Dos hermanos
Hace más de diez años, antes de que naciera mi hijo, colaboré con una ONG que enseñaba informática a chavales de entornos desfavorecidos. Iba, una vez por semana, a un local que nos cedía la parroquia de Marqués de Vadillo y echaba un par de horas con esos chicos y chicas.
El objetivo —me lo explicaron muy bien desde el principio— era tenerles ahí para que no estuvieran por la calle. Todos provenían de familias desestructuradas, madres prostitutas, padres encarcelados o drogadictos o con mala suerte en general. Te lo puedes imaginar.
Confieso que enseñar a esos chavales es de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer. A la mayoría les interesaban dos pimientos lo que les contaba. Estaban más preocupados por ver porno en los ordenadores del local, o por el tonteo descarado y casi sexual entre chicos y chicas. Yo me conformaba con que viniesen (mejor ahí que en la calle) y con tener algún minuto de atención, pero reconozco que me costaba mantener la motivación.
A esos chicos y chicas les había tocado una mala mano de cartas. Nacieron sin conexión a internet, sin ordenador, sin libros ni viajes, de milagro con casa, aunque fuese la de una tía, una abuela o la habitación que, a duras penas, mantenía una madre con el cuerpo y los nervios destrozados de tantas cuestas arriba. Esos chicos, por no tener, no tenían ya ni capacidad de concentración, ni hábito de trabajo, ni curiosidad por lo que les era ajeno.
Había dos, sin embargo, que eran distintos. Eran hermanos: Carlos, de unos 17 años, siempre cuidando de su hermano, algunos años menor. Se les notaba el mismo lastre que a los demás, el mismo descubierto en la cuenta de la vida, nada más empezar. Pero a ellos, a diferencia de los demás, se les iluminaban los ojitos al hablarles yo de ordenadores, de webs y cosas. Preguntaban, escuchaban y cacharreaban. Llegaban con ganas y se iban con pena.
Mis horas en la asociación, mis tardes de jueves, tenían sentido por esos dos chicos ¡Qué digo, la asociación entera tenía sentido por ellos dos!
Hoy anunciamos un puñado de iniciativas y cambios en el Instituto: para mejorar y para hacer los programas más asequibles. Pero de todas, la que más ilusión y emoción me provoca, es que vamos a empezar a becar a personas de entornos desfavorecidos para que puedan empezar: matrícula, transporte, apoyo y ordenador nuevo. El Instituto entero tiene sentido con que podamos ayudar a dos personas como Carlos y su hermano.