El texto y el campo
Me he venido al campo a trabajar en el dossier del programa de Diseño de Interacción, que será la continuación del Programa Vostok, pero en el Instituto. Aquí, sin electricidad y sin ruido, pero con una luz especial, el bisbiseo del viento y alguna cosechadora que suena a lo lejos —es tiempo de siega por aquí—, mi atención funciona mejor.
Le concedemos mucha importancia a lo que contamos en los dossieres: a lo que decimos y cómo lo decimos. Son una declaración de principios, un manifiesto, como un contrato con las personas que deciden entregarte su tiempo y dinero. Bueno, y parte de su corazón, porque se juegan las ilusiones con nosotros.
El dossier del programa ejecutivo en Dirección de Producto tiene 23 páginas, de las cuales 19 son texto. Hay quien nos ha dicho que no es de recibo que nos enrollemos tanto. Yo contesto a eso que no es de recibo pedir 12.000€ por formar a alguien y no entregar eso. O peor, no es de recibo pretender dar un paso así y no estar dispuesto a leer diecinueve páginas.
En las siete ediciones que he hecho del Programa Vostok, siempre he generado un documento con mucho texto que describiese lo que iba a ser el curso. Todo palabras y ninguna imagen; y ha funcionado muy bien. Creo que la mayoría de escuelas lo hacen al revés: fotos de gente con post-its, mirando conjuntamente una pantalla, sonriendo al profesor, indumentaria business-casual… Eso y muchas referencias a la palabrería dominante del sector, que supongo que impresiona al neófito. Creo que podemos hacerlo mejor.
Están bonitas las tardes alrededor de la casa. Tengo pensada una sesión, una especie de curso, con alguien muy especial. Me gustaría que fuese por este campo, paseando, comiendo sencillo y conversando. Y por la noche, si refresca mucho, sentados alrededor del fuego, continuar la conversación con un poquito de vino.