Alumno
Cada vez me pasan menos cosas nuevas. Es normal, hace ya tiempo que pasé la cuarentena y procuro propiciar lo que sé que funciona —lo que me funciona— y evitar las sorpresas. A la vez que las esquivo, disfruto cada vez más de los acontecimientos bonitos e inesperados de otras personas, de las personas que quiero y admiro.
Hace unos días se dio uno de esos acontecimientos importantes: Danny Saltaren recibió el Premio Nacional de Diseño en la categoría de Jóvenes Diseñadores. Se hizo público justo en un descanso de clase del Instituto y fui corriendo a contarlo al grupo de alumnos. Había sido una de esas clases en las que juntamos a dos grupos, en este caso los del programa de Narrativa y los de Dirección de Diseño, un grupo grande. Di tres palmadas para tener la atención del grupo y les trasladé la noticia. El salón Morente rompió en un aplauso inmediato, ruidoso y sentido. La gente golpeaba sus manos sonriendo. Lo recuerdo como si hubiese pasado a cámara lenta, con el foco en cada una de las caras que allí estaban.
Danny es la primera persona que gana el Premio Nacional de Diseño siendo profesional de lo digital y sólo de lo digital, del diseño de interacción, que es como serlo de todos los diseños, por lo completa, ancha y profunda que es esta profesión nuestra.
Él fue un muy buen alumno mío hace muchos años, cuando el Instituto Tramontana existía en su fase embrionaria y se llamaba ‘Programa Vostok’. Después trabajó conmigo en algún proyecto y, con el tiempo, no sólo volvió al Instituto a seguir formándose, sino que incentivó que mucha otra gente de su equipo lo hiciese. Ahora lidera, junto a sus socios, un grupo de diseñadores y diseñadoras asombroso, que está moldeando con maestría el cambio a lo digital de organizaciones muy relevantes. Y lo hace otorgando el mérito siempre a los demás, hablando maravillas de quienes le rodean. Por eso, por su humildad, es probable que mucha gente del diseño no conociese aún su nombre cuando se hicieron públicos los premios.
Danny Saltaren reúne, ejerce y demuestra las cualidades que más admiro en un hombre: lealtad, nobleza, esfuerzo y generosidad. Me las ha demostrado en tantas ocasiones que sería aburrida la enumeración, lo ha hecho con tanta verdad que parecería exagerado relatarlo.
Esta noche va a refrescar y por eso he encendido fuego en el refugio. La radio de onda corta suena terrosa; llega “Voice of Greece” desde tres mil kilómetros de distancia, con una mezcla de música tradicional y jazz que tira a lo melancólico. Mientras cenaba he abierto una botella de ancestral de San Fernando, Cádiz. Estos momentos de soledad son importantes para mí: ordeno pensamientos, priorizo ideas y observo mis propios sentimientos con una distancia y un tempo que la ciudad no me tolera.
Danny se casa pronto con Francesca. Por el premio y por ellos dos, hace unos minutos he elevado mi copa unos centímetros de más. Y justo en ese momento me he dado cuenta de algo obvio y evidente: por mucho que cuente que yo fui profesor de Danny, por mucho que lo relate él, pues esos gestos son su naturaleza, en realidad soy yo quien ha estado aprendiendo de él todos estos años, soy yo el alumno, el que le ve como un ejemplo a seguir. Soy yo el que aspira algún día a siquiera la mitad de belleza intenciones, de acción y de espíritu que muestra el todos los días.