.”
Mies, vestido impecablemente con un traje negro y una corbata estrecha, frunció el ceño mientras encendía un puro. “Esto es un espectáculo grotesco, Robert. Una caricatura de lo que la arquitectura debería ser. Esto no es más que luces, neón y puterío. Todo aquí grita superficialidad y decadencia.”
Venturi soltó una carcajada y golpeó suavemente la mesa. “¡Exacto! Eso es lo que tú no entiendes, Mies. La gente ama la ironía y el exceso. No todo tiene que ser tu fría y austera ‘menos es más’. Aquí, lo que importa es el ‘más es más’, el placer, la diversión.”
Antes de que Mies pudiera responder, las luces del escenario se atenuaron y un foco se posó en el centro. Frank Sinatra, con su característico sombrero inclinado y la chaqueta medio desabrochada, entró en escena, tambaleándose ligeramente. El brillo en sus ojos delataba que ya llevaba unos cuantos whiskies de más.
“Buenas noches, damas y caballeros,” dijo Sinatra con una voz profunda y magnética. La multitud estalló en aplausos y silbidos. “Esta noche tenemos a dos invitados muy especiales. Uno es un tipo que piensa que las luces de Las Vegas deberían apagarse a las diez de la noche porque tiene un palo en el culo tan grande que lo confundimos con un poste de luz. ¡Demos la bienvenida a Ludwig Mies van der Rohe!” Los aplausos se entremezclaron con risas y miradas nerviosas.
Mies, con la mandíbula tensa, clavó los ojos en Sinatra. Venturi, riéndose a carcajadas, se inclinó hacia él. “¡Vaya, parece que la leyenda del Rat Pack te tiene calado, Ludwig!”
Sinatra, sin perder el ritmo, añadió, “Y por supuesto, tenemos a mi tipo favorito de la noche, el hombre que dice que Las Vegas es la meca de la arquitectura verdadera… Robert Venturi. ¡Ese hombre sabe divertirse!” La multitud rugió de nuevo.
Mies se levantó lentamente, con el puro humeando entre sus dedos. “Esto es un circo de mal gusto, Robert. Y tú y tus teorías baratas sois los payasos”, espetó en su torpe inglés, cargado de consonantes alemanas.
Sinatra aprovechó la confusión para tocarle el trasero a una corista. La chica respondió con una bofetada que resonó en el micrófono: cliiiiiiiing. El crooner se repuso rápido, dirigiéndose de nuevo al arquitcto alemán: “¡Oye, oye! Míster Bauhaus, relájate un poco. Aquí en Las Vegas, nadie tiene tiempo para tus discursos de misa. La vida es corta, y todos queremos más whisky y más música. Tus putas casas de vidrio están bien para los mosquitos de Illinois, pero aquí nadie te quiere, ¿sabes? Aquí las cosas brillan solas.”
“¡Un nazi, hay un puto nazi en la sala!” gritó de repente alguien del público, apuntando con el dedo hacia Mies. El salón estalló en murmullos y risas nerviosas. Sinatra, riendo como si fuera parte del espectáculo, levantó su vaso. “¡Brindo por eso, joder! Alguien lo tenía que decir.”
Mies, rojo de furia, lanzó el cigarro al suelo y se acercó a Sinatra, sus ojos encendidos. “¡Ten cuidado con lo que dices, Sinatra! La arquitectura y la vida no son un espectáculo de borrachos y putas. Represento la esencia de lo que significa el orden, el propósito.”
Sinatra lo miró con una sonrisa torcida, medio tambaleándose mientras levantaba la mano con otro vaso. “Orden, ¿eh? Pues te falta un trago, amigo. Aquí, lo único que ordenamos es otro whisky. Y tú necesitas uno.”
En un instante, la tensión explotó. Mies empujó a Sinatra, haciendo que el cantante retrocediera sobre una mesa y derramara copas y platos. Las coristas gritaron y la multitud se levantó como un mar en agitación. Venturi, riendo a carcajadas y con las lágrimas corriéndole por las mejillas, levantó su vaso y gritó: “¡Viva Las Vegas y sus putas luces de colores!”
Sinatra, con la corbata suelta y los ojos brillando de furia y alcohol, se levantó tambaleándose y lanzó una botella vacía que se estrelló contra el suelo. “¡Aquí solo hay espacio para el espectáculo, abuelo!”
El salón se convirtió en un pandemónium, mientras los guardias de seguridad intentaban separar a Mies y Sinatra, y el público seguía gritando y riendo. Las Vegas, esa noche, sería recordada por un espectáculo diferente al habitual, el del choque entre modernidad y posmodernidad, en la arquitectura y la manera de estar en el mundo.
Fin.
Hay un par de versos en la canción que empieza a sonar justo cuando interviene la policía que creo que son esclarecedores en este aspecto: “don't you know, little fool? You never can win. Use your mentality, wake up to reality” Igual no hay que entenderla, simplemente hay que vivirla.
Gracias por rescatar este escenario Javier es una representación tan perfecta de la belleza desde ambos lados. Lo calvinista en Mies , lo barroco y caótico en Sinatra , " my own way". Y para ti ?? una persona que ama la belleza y la proyecta en todos los ordenes de su vida .. cómo entiendes la belleza que lleva a la destrucción propia por el exceso , que lleva consigo los dos extremos al mismo tiempo . Tenemos que tomar posición todo el tiempo de todo , o ser meros espectadores?. Hasta dónde tenemos que intervenir para que no hay autodestrucción ?.