La casa de la maestra
El viernes tuve que ir al refugio a ver algunas cosas de la obra. Aún era de noche cuando dejé a Javi en el colegio y enfilé carretera hacia el campo. No podía haber elegido un día más otoñal.
Llegando a cierto punto del camino, hay un paso a nivel que casi siempre encuentro abierto; esta vez lo alcancé mientras la barrera estaba bajando con su ding-ding-ding de advertencia. Si el día ya incitaba a la melancolía, ver pasar un tren de mercancías pausado, sin personas, casi fantasma, delante mío, remató la faena.
Es curioso, ese paso a nivel siempre ha funcionado como una frontera psicológica: cruzada la vía (en primera, para evitar sustos) ya siento que estoy a salvo del mundo, que dejo atrás
Los asuntos del refugio se resolvieron con premura. La obra va rápida y a este ritmo mi Navidad olerá a fuego de leña y campo. Ojalá también suene a ese silencio tan característico que lo invade todo cuando nieva.
En la obra se había colado un sapo, un sapito más bien. Nunca he entendido a esos bichos ¿Son de agua o de tierra? ¿Por qué demonios se mete uno en una casa precisamente cuando está lloviendo? V. lo cogió en su mano y le hice esta foto. Es lo más cerca que me verás de un bicho de esos.

V. anda rehabilitando otra casa de la aldea y juntamos au rato libre con mis ganas de cotillear para que me la enseñase. Nada más cruzar el umbral de la puerta, cambio de textura y frontera de nuevo. Del desasosiego exterior, entramos a una ligera calidez.

Se trata de una casa de fachada y exterior modestos, sin ornamentación, que asoma a lo que podríamos llamar la plaza del pueblo. Por dentro, mantiene la estructura clásica de las casas de campo castellanas: abajo los pesebres y una cocina, encima la residencia y las alcobas, en la buhardilla el grano.
Recorriendo las estancias, le pedí permiso a V. para tomar algunas fotos, mientras conversábamos sobre el dilema de cuánto restaurar. Más confort para los nuevos habitantes supondrá más cambio, más sustitución de lo viejo por lo nuevo. A V. se le junta la pertenencia y el amor por su aldea con el respeto por lo verdadero, por los materiales, métodos y en general la integridad de ese edificio, que acogió durante muchos años a la maestra que enseñaba a los cinco niños de la aldea.

Volví pensando en esa idea, la integridad. La casa de la maestra está ahí, dispuesta a servir, desde antes de que tú y yo tengamos ordenador, coche o siquiera existencia. Está ahí aunque nadie la reclame, desde antes de que exista mi barrio, la red de metro o la mayoría de edificios de nuestras ciudades. No hace ruido, no trata de destacar, no manda notificaciones para que sepamos que existe. Integridad en la forma, dignidad en la función. Aguarda, en silencio, a que alguien necesite su luz del sur, la calidez de su madera, su sombra fresca en verano y el refugio en un día frío de otoño. Nadie se lo ha pedido en muchas décadas, pero ella sigue esperando y ofreciendo, sin molestar a nadie.