¿La cocina para qué?
Acabo de cocinar una tortilla en el refugio: aceite, huevos, algo de queso, sal y un fogón de gas. Quizás te parezca una tontería pero para mí es una victoria, una conquista. Tenemos fuego para calentarnos, tenemos agua caliente e inodoro para el aseo y lo fisiológico y tenemos capacidad de procesar nuestra comida. El refugio es habitable, con poquísimo impacto medioambiental. Mañana brindaremos por ello con V, que nos ha ayudado a hacerlo posible.
Hace unos días nos encontramos por aquí cerca un puñado de libros viejos. Uno de ellos es sobre arquitectura de interiores, de los setenta. En el apartado sobre cocinas se menciona un prototipo presentado por unos proyectistas de Ulm para la Bulthaup que el autor califica de indudablemente funcional, aunque más propio para una astronave.
Me reí al verlo. Hace unas semanas, en Barcelona, Carlos Iglesias y yo hablábamos de ello en su podcast: del estudio de Otl Aicher para Bulthaup, de cómo el proyecto empezó con una petición de logo y terminó con un libro, un verdadero estudio acerca del acto de cocinar y toda su dimensión formal y funcional. Nuestra conclusión —o la mía, al menos— es que las cocinas de Bulthaup son una proeza estética y probablemente funcional, pero no están considerando la dimensión social de la cocina, del espacio y del uso que se le da —que le damos— en las culturas de raíz latina-mediterránea.
En nuestras sociedades, la cocina no es un espacio-instrumento que sirve para cocinar igual que el trastero sirve para almacenar o el aseo sirve para asearse. Aquí, en Cádiz, Cadaqués, Marsella, Sicilia o Atenas, en Quito, Bogotá o Buenos Aires, la cocina es un lugar de encuentro informal, de confidencia, de confianza, de confort. La comida puede parecer el fin pero en realidad es el medio; sirve como excusa, como catalizador. En la cocina se elabora la comida mientras se habla de las cosas en crudo. Después, en el comedor, en la mesa, se come y se pueden tratar los temas con más formalidad, ya cocinados. En la mesa no se habla de ciertas cosas, no de las que se habla en la cocina. La cocina es calor, es encuentro, es vínculo y es verdad.
Cuando presentamos el Instituto Tramontana di una charla en la que me preguntaba para qué se usarían algunas tecnologías actuales si Apple o Google fueran empresas del sur de Europa y no de la América de raíz presbiteriana, si primasen los vínculos y los sentidos como lo hacemos aquí y no el sacrificio y la individualidad, lo cuantitativo y el rendimiento funcional y material como hacen allí. Pues bien, este ejemplo de cocina “tecnoprotestante” me sirve a la perfección para explicar esa visión del mundo y del diseño de productos tan alejada de nuestra cultura: la cocina para cocinar, sí, pero para nada más; cocinar como un acto funcional cuyo único fin es optimizar el procesado de alimentos, reducir tiempos y esfuerzos.
La modernidad de mediados de siglo que heredamos de la Hoschule für Gestaltung de Ulm, nieta del calvinismo puritano, nos ha traído algunas cosas muy buenas pero encaja mal con otras. Lo hemos hablado Máximo Gavete y yo bastante, cuando nos fijamos en la Braun de 1963 que compra a la española Pimer y produce en Esplugues algunos de sus electrodomésticos; por algún motivo, deciden que aquí se fabrique todo lo relacionado con el aseo y la cocina y en Alemania todo lo que tiene que ver con el despacho y el salón. Aquí producen batidoras, allí calculadoras. ¿Tendrá alguna lógica?¿Serán motivos industriales, logísticos o culturales?
Habitar este refugio a menudo plantea necesidades difíciles de satisfacer. He tenido que ir andando, en mitad de la noche fría y negra, hasta casa de V a pedirle prestado un pequeño electrodoméstico, uno de de los que fabricaría la Braun española.
En la precariedad de la España vacía no hay cocinas como la de los proyectistas de Ulm ni aseos perfectos. Sin embargo, dignificamos una tortilla con queso y chapuceamos una cortina de baño para ponernos guapos y cenar como la mejor noche, aunque haga frío fuera y estemos solos en mitad de la nada.