Con lo que tú has sido
"No es lo que parece, puedo explicártelo" — Terrés llegaba de Valencia y antes de mirarme a la cara se fijó en mi muñeca; empezó a descojonarse. Ha pasado un mes y siguen las coñitas. Sí, me he comprado un Apple Watch, yo que llevo siempre relojes mecánicos, Y no cualquier Watch, sino el Ultra, el más caro, el más tocho, el más petado de funcionalidad y el menos reloj de todos. Ya me vale.
Llevo medio año probando otras marcas y estilos: Suuntos, cacharros con Wear OS y otras variaciones del concepto. Intuyo algo posible en ellos, pero aún no he sido capaz de explicarlo.
¿Te acuerdas de internet antes del iPhone, cuando las webs eran grandes colecciones de documentos, con sus "mapa de la web", sus estructuras de navegación infinitas y sus breadcrumbs? El iPhone cambió todo aquello. Pasamos de buscar información en la World Wide Web a usar apps que hacían cosas con esa información, de consultar internet sentados en una mesa a hacer miles de cosas con las apps (ligar, mandar dinero, hacer fotos...) desde donde nos diese la gana. Aquello fue como una revolución dentro de otra en poquísimo tiempo. Menuda sacudida.
Pero viene de atrás. Fíjate en la historia de las computación personal, en algunos de los hitos más gordos:
En 1973 se lanzó el Xerox Alto
En 1984 nació el Macintosh
En 1998 se lanzó Google
En 2007 se lanzó el iPhone
Llevamos cincuenta años de revoluciones dentro de revoluciones. Cada década se redibuja el panorama de lo digital con bautismos y funerales de profesiones enteras, de sectores y de másters y cursos varios. Algunas veces es por un nuevo dispositivo, otras por nuevos productos digitales. Menudo estrés, ¿eh?
Lo de usar un Apple Watch tiene que ver con eso: el iPhone lo cambia todo cuando convierte al teléfono en otra cosa, en algo más: “An iPod, a phone and internet communicator” ¿Recuerdas?. ¿Lograrán algo parecido los relojes inteligentes? Por el momento, prometen ser mucho más que relojes, pero en realidad siguen siendo cacharros de medir cosas: el tiempo, las pulsaciones, tu ciclo de sueño, tu oxígeno en sangre, tu posición… Puedes hablar por ellos, sí, pero no se siente natural, igual que cuando navegabas con una Blackberry. No son buenos instrumentos de comunicación. Si lo piensas, son tecnología que ya fabricaba Oregon Scientific hace diez años, sólo que miniaturizada y atada a tu muñeca.
¿Qué será lo que los haga útiles de verdad? ¿Llegará el momento? ¿O caerán en la irrelevancia como pasó con la TV en 3D o las Google Glasses?
Si algo me interesa de los smartwatches, se lo decía a Terrés en la comida, no es su capacidad para medirnos a nosotros mismos, sino cómo nos servirán para relacionarnos con el exterior, o con otras personas de nuevas maneras. Su función de reloj (o su lugar en la muñeca) quizás acabe siendo marginal, igual que las llamadas son la funcionalidad que menos usamos de los móviles. Quizás sea su matrimonio con los auriculares lo que traiga la siguiente revolución. Quién sabe. No quiero ser yo uno de esos gurús de predicciones de fin de año, así que aquí paro.
Si llevo un cacharro de setenta gramos y pantallón en la muñeca —"con lo que tú has sido, Cañada"— no es porque ahora vaya de moderno (no, no pienso comprarme un Tesla) sino porque quiero hacer un uso muy consciente del cacharro y verlas venir cuando llegue la siguiente sacudida.
Justo de eso va uno de los capítulos del primer módulo de Design Graduate que escribía el otro día, de entender cómo esta profesión nuestra es tan poderosa y tan frágil a la vez, de cómo el siguiente barquinazo te saca del tablero si sólo te preocupas de aprender a diseñar lo de hoy, si no entiendes que hay una diferencia muy grande entre entender el diseño digital como oficio (lo siento, colega, te quedan dos telediarios) o como profesión. Si no enseñamos estas cosas a quienes empiezan, si les enseñamos sólo a hacer lo que pide hoy el mercado, estaremos formando a operarios que se irán a la cuneta con el siguiente meneo. Vendrá una IA que pinta pantallas solita o un dispositivo que ya ni tiene pantallas y les meterá un tortazo que los vestirá de boticarios. Apuesto a que alguien está trabajando ya en ello. Menuda tarea tenemos por delante.
Por cierto, tengo que contarte algunas cosas curiosas de Design Graduate*, de la forma de guionizar, de los cambios de paradigma en la manera de contar, del efecto retrovisor del que hablaba McLuhan, porque me están cambiando la vida. Hoy no toca, otro día.
Me vibra la muñeca. Es Terrés por Telegram. Me manda un sticker, imagino que de Matt Damon (una cosa nuestra), pero no puedo verlo en la pantalla. Siri tampoco me lo puede describir por los Airpods. Le quiero mandar un buen tembleque desde mi Watch al suyo, por tocar las narices, pero eso no viene de serie. Acabo sacando el móvil del bolsillo.
¿Ves a lo que me refiero?
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* Design Graduate es un grado para formarse como diseñador/a digital. Es todo en video, con una narrativa audiovisual entretenida pero profunda y está pensado para quienes no tienen posibilidad de viajar, de adaptarse a las clases o de pagar miles de euros en una matrícula.
Empezamos en 2023 pero acabamos de abrir preinscripciones por 400€. Sí, nos vamos a cargar el mercado de la formación de diseño y nos importa un bledo 🤷🏼♂️