En 2025 habré vivido más años en Madrid que en cualquier otro lugar. Y confieso que me estoy cansando. La ciudad es como una ola gigante que te revuelca y te traga con sus novedades, su actitud y su constante necesidad de renovarse. A mi yo joven y provinciano eso le fascinaba; a mi yo maduro simplemente no le compensa el revoleo. La novedad aburre por previsible y la dimensión abruma y pesa. Madrid es necesaria, pero yo creo que ya no la necesito.
El otro día los conté: antes de madrid he vivido en once lugares distintos, en tres contienentes; ciudades muy cosmopolitas y aldeas muy rurales. Y cuando digo vivir me refiero a residir por más de seis meses. Temporaditas, vacaciones largas o desplazamientos de trabajo no cuentan. Vivir de verdad, vivir residiendo. Vivir entregado. Once en total.
Hace unos días me preguntaba en cuáles de esos lugares vovlería a vivir. Me cuesta mucho responder. Pero ¿Sabes? Llevo tiempo fantaseando con vivir en Alcalá de Henares, en su casco antiguo. ¿Lo conoces? Es tranquilo, peatonal, piedra vieja… Se escuchan campanas y cigüeñas. Y estudiantes universitarios y niños. Las casas tienen dos o tres alturas, a lo sumo. Y el trazado es suficientemente sinuoso para que guste pasearlo pero suficientemente contenida para que no canse hacerlo. Es monumental y recogida, imperial y a la vez familiar.
Alcalá, igual que la parte más antigua de Granada —la ciudad que más he querido, curiosamente también marcada por Carlos V—, es abarcable mental y físicamente. Tiene una cierta proporción entre lo ancho y lo alto. Digamos que ambas ciudades (o al menos sus cascos antiguos) tienen… Escala humana.
Ese atributo, esa especie de proporción áurea, de ratio, no la tienen ni mi ciudad mesetaria de madurez ni mi pueblo mallorquín de adolescencia. Ni siquiera la aldea despoblada donde me refugio cuando necesito soledad. Fíjate, no es la dimensión, sino la proporción, lo que importa aquí. Demasiado grande y la ciudad te somete; demasiado pequeño el pueblo y te aburre. O también te somete.
El otro día hablaba con alguien de gobernar un velero y de cuánto difiere de conducir un coche: en el velero tú decides sobre el velamen y el timón, pero no sobre las olas ni el viento. Tus maniobras y tu travesía acaban siendo una negociación constante entre tu voluntad y la del mar, como un diálogo. En ese control imprefecto e incompleto está lo hermoso del asunto, como en una relación de amistad o de pareja ¿Será ese un ingrediente de la “escala humana”?
Me he preguntado bastantes veces si la idea de escala humana puede existir también en los productos digitales. Al fin y al cabo, también son espacios que ocupamos y hasta habitamos, ¿verdad? Algunos son como un apartamento, otros como una gran casa unifamiliar. Otros son urbanizaciones enteras y algunos hasta ciudades gigantes de planificación moderna, como un PAU, previsibles y aburridas.
Hace unos meses me llegó la mala noticia: Mailchimp va a cerrar TinyLetter, el servicio que he usado para mandar las cartas “De Ulm a Cádiz” desde que decidimos crear el Instituto Tramontana. La noticia me pilló por sorpresa. Tinyletter es uno de esos productos digitales que generan afecto, a los que les coges cariño. Y creo que sé porqué es: porque tiene escala humana: lo puedo abarcar, entender y recordar. Tinyletter no necesita sorprenderme cada puñetero día con algo nuevo, no tiene partes que desconozco. No es demasiado limitado ni es abrumadoramente complejo. Es abarcable y paseable. En él no hay detalles descuidados ni espacios extraños o que me resulten hostiles. No es demasiado grande, pero tampoco es pequeño. Tiene sus cosas, sus imperfecciones, pero también sus detalles hermosos. Como Granada.
Vete a Substack, me dijeron. Pero… ¡si es un ecosistema! Tiene partes que jamás usaré, que me superan, para negocios, para empresas de medios… Ellos se definen como “una nueva maquinaria económica para la cultura” ¡Uf! Lo dije al principio: Madrid me cansa. Y substack es un poco Madrid, un poco Londres, un poco Berlín.
Me pierdo en el ecosistema de Google: Meet, Chat, Gmail, Drive… Es como una ciudad enorme donde los barrios se solapan con las ciudades dormitorio adyacentes. Todo es suficientemente distinto para hacerte sentir ajeno, pero suficientemente parecido para recordarte quién te está alienando. Si fuera algo urbano, el ecosistema de Google sería una ciudad planificada, de esas entre corbusierianas y soviéticas donde había unas zonas para el ocio, otras para la educación, otras para la productividad… Todas acabaron mal, deterioradas y degradadas. Nada hermoso que conservar ahí. Quizás el ecosistema de Google acabe así, sucio, desconchado y lleno de bugs. El deterioro digital de la deshumanización sistémica. Imagínate.
Repaso mis apps en el móvil y el ordenador y tengo claro cuáles cumplen con ese ratio especial, con esa escala. En algunas ha sido así desde el principio. Otras empezaron así pero no supieron controlar su crecimiento y ahora es imposible abarcarlas o entenderlas. Otras se han quedado en aldea, sin nada que anime a pasearlas.
Me escribe mi admirado Manu Gamero y me recuerda que ellos llevan tiempo trabajando en Editorclub, una herramienta para gente que quiere escribir y compartir sus textos. Vuelvo a probarla y… sí, ¡eso es!… Es un servicio pequeño pero no corto, Está todo cuidado y con rincones bonitos. Bien hecho, abarcable, elegante sin abrumar. En un lugar así podría uno habitar y ser fructífero. Siento que me invita a crear. Ahí está, la escala humana ¿Tendrá que ver que Manu sea de Sevilla?