El epicentro y la caricia
Puedes escuchar esta carta locutada por mi mismo en El Medio es el Masaje. Si prefieres leerla con calma y a tu ritmo, la tienes a continuación.
Ah, y muchas gracias por seguir leyendo, compartiendo y escribiéndome compartiendo vuestra mirada. En un mar de emails de trabajo, esos me dan la vida.

El epicentro y la caricia (o "aceite, sal, patatas y huevos")
Te di las noticias y te pedí que diseñases con ellas la portada de un periódico online. Te ha quedado muy bien, muy visual y dinámica. Muy exhuberante, casi opulenta.
Pareces satisfecho, pero este es sólo el principio del ejercicio. Te lo voy a poner algo difícil: diséñala de nuevo, pero ahora no puedes usar ni fotografías ni videos ni ilustraciones, nada de imágenes. Sonríes y vuelves al día siguiente con un rediseño. Te las has ingeniado para resolverlo de otra manera, con ejercicios tipográficos inteligentes y expresivos, como boyas y faros para navegar cuando no se ve la costa. Bien hecho.
Pero vayamos más allá. Ahora te voy a quitar los colores. Sí, sólo tienes uno, negro. Y tienes otro día para diseñar de nuevo la portada. Te cuesta y te exprimes la cabeza tratando de resolver el puzle ¿Cómo cambia tu forma de componer las noticias y los titulares, eh? Guiar el ojo del lector se ha vuelto muchísimo más difícil ¿verdad? Pero lo haces bien, compensas expresando más con los tipos de letra y ganando conciencia de la composición. A falta de orquesta, las voces tienen que expresar más y mejor. Fíjate, en esa polifonía estás descubriendo la magnitud y la trascendencia de lo tipográfico.
¿Te atreves a seguir?
Elige una tipografía y un peso, un sólo tamaño, porque ahora todo, absolutamente todo, lo vas a tener que componer con ella. Ni negritas ni cursivas ni subrayados.
Sonríes pero sé que por dentro me maldices. Te vas a casa dándole vueltas, garabatenado pruebas en el autobús. Lo estás teniendo que repensar todo, componiendo bloques de texto de otra manera, dando mejor ritmo a tu retícula, pues es de lo poco que te queda ya.
Vuelves y me enseñas satisfecho una composición que envidiaría el mismísimo Müller-Brockmann. No me lo dices, pero sé que has trabajado las proporciones y la matemática que hay por detrás. Necesitabas darle armonía y esa era la única manera. Ha sido un ejercicio estupendo, sin imagenes, sin colores, sin tipograf… ¡No, no, NO HA TERMINADO AÚN!
Ahora… Nada de retículas, ya sólo tienes una columna, saltos de línea y de párrafo convencionales. Un lienzo blanco, texto plano y nada más ¿Cómo se diseña con eso?
Hace años, tras el ejercicio, un alumno al que guardo mucho cariño, me dijo ‘Para mejorar esto necesito reescribir las noticias, que cuenten las cosas de otra forma’. Nos miramos y sonreimos. Era consciente y se le notaba en la mirada, acababa de pasarse la última pantalla. Había descifrado el enigma.
Todo el mundo quiere cocinar en un tres estrellas Michelin, pero el sentido de la vida, la génesis de la gastronomía, no está en la sopa hojaldrada con trufas y foie-gras sino… en un sencillo huevo frito con patatas. Ahí, en ese aceite y con esa sal, empieza todo. Ahí comprendemos que antes de la floritura y por encima del artificio está la necesidad de confort, el hogar. La caricia.
Una idea poderosa en una forma aparentemente sencilla. Esa es quizás la más potente de las combinaciones. Forma y función, contenido y continente, mensaje y medio. La búsqueda del inicio. El corazón, el epicentro, la médula y la zona cero del diseño.
La mitad de mi carrera ha consistido en ayudar a quienes querían recorrer esos caminos, enseñando a diseñar desde la sartén y el fogón. Sin embargo, en los últimos años, he pasado más tiempo con quienes dirigen y lideran diseño, más centrados en la parte intelectual y estratégica. Lo he disfrutado, pero echo de menos volver a la cocina.
Será pronto, si Dios quiere. Y será, ahora que el Instituto Tramontana se ha ensanchado, fuera de Madrid, acercándonos a lugares y personas preñados de sensibilidad y ganas. Volveremos a los ejercicios esenciales, los que nos hacen recorrer el camino que conecta la mente con el ojo y el ojo con el pincel, veinte millones de veces en ambos sentidos. Habrá, estoy seguro, muchos momentos cómplices en los que se cierren los círculos que conectan utilidad con belleza.
Hace unos meses, en una reunión interna de los diseñadores de Visual, un compañero me enseñaba su trabajo con una frase que me acompaña desde entonces: ‘en esta pantalla el usuario pasa el 95% del tiempo’. Se refería a una persona que además pasa el 95% de su jornada laboral usando ese producto, en esa silla, frente a ese monitor, en esa oficina, dentro de ese almacén.
Esa pantalla era un lugar medular, un epicentro, como el quirófano de un hospital, la cabina de una excavadora o la máscara de un buzo, era una zona cero donde para alguien ocurría todo. Allí empezaba y terminaba el diseño.
Me fui de la reunión tranquilo, pero a las pocas horas me acordé de aquello y empecé a sentir presión en el pecho.
La responsabilidad, el compromiso, el deber de confortar. Aceite, sal, patatas y huevos. La infinita oportunidad para la caricia.
Te dejo aquí el enlace al podcast donde locuto estas cartas (no todas) y trato de darles cariño sonoro. Si te suscribes, bien por Apple Podcasts o por Spotify, me ayudas a que tengan más visibilidad.
Me consta que gracias a ellas se han dado conversaciones valiosísimas en algunos equipos de diseño y producto. Quienes, como tú y como yo, profesamos el diseño sabemos, SENTIMOS, que el único camino es la mejora, más utilidad, más belleza, más civilización... Por eso es bueno que sigamos cuestionando, enriqueciendo y anhelando.
Espero que hayas tenido un verano tranquilo y bien aliñado.
Un abrazo.
Javier