Las flores de Okakura y un cosmonauta flotando
Releyendo el Libro del Té, de Okakura, me encuentro con este pasaje:
Nos bautizamos y nos casamos con flores. Morimos entre las flores.
Hemos adorado con los lirios, meditado con los lotos, y a la vez que cargábamos con los arcos de las batallas lo hacíamos con la rosa y el crisantemo.
¿Cómo pues, podríamos vivir sin ellas?
Hoy ha sido el primer día de habitar la sede del Instituto. Aunque traíamos pocos —pero buenos— bártulos del estudio anterior, son piezas cargadas de significados. En cada mueble, objeto, adorno, hay depositados sentidos, alusiones, referencias y anclajes culturales.
He pasado un bueno rato dando vueltas con uno y otro trasto mientras me decía a mi mismo “no, esta radio Sony de onda corta no puede estar al lado de las revistas de Ulm, son cosas distintas. Y este póster de los Eames no encaja en la misma pared que el cuadro de Jeremy Geddes, no mezclemos”, todo con pisadas fuertes, suspiros y miradas en blanco a cada dos por tres. Apuesto a que Mónica e Isabella me observaban pensando que definitivamente había perdido la cordura.
Desde hace más de diez años no uso camisetas con mensajes ni alusiones, sin embargo me gusta que sean los objetos y adornos de mi alrededor los que narren nuestro pensar y sentir. Mitad por fetichismo y mitad por ornamento, veo con claridad que esas son nuestras flores.
Hoy me he visto con un cliente de ya hace muchos años, con quien mantengo una grata complicidad intelectual, con un antiguo alumno que luego fue socio y compañero y ahora trabaja en la gran corporación haciendo que ocurran los buenos productos y, a última hora, me he reunido con un directivo de una empresa que todos conocemos y queremos, que se plantea cursar el Programa de Dirección de Producto. Tres trayectorias muy distintas con un anhelo común, por encima —no me cabe duda de esto— de lo monetario: hacer tecnología más humana, hacerla mejor. Así da gusto volver a casa, aunque sea tarde.