La tarde en Ivrea era un horno, y el aire espeso se colaba en la planta de ensamblaje de Olivetti, donde el repiqueteo de las máquinas de escribir marcaba el ritmo del día.
Plas, plas, plas ... ¡quién sabe lo que esas llamas devoraron!
Plas, plas, plas ... ¡quién sabe lo que esas llamas devoraron!