Escapada con la excusa de recado
Hoy me he escapado a la obra del refugio a dejar enchufes, embellecedores y automatismos (sí, se llaman así esas piezas) para que puedan instalarlos cuanto antes. Eso, ver progreso y desconectar un poquito, que me hacía falta estar unas horas sin hablar ni escuchar a nadie.
La obra va bien, le queda poco. Desde el principio el plan ha sido mantener lo auténtico y viejo de la casa dignificándolo y que lo nuevo no se disfrazase, sino que se mostrase con toda su verdad. Un contraste de texturas, colores y materiales que mantenga la integridad del conjunto. Me pregunto si esa misma aproximación sería posible diseñando productos digitales.

El inversor conectado a las placas solares ya está funcionando y, aunque las baterías no están aún enchufadas, se puede conectar lo que sea que ya tenemos 230v constantes mientras haga sol. He probado a enchufar una lamparita y me ha hecho feliz ver que funcionaba sin problemas. Te puede parecer infantil o naïf, pero a mi que se genere energía así, de la nada, me sigue pareciendo algo mágico.
Afuera, cuando mantenía el silencio y ajustaba el oído, podía escuchar cuervos a lo lejos y hasta unos zorros jugueteando entre si; suenan a algo a medio camino entre un gato en celo y un perro gruñiendo. Lo asombroso es que, estando la aldea prácticamente derruida, no haya visto ni oido nunca una piedra caer.
He estado jugueteando un rato con un perrillo que siempre ronda por ahí —creo que es de V.— y mientras le rascaba la panza he recibido un mensaje con una buena noticia: si todo va bien, pronto podremos proyectar un documental muy especial en el Instituto. Justo después, la luz y los chopos me han regalado esta vista: