Ha caído la noche y...
Ha caído la noche. Estoy en al algún lugar entre Soria y Madrid, conduciendo por una carretera secundaria desde la que no se atisba luz de población alguna. Cruzo lo que llaman la España vacía.
No me apetece escuchar noticias; mucho menos el carrussel deportivo, así que cambio y suena esto:
https://open.spotify.com/track/2wb7CNeYn1JZjQ1qUzgmtb?si=Sm2OpfwWSIKexvkyHU6t5Q
Por favor, reprodúcela tú también mientras me acompañas con tu lectura, imagina que estás en el asiento de al lado, en silencio.
Vamos despacio, con precaución. No queremos atropellar a ningún corzo que cruce despistado. Al fondo vemos las luces de alguna aldea; cuatro farolas y alguna casa con la chimenea humeante. Las noches de otoño por aquí ya son frías.

Aunque la luz del coche es cálida, al tocar el cristal sientes el frío, el viento y la soledad que hace fuera, como en una película de Nuri Bilge Ceylan o como en una foto de Navia. De noche, por estas carreteras, Castilla y Anatolia se sienten igual.
El desasosiego te estremece, la soledad te invade y de golpe sientes que todas las penas se han concentrado en tu pecho, mientras la garganta se contrae y tratas de evitar —sin éxito— que los ojos se humedezcan.
¿Por qué esa desazón, si todo está aparentemente bien?
Y se te presenta la revelación, así, de repente, casi como una epifanía: en toda esa inmensidad ventosa, en esa oscuridad tan ajena, te sientes más pequeño y más vivo que nunca. Esa soledad que te embarga te parece ahora la cosa más conmovedora e inexplicable. No quieres que acabe este momento sublime.
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Las dos últimas fotografías son © de José Manuel Navia.