1998
Me pasé el verano del 98 trabajando en un restaurante para guiris de la costa del sol. El sitio estaba al lado de unos antiguos baños romanos de los que tomaba el nombre: Roman Oasis. El primer día de la temporada, todos los camareros se disfrazaban de romano. No voy a entrar en más detalles, sólo diré que fue un verano intenso. Necesitaba ahorrar dinero.
Me habían concedido una beca de intercambio con la Universidad de Washington. La beca cubría sólo la matrícula, ni la estancia, ni el viaje ni la maleta ¿quién tenía en esa época una maleta para un año entero?, así que más me valía ir guardando pesetas.
Ese año me dio muchas cosas, muchas. Una de las mejores fue haber sido alumno de un tipo que me cambió la forma de entender internet y todos los medios que le precedieron. hablo de Anthony B. Chan, que a su vez había sido alumno de… Sí, Marshall McLuhan.
Su retrato preside una sala del Instituto Tramontana, y también un rinconcito de mi cabeza: lo que contamos y la manera en que lo contamos están profundamente vinculadas. Cada soporte permite y propicia un tipo de comunicación. Cada momento y cada sociedad están determinadas por los medios que emplean para comunicarse: el medio es el mensaje.
Ese mismo año, en Seattle, hubo un terremoto de 5.1 grados. Me pilló chateando por IRC con un compañero de entonces sobre una posible web de diseño y el nombre que debíamos ponerle. Cuando los temblores cesaron y las paredes prefabricadas dejaron de crujir lo supe. De ahí toma el nombre el blog que dos años después cree y que aún mantengo.
El blog fue una magnífica idea en su momento, cuando Internet era más textual que visual o acústico. Pero los contextos han cambiado y hoy internet no sólo son módems y ciberautopistas de la información. Internet está hoy en unos auriculares, un televisor o los altavoces del coche.
De nuevo, el medio es el mensaje. Un cambio en el primero, propicia siempre un cambio en el segundo. Puede gustar o no, pero es una ley universal. En esto, McLuhan es tan determinante como Newton, Einstein o Max Plank.
He empezado a trasladar estas columnas a formato podcast. Quiero que se puedan escuchar, más que leer. Y como no son ensayos objetivos, científicos ni docentes, sino cartas cargadas de sentimiento, me estoy sirviendo de la música para incrementar el ancho de banda emocional de cada audio.
Si te han gustado estos años de “De Ulm a Cádiz”, creo que te gustará el podcast. Se titula, en honor al maestro y a su último libro, el más gamberro de todos, “El medio es el masaje”.
Te dejo aquí el enlace a Spotify, Apple Podcasts e iVoox, para que puedas suscribirte. Y si no te parece mal, te mandaré por aquí también las piezas que voy publicando.
Me hace feliz recibir respuestas cada vez que escribo. Esta vez me hará más ilusión. Por favor, dame tu opinión sobre el formato, cuéntame dónde lo escuchas, si en el coche, con auriculares o en el ordenador a pelo. Me vendrá muy bien saberlo.
Te dejo aquí uno de los últimos envíos: Gastronomía, prometeos y 41 tonos de azul.
Si no te parece mal, te iré mandando más.
Ten muy buena semana.
Javier