Ayer bajamos al trastero a poner orden, toda la familia. Me di cuenta de varias cosas. La primera es que no siempre es bueno clasificarlo y etiquetarlo todo. Entre todas las cajas de libros, ropa y trastos varios, había alguna sin rotular ¡Misterio! Y precisamente en esa estaba la sorpresa: casi un centenar de CDs de música, la que escuchaba yo cuando tenía la mitad de años que ahora. Me había olvidado por completo de su existencia. Pero no fue a mí a quien más ilusión le hizo.
Ahora tengo a Javi, el mayor (17 años), buscando Discmans usados en Wallapop. Ojo, tenemos un reproductor de CDs en el estéreo de casa, pero lo que él quiere es distinto, es otra experiencia. Él busca entregarse a esa música, dialogar con ella desentendiéndose de todo lo demás. Quiere entender el motivo de la canción, la esencia dela del álbum, el libreto y el universo entero del artista. Y esa experiencia es privada, íntima. Conspiratoria, como diría McLuhan.
Es inevitable, en él me veo a mí con su edad. Nos comprometíamos con un disco como se compromete uno con un libro o una pareja, en monogamia, mientras la relación durase, por respeto al acto en sí. También por respeto al universo, a la unicidad y a la integridad de la obra artística.
Con el streaming murió ese universo, esa integridad que el artista nos proponía en su álbum. Consumir música en canciones sueltas o listas de streaming se parece más a un bufet libre que a comer en un restaurante normal. En lugar de aperitivo, entrante, principal y postre, pensados para que tengan sentido entre sí, cargamos nuestro plato de todo lo que nos llama la atención, sin mesura ni criterio. Empacho, puede que hasta arrepentimiento. Horas después, habremos olvidado para siempre esa comida.
Mil canciones en tu bolsillo, diez horas de música contínua.
Lo dijo Steve Jobs al presentar el iPod. Y en ese instante, convirtió algo intangible en algo tangible, algo esencial en algo material, algo que se podía contar, medir, acumular. Tu colección de música ya no es un conjunto de obras de arte cosidas a tus recuerdos y que valoras por lo que te hacen sentir. Ahora son minutos y se miden por cuántos puedes acumular.
Nos lo enseñaron Weber y Mumford: los calvinistas desacralizaron el tiempo, hicieron que el trabajo se rigiese por un reloj, de modo que ya no era la obra, sino la hora, lo que se medía, se compraba o se vendía.
Alberto Barreiro lo explica con otra metáfora muy aguda: cada vez que nos cuentan que han ardido mil campos de fútbol de la Amazonia, están convirtiendo algo sagrado e inconmensurable en algo medible y, por lo tanto, comprable y vendible. La cuantificación mata la integridad de las cosas, las desposee de su hermosa singularidad.
McLean estaba equivocado. The day music died no fue el día en que se estrelló la avioneta de Buddy Holly, sino el de la presentación del iPod.
La segunda revelación de ayer es más técnica: cualquier chaval de los 90 o los 2000 con un discman escuchaba música con el doble de calidad, de matices y sutilezas que la que escuchamos nosotros con nuestras cuentas de Spotify y nuestros auriculares inalámbricos.
Del CD al mp3 se perdió mucho rango dinámico. Del mp3 al streaming aún más. Y lo último fue aplastar y estrechar —otro poquito más— la música para que pudiese pasar por ese cable estrecho e invisible que es el bluetooth.
Imagina tu comida especial, ritualizada y memorable; ese arroz, ese cocido, esa caldereta. Ahora quítale las especias, la mitad de la sal y los matices que le dan algunos ingredientes. Y cuando ya lo tengas, tritúrala un poco, para que quepa más y se pueda llevar en fiambreras de tamaño estándar. Ahí los tienes, cien minutos de comida, cuando quieras y donde quieras.
Netflix se come al DVD
Spotify engulle al CD
Instagram canibaliza la fotografía
Como una mantis religiosa, internet devora a sus parejas tras aparearse con ellas.
Amazon ha lanzado Kindle Unlimited por 9,99€/mes.
One more thing: Kindle Vella, folletines seriados, por episodios.
Tramas simples, effortless reading, sorpresa y cliffhanger en cada capítulo.
All you can read. El bufet libre de la lectura.
Broncano dice que su fórmula es que te rías cada 20 segundos.
Da igual de qué. En alguna mesa de RTVE, un consultor abre un excel en su Lenovo: “son 270 risas por programa, 13,5 minutos por episodio. El ROI de cada gag es de…”
Pensando que ganábamos en confort, perdimos riqueza.
Cada vez más de menos, hasta que tengamos abundancia de nada.
Ya lo sé, no estoy diciendo nada nuevo. Llevo cuatro mil caracteres de pataleta, tres minutos de quejas. Pero ojo, no reniego de la tecnología ni del progreso. Tidal ofrece calidad sin pérdida, Filmin no usa algoritmos, los buenos auriculares con cable son más baratos que nunca y Acantilado existe.
También hemos subido la caja de CDs del trastero.
Casi 400 CDs almacenados en tres cofres fueron descubiertos por mi hija de 13 años hace justo un año. Nos íbamos a mudar y los vio en el trastero. Aunque, lógicamente, sabía qué eran, no había experimentado con ellos.
Al final, los tres cofres estuvieron dos semanas en el salón, y mi hija descubrió el flujo de encontrar un artista o grupo, el ritual de sacar el CD, introducirlo en la cadena de música, dar al Play y estar ojeando el libreto descubriendo letras y curiosidades varias.
Hoy, un año después, no para de decir con tono lacónico: ¡qué rabia que no haya tiendas de discos!
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