Beeldenstorm, escaleras, cuchillos y flores.
Llevo años fascinado con la manera en que la Europa mediterránea contestó a la reforma protestante y calvinista, con ese “pues toma dos tazas” de arte, sentimiento y obsesiva belleza con la que el sur le hizo una peineta a la ola puritana de calvinistas y luteranos que destruían imágenes y quemaban iglesias en el Beeldenstorm del siglo XVI. Cuanto más leo y estudio del tema, más me electriza.
Ayer, por casualidad y ya ni recuerdo dónde, me topé con esta declaración de principios con forma helicoidal y función de escalera que le da vida al castillo de La Rochefocauld:
No está claro si la proyectó o no Da Vinci, que andaba por esos pagos en torno a la época, o si fue obra del arquitecto Antoine Fontaine, a cargo de la reforma del castillo por aquellos años. Se sabe, eso sí, que es de mediados del s.XVI y precisamente en uno de los países donde más fuerte fue la confrontación.
También de esa época y ese espíritu es este juego de cuchillos de mesa italianos, que llevan escrita la partitura coral de un gratiarum actio (acción de dar gracias a Dios), para ser cantada en la mesa, antes de comer. Cada uno tiene una voz y juntas suenan así.
Menudos años, ¿eh? Aquel de Grande Belleza, ese Barroco germinando, nutría la creatividad en absolutamente todas las cosas, de lo gigante a lo más diminuto, desde la poesía a la arquitectura y de unos cuchillos a unas escaleras. Nada en todo aquello podía dejarte indiferente porque, tuviesen las cosas un uso o no, fuesen a ser expuestas o no, todas denotaban una enfermiza búsqueda de verdad y corazón.
¿Veremos, quienes estamos aquí ahora, renacer un espíritu similar, donde todo lo vivo brota, donde todo florece, o nos tendremos que conformar con diseño y creación mediada por métricas y corrección? Vamos hacia una primavera del diseño o ya es otoño y se acercan décadas de invierno?
Imposible saberlo. Sólo podemos seguir regando las plantas y esperar lo mejor.