Cristales
Acabo de terminarme un libro que tenía a medias: “La arquitectura de cristal”, de Paul Scheerbart.
A Scheerbart lo he mencionado en alguna ocasión aludiendo a su obcecación con la pulcritud extrema, su incomodidad con lo vivo y “sucio” y su obsesión con una innovación de su época: la aspiradora.
Vivía obsesionado con un futuro en el que usásemos el cristal para todo, por limpio, y porque deja entrar la luz, que da la vida. Pero no cualquier cristal, ojo. El sueño de Scheerbart es policromado. Imagina edificios todos de cristal, con luces de colores dentro. Trenes de cristal, con vagones de luces de colores atravesando la noche y adornos en cristal soplado por doquier.
En algunas cosas, Scheerbart fue predecesor del movimiento moderno. Algunas de sus ideas son de una clarividencia que da escalofríos. Apuesto a que Le Corbusier y los bauhausianos tomaron mucho de sus ensayos. En otros momentos, es un verdadero lunático, ébrio de su propio delirio estético.
¿Estaba como una regadera? Pues creo que sí, la verdad. Pero cuando habla de vidrieras que tamizan la luz de color y de cómo eso cataliza ciertos estados de ánimo —igual que la música, o el vino— me recuerda mucho, muchísimo a la oficina de Theodore Twombly en Her: cálida, amable, y transmitiendo una sensación de agradable atardecer de primavera (que tanto busco pero tan poco encuentro estos días).
Echo de menos la luz del Instituto, leer al atardecer en la biblioteca hasta que anochece, y levantarme para ver cómo el horizonte oscurece tornasolado por encima de Colón. Y salir cuando ya es de noche hacia casa, y Madrid es noche de colores. Pero hacer antes una parada en la tienda de delicatessen de Platea y comprar algún capricho para la cena: un tomate rico, unas regañás, algún fiambre italiano o una cuñita de un queso que no conozca.
He comprado, sin salir de casa, unas láminas de celofán de colores. No creo que el casero me deje cambiar los cristales del Instituto, así que con esto nos apañaremos. Las pegaré en las ventanas que más sol reciben y, durante junio, que será un mes tranquilo, querré ir al Instituto a ver cómo se siente la luz a su través, como quien disfruta un delicatessen inesperado.