Las persianas metálicas rugen como fieras recién liberadas.
Una máquina limpiadora. Dos. Tres. El vapor a presión raspa la modorra de las calles.
El pueblo se despereza con urgencia, como si temiera haber dormido más de la cuenta.
La cafetería, el obrador, la oficina de turismo… Cada uno en su puesto, el gesto medido, al compás de tambores silenciosos. El municipal y los guías turísticos toman posiciones y repasan, mentalmente, las rutas que les han sido asignadas.
La espera se estira como queso caliente, pegajosa, sin romperse.
Todo está listo, pero nadie se atreve a moverse demasiado.
El pueblo aguarda, como un perro amaestrado.
Un dron vigila la carretera, alto. Otro zumba sobre el pueblo. De repente, el altavoz. Un aviso que es una orden. La voz llega metálica, desde un fresno de la alameda:
—Todos preparados. Los autobuses llegarán en un minuto.
Los delantales se ajustan, las tazas de café aún vacías, en formación de revista sobre las barras. Una figurita de porcelana corrige la postura junto al resto de baratijas de la tienda de regalos.
Un suspiro metálico. El primer autobús expulsa su carga.
Cientos de billetes descienden como esperma programado: torpes, veloces, obedientes. Buscan bollos artesanos, olor a leña, una postal de piedra vieja. Es la transacción después del cortejo. El coito sin deseo. Una historia ya escrita. Repetida. Olvidada antes de nacer.
El día avanza en oleadas, como una coreografía que ya nadie baila con gusto. Escozor, incienso y fotos con falsas armaduras medievales.
Ocho horas de roce tibio entre pieles cansadas.
El sol ya no soporta la escena.
Los autobuses succionan a los visitantes de vuelta. Repasan sus fotos. Memoria llena, recuerdos vacíos. Y falsas promesas de retorno.
El dron escolta la caravana hasta la frontera.
El pueblo entero aguarda, en un alivio tenso, la palabra de arriba.
Una membrana metálica tose tres tonos descendientes, anticipando la voz de Abril:
—Buen trabajo, Sigüenza. El pueblo ha crecido 29.343 €. Ahora recoged y descansad.
Un perro sin dueño cruza la calle mayor. Avanza dudando, como si conociera el castigo. No espera nada. No pertenece a nadie.
Se detiene y orina en un viejo poste de teléfonos.
En lo alto, a punto de caerse, un cartel electoral olvidado.
“Vota Abril. Prosperidad inteligente.”
CONTINUARÁ…
ENTREGAS ANTERIORES DE ABRIL:
Me tienes enganchado con este relato por entregas. Me va a pasar como con Santa Olalla... lo estoy viendo. Enhorabuena Javi, sigue así.